Lo que sigue a continuación, es una historia que me contó mi abuela materna (de la que no he quitado ni añadido una coma). Esta fue: Maria Moll Flaquer, que había nacido en el recinto amurallado de Capdepera el dia 31 de diciembre del año 1882, y falleció a la edad de 88 años, en mi domicilio el día 1 de febrero de 1970.
Capdepera se independizó de Artá en el año 1859. Así que ésta, digamos narración, se produjo, de cuando los «moros», hacían incursiones por nuestras costas, antes del año 1300.
Esta narración, se ajusta a la realidad, pero según como se mire, quizás alguno se lo tomara de la mejor manera que crea oportuna. El tema es que para dar aviso a la población, en las cimas de unas montañas cercanas a la costa, se construyeron una torres de vigilancia, una de estas está ubicada en la Talaia de Son Jaumell y otra en la montaña de Es Cap Vermell, con sus correspondientes vigilantes, llamados talaiers. Cuando se divisaba alguna nave extraña o sospechosa en el horizonte, se encendía fuego en la torre, el humo que desprendía, daba aviso a la población que trabajaba en el campo se refugiaran en el recinto amurallado. Los de Canyamel, lo hacían en Sa Torre, que en la cima des Cap Vermell, donde existen dos de estas torres.
De aquí se sacaron algunas conclusiones, como el Sermo de sa Boira, que se predica en el castilllo, en la Misa de la Esperanza (16 de diciembre). Pero el tema es que en una de estas venidas de los sarracenos, los talaiers encendieron fuego en las torres, para que la población dispersa se refugiara en el castillo. Lo sucedido, según narración de mi abuela, sucedió que un paisano de nombre Juan, se dirigió a sus labores del campo como hacía cada día, mientras los vecinos se dirigían al castillo para refugiarse. Algún vecino le dijo:
-Juan, es «moros» son aquí
El bueno de Juan les respondió:
-«Pues mira por donde», yo ya estoy aquí, por mucho que corran, no me ganaran.
Claro que llegaron los moros, apresaron a Juan y se lo llevaron a las tierras de África. Una vez allí en tierra extraña, (tampoco me explico no sabía, el tiempo que estuvo en tierra africana), los nativos se dieron cuenta de que era una buena persona, que se granjeó la confianza de sus secuestradores, hasta tal punto que lo hicieron jefe de un ¿celler?, pero Juan tenía ganas de volver a su Capdepera natal, hasta tal punto de que lo comentó con alguno de su confianza.
Los «moros» no beben alcohol, que se los prohibio Maimonides, pero la cuestión es que el amigo le aconsejo a Juan, y le dijo:
-Cuando estén todos dormidos, tú haces acopio, cierras el local con llave, te vas al «falucho» y tomas rumbo a tu tierra

Así lo hizo, una noche convenida: cuando todos estaban durmiendo, hizo acopio de algunas provisiones, cierra el celler con llave, se va al «falucho», sin brújula y por supuesto en solitario, guiándose por las estrellas, pone rumbo hacia donde le parecía que se hallaba Mallorca. Lo que no sé, ni me lo explicó mi abuela, es el tiempo que tardó en cubrir los 300 kilómetros, distancia entre África y Mallorca. Fue a remo o con alguna vela. Una vez llegado en la costa del Levante de la Isla, se dirigió a Capdepera, para cumplir con una promesa que habia prometido, que se dijo: «Si logro llegar a mi Capdepera, no abriré la boca, hasta que haya depositado las llaves del celler, en el castillo, a la Virgen de la Esperanza». Por el camino, alguien lo reconoció, y le preguntó:
-Juan ¿de donde vienes, donde has estado?
El sin decir ni una palabra, se dirigió a la iglesia del castillo, para depositar las llaves del «celler». Una vez allí depositó éstas a la derecha de la entrada. Una vez cumplida su promesa, dijo. ¡¡Ahora puedo hablar!!, no podía decir nada hasta que no hubiera cumplido lo que prometí a la Virgen de la Esperanza.
Nota Ampliatoria: En la decada de los años cincuenta, cuando el arquitecto don Gabriel Alomar Esteve (epd), fue nombrado amigo de los castillos de España, la capilla del castillo de Capdepera, sufrió una gran remodelación, interviniendo el aparejador Juan Espiritusanto Marqués (epd), que en la derecha de su entrada, había gran cantidad de promesas, que yo pude ver lo que quedaba de aquellas llaves, corroídas por el paso de los años, también había un traje de marino de un hermano de mi padre, Nicolas Nadal Moll, entre otros. Todo lo que había depositado allí fue a parar a la basura.
