Claro que, desde que cambiaron la denominación de «Sábado de Dolor» por la «de Glória», a continuación del Jueves y Viernes Santo, cambió también la sana y deliciosa tradición de los manjares propios de la Pascua de Resurrección. Cierto es que, a medida que transcurren los tiempos, la costumbre ancestral de estas calendas, eminentemente religiosas, ha dado paso a la hegemonía de lo profano, trastocando el sentido de estas fechas. Habría que preguntar, sólo por curiosidad, a las nuevas generaciones si saben, a ciencia cierta, la causa, el motivo, el quid de la cuestión, del porqué pueden gozar, en esos días que preceden a la Pascua y a la diada de l’Angel, de unas vacaciones, hacer fiesta o simplemente disfrutar del asueto que marca la Semana Santa. Cualquier encuesta arrojaría un resultado que, hoy en día, ya a nadie extrañaría y, sólo con la única excepción de aquellos que, desde siempre, han respetado estos días más religiosos y espirituales que otra cosa, quizás, tal vez, la respuesta del encuestado sería la que solamente una cierta ignorancia podría suscitar, algo así como: «El calendario pone en rojo estos días, y eso quiere decir fiesta. El Gobierno quitó, ya hace años, muchos festivos importantes con el asentimiento de la Iglesia católica (somos un país laico), aunque cuidó mucho de conservar fiestas de carácter religioso, siempre que coincidieran con la posibilidad de ‘hacer puente’ y, si no, repasen el calendario de este u anteriores años», farfullaba entre el grupo de amigos que antes fueron y ahora ya no son, Bartolomé Muunar.»

De eso queremos hablarles hoy, al unísono, quienes firmamos el reportaje.
__«Si tienes un hijo pillo, mételo a monaguillo, nos decían los amigos cuando el rector-ecónomo de nuestra parroquia nos reclutaba en nuestras casas, entre nuestras familias, para ejercer de escolán en la iglesia. Pero éramos los menos «pillos» del barrio. Sí que es verdad que, a veces, saboreábamos el vino de misa de la Sacristía, un tanto a escondidas”. Francisco J. Sánchez Llull, antiguo monaguillo, nos lo contaba.

__»Si por Cuaresma carne quieres comer, la ‘bula’ has de tener», pontificaba otro dirigente religioso de mi templo católico, para que no se nos olvidara a las personas comprendidas entre la edad infantil y la ancianidad (ambas exentas de obligaciones cuaresmales, unos por demasiado jóvenes y los otros por haber entrado en la senectud)”. Nos decía Antonio Vaquer, primer «maestro de ceremonias» de la Escolanía de l’Esperança, mientras nos enseñaba la fotografía que se adjunta sobre la capilla del Castell donde los deudos de la Virgen, excombatientes de guerra, tullidos y minusválidos, depositaban objetos, vestimentas, cuadros y fotos en alusión a familiares suyos en los años 1946 y sucesivos, en plena postguerra, en el pasado siglo. Este material desapareció, como por arte de ensalmo, con motivo de unas reformas en aquella Capilla, existente frente al púlpito, que aún existe, y en el que San Vicente Ferrer, en el siglo XV, predicó.

__ “Entre los 14 y los 60 años, en especial la gente acomodada, las familias pudientes, tenían que pasar por la Rectoría a recoger un documento firmado por el Obispo, el cual concedía el Papa de Roma, previo pago de 5, 10, 25, 50 y 100 pesetas, según las posibilidades del adquirente, que permitía, los días de ayuno y abstinencia cuaresmal, poder comer carne, sobrasada o viandas de tipo animal. Si no contabas con esa dispensa pontificia, pecabas si no cumplías el precepto, y había que ir a confesarse, al menos una vez al año, en Semana Santa o Pascua Florida (se la llamaba así a la de Resurrección, suponemos que por lo de los ‘confits’ que emanan de las ‘confiteres’), como mínimo, quienes no frecuentaban la iglesia; mientras que los asiduos feligreses de la misma tenían confesor permanente a su disposición, previo a la recepción de la sagrada forma eucarística de la comunión. En Mallorca, esta circunstancia sucedió hasta 1966″, explicaba el vicario Bartomeu Guasp con motivo de los sermones cuaresmales que se impartían en la iglesia de San Bartolomé.

Muchos pensarán que ya no se pide este tipo de dispensas de la Iglesia. Nada más lejos de la realidad. Desde el Arzobispado de Zaragoza han confirmado que lo de la «Bula de Cuaresma» es una tradición que se mantiene, aunque estas solicitudes no han proliferado. Desde el Miércoles de Ceniza hasta el Sábado Santo, quienes siguen el precepto de cumplir con el ayuno y abstinencia cuaresmales deben sustituir los cocidos y guisos de carne por legumbres, verduras y pescado, siendo el bacalao o las sardinas los grandes protagonistas. Naturalmente, si alguien celebraba, en época de recogimiento cuaresmal, un gran y abundoso ágape, mediante pescado caro o apetitosa langosta de gran tamaño, ello se equiparaba al comer carne y podía ser pecado. De lo que se trataba era de hacer el sacrificio de comer poco y frugalmente en atención a los pobres y desarrigados del mundo.

___ «Estas diferencias, en las iglesias de antaño, entre ricos y pobres, también se daban en los funerales por los fallecidos. Si el finado pertenecía a una familia con recursos económicos elevados, se le oficiaba una misa que se denominaba de ‘primera categoría’, con tres sacerdotes concelebrando la misa, un enorme féretro o túmulo a la entrada del templo, rodeado de altos ciriales encendidos y el Coro Davídico cantando las preces de rigor funerario. Si el finado (¡su familia, claro!) no contaba con medios para poder sufragar el acto de despedida de este mundo, se le dispensaba funeral de 2ª o 3ª categoría; con un solo sacerdote oficiando y un pequeño túmulo en la entrada parroquial». Así nos lo relataba Gabriel Tous, el encargado de los enterramientos del Cementerio, que añadía:
___»Cuando, transcurrido el tiempo pertinente, de 5 a 8 años, para abrir la tumba (ya fuera para trasladar los restos al osario común o bien para colocar en aquel espacio el cuerpo de un familiar finado), nunca noté diferencia alguna entre el aspecto que ofrecía el cadáver del rico con el del pobre. Eso sí, los ricos llevaban traje, corbata, algún anillo y pulcros zapatos; la diferencia con la gente humilde era notoria. Sólo que, según los cánones católicos y sus dogmas, todos seremos iguales ante Dios y que solamente en esta tierra existían las diferencias que, allí en el Cielo, no se tenían en cuenta», aseguraba con todo conocimiento de causa el funerario.
__“Cuando Semana Santa caía en marzo, a esto los hoteleros le llamaban «Pascua, este año, llega temprano», eran poquísimos los establecimientos que abrían sus puertas, o las tenían abiertas en régimen de media pensión hasta pasadas las dos semanas que duran estas fiestas. A partir de este momento, la localidad turística sufría un considerable bajón, pues hasta mayo no recuperaban reservas; la zona quedaba nuevamente poco menos que desierta.
__«Era en esta época, en los años 69/75, que el señor José Llinás, conocido como «Es Buffalo», que vivía en Cala Gat, inauguró un amplio local, con entrada por la Calle Leonor Servera (el lugar, actualmente, está ocupado por una entidad bancaria y establecimientos comerciales), diversificando la oferta de ocio: una sala de fiestas y una bolera; ambas con el nombre de «Buffalo». En el transcurso del mencionado bajón turístico, la discoteca se convirtió en café-teatro, en su escenario se representaron obras de pequeño formato que tuvieron gran aceptación entre los aficionados y concurrencia de variado público», nos cuenta Juan Bautista de Miguel Zayas, actor que fue de aquellas comedias.
Mientras tanto, Guillermo Ribot recuerda su estancia en la «Buffalo Bowling Club», bolera que fue un éxito mientras duró, pues tuvo poco recorrido, pero que llegó a consolidar algunos torneos de bolos de renombre insular. Eran los tiempos de Bernat Ramis, Antonio Palmer y de un alemán cuyo nombre sentimos no recordar, un amplio espacio que congregaba a jóvenes y mayores. En la indicada sala de fiestas, ya en plena canícula estival, cada semana era elegida, entre las chicas turistas que visitaban el «night-club», una «Miss Buffalo», con amenización musical a cargo de un conjunto de moda: «Los Beta» con un inconmensurable Miquel Moreno, de vocalista. ¡Qué grandes recuerdos para quien tuvo la suerte de conocer aquel lugar!

Y, luego, estaba: El «Día de l’Àngel», por ejemplo. __«El domingo siguiente a Pascua se agotaban las empanadas y los ‘robiols’, o los artísticos ‘crespells’, contrarrestando así las carencias de la Semana Santa. Era la reivindicación masiva de los ‘gabellins’, al igual que ocurría en otros lugares donde se celebraba el ‘pa amb caritat’ o la romería, con multitud de gente joven y mayores que ocupaban playas y ensenadas para deleitarse con estos sabrosos manjares, inaugurando la temporada veraniega en nuestra zona, pese a encontrarse aún en primavera», escribía en una de sus crónicas el corresponsal de Capdepera «Jusán».
Romería que ha desaparecido hace años y que tenía a los «Pins de ses Vegues» (bajo el Puig de s’Aguila) en Cala Agulla, como lugar masivo de encuentro de grupos humanos, locales y foráneos; Cala Mesquida y el «Mont Gros», también convertíanse, por un día, en centros de disfrute de esta jornada final de Pascua, ajenos a lo que nos deparaba el futuro en materia de grandes edificios en aquellas costas y saturación de gente proveniente de lo que representaban, entonces, los remotos países de origen de los primigenios turistas que alguna parte de responsabilidad habrán tenido para que se pierdan, se olviden, aquellas arraigadas tradiciones de Semana Santa, Pascua y el Ángel, y la forma de celebrarlas. Un tributo que tenemos que pagar los oriundos de esta tierra en aras de este «progreso» que nos invade.
Pep Maria Moll / Maria Juan
