Algunos de los protagonistas de las “contarelles” o “coverbos” que nos disponemos a relatarles, merecerían un cierto reconocimiento popular, precisamente por la singularidad del carácter de cada uno de ellos. Carácter que muy bien , nos atrevemos a señalar, vendría a sintetizar el “gabellinismo” ancestral de Capdepera.
Empezaremos con éste:
De pesca y de peces
Quienes escuchaban, se sorprendieron cuando Miquel de Ca’s Ferrer (a) es Gall , con toda seriedad, contaba a un grupo de personas sentadas en el bar Ca’n Patilla de la plazoleta de Sa Creu de Capdepera, en la víspera de las fiestas patronales, la epopeya vivida por él, ocurrida justo en los abismos del Riu de Sa Fusta, en Cala Mesquida.
”En aquel lugar hay pescado a placer, mi padre y yo íbamos muy a menudo, en especial en época de “salpes i verderols”. Era un día de mar calma. Patiné, debido al mojado firme de la zona rocosa bañada por el agua, y me precipité hacia el fondo del abismo sobre el mar, igual que si fuera a lanzarme de cabeza al agua en un día de baño. Fui afortunado, ya que a mitad de mi caída, me topé con un pequeño pero fuerte arbusto, en donde me quedé colgado. Asustado y viendo la enorme profundidad que me separaba de la superficie del mar, desesperado, llamaba a mi padre, que no se apercibió de mi suceso, puesto que él estaba pescando tranquilamente a cierta distancia, un tramo alejado de donde me encontraba yo. Cuando consiguió oír mis gritos, corrió hacia el lugar y, sin pensarlo dos veces, me tiró, aguantándola desde arriba, su larga y gruesa caña de pescar, hasta donde yo me encontraba casi volando. Saqué fuerzas de donde ya, apenas, había y a la brava, con la fuerza de mis brazos que aguantaban mis 73 kilos de peso, conseguí poder llegar hasta la cima. Todavía me persigno con la señal de la Cruz…”.
El apodo de Miguel de Ca’s Ferrer, como hemos dicho, era “Es Gall”, puesto que su canción, más bien estrofa, preferida era ésta: ”¡Yo soy el gallo más gallo que existe en el gallinero; mi cresta es como una llama, mis espolones de acero, cuando canto “¡kikkirikik! ¡Se estremece el mundo entero! ”. Siempre tenía, Miguel, historias que contar… La mayor parte de sus “coverbos” eran vivencias suyas propias, como aquella vez que había nevado tanto (la famosa nevada de 1956) y el estanque de su casa de campo estaba helado y las montañas cercanas bellísimamente blancas.
Cuenta Miguel que llegó, a duras penas chapoteando entre la nieve del camino, en compañía de su padre, con su carro, tirado de mulo, cargado de alga marina para extender en su gallinero y en las porquerizas. Dirigiéronse a la cochera, que se encontraba a unos metros de un estanque (safareig) . Toda la finca era uniformemente blanca debido a la enorme nieve caída. Entonces, para llegar a las porquerizas y depositar el alga, tuvieron que ir rectos. Y, Miguel, aseguraba ante el escepticismo de los oyentes, que con toda tranquilidad el carro y su cargamento pasaron sobre las heladas aguas del estanque sin ningún problema, tal era la densa nevada caída…. Cuando ya no hubo nieve, los amigos visitaron el safareig y ovacionaron a Miguel , todos ellos anonadados. ”Este es el estanque por donde crucé con el carro”, sentenció nuestro protagonista.

Y añadió el de Ca’s Ferrer: ”¿Veis aquel encinar de allí enfrente? Cada año vamos allí a buscar setas. Hace unos años, cuando nos encontrábamos en la montaña, se puso a llover a cántaros, no había refugio, pues bajo los árboles, con temporal, es un peligro guarecerse. Conocíamos el terreno y mi acompañante aconsejó ir bajando. En aquel encinar se hacían “esclatasangs” muy gruesos y grandes, con tan buena fortuna que localizamos una enorme seta, suficientemente alta, donde pudimos cobijarnos y resguardarnos de la lluvia que caía”. Estupefactos, incrédulos, pero guardando cierto mutismo, quedaron los amigos al oír el relato.
Entre quienes escuchaban a Miguel se encontraban dos primos hermanos, apellidados Gómez Quintero. Uno de ellos, para no ser menos y ver la reacción de “Es Gall” contó: “La pasada semana, aquellos días que lloviznó tanto, y por la calle del Port y también por la de Estrella, donde yo vivo, bajaba un torrente que se desbordaba hacia las casas adyacentes, igual que un tobogán de agua visto desde arriba de la calle. Bajando de la parte del Castillo saltó una tapa de alcantarillado de la vía y cual no fue nuestra sorpresa que de la conducción canalizada salìan peces, muy grandes… Cuando amainó la lluvia, los curiosos allí reunidos pudimos sacar varios kilos. Claro, era ¡“pescado fresco”! Algunos vecinos pescaron por la abertura del alcantarillado, con un gambaner; por lo que todos pudieron hacer un buen guiso”.
Miguel de Ca’s Ferrer (a) “Es Gall”, solamente se limitó a mover los brazos y con un hilillo de vozdijo: ”¡Qué cosas pasan, eh?! Me hubiera gustado estar ahí para poder verlo”. Y todos los presentes explosionaron con sonoras risas.
¡De todo tiene que haber en la viña del Señor! La fantasía de algunos no puede estar reñida con el humor de otros, de los que escuchan o asisten. Sin duda, Miquel de Ca’s Ferrer pasará a la historia por ese don que siempre le caracterizó.
