El escritor Pere Bosch dice que en los tiempos tan cercanos o tan lejanos, según como se mire, de la llamada “democracia orgánica”, los españoles disponíamos – bien que a título de precario – de tres “cauces” para intervenir en la “res pública”: la familia, el sindicato y los municipios.
En un afán entrañable por justificar lo que resultaba dificultosamente justificable desde la perspectiva de una ciencia política del siglo XX después de Jesucristo, tanto la familia, como el sindicato, como el municipio, eran adornados con el calificativo de su “naturalidad”.
Familia, sindicato y municipio eran antes “naturales”, consustanciales a la condición humana. El error es craso. No hace falta ser Lévi-Strauss para saber que ni la familia, en general, ha sido la única forma de organización básica de la comunidad ni en particular y mucho menos lo ha sido el tipo concreto de familia (patriarcal y jerárquica) que sigue teniendo una importante vigencia en España.
La “naturalidad” del sindicato resulta todavía más difusa. El sindicato remontándonos otra vez al plano general es, de ser algo, siempre “antinatural”. El sindicato nace de una lucha de clases, de una diferencia entre poseedores de los bienes de producción y poseedores del simple cuerpo humano, cuerpo a alquilar a cambio de un precio llamado salario. Si esto es realmente “natural”, Rousseau y todos los optimistas de la hHstoria que ha habido y hay pueden empezar a temblar en sus tumbas o en sus escritorios (el problema se complica ya definitivamente si se piensa que los sindicatos españoles, nacidos para combatir al Estado capitalista, pasaron de la persecución más feroz, hace un siglo, a ser totalmente integrados en el Estado que, lógicamente, debían combatir. Aquí, sí que la quiebra de la “naturalidad” es ya tan evidente, que propicia antes el mareo que la más mínima discusión).

Y faltan los municipios. ¿Son “naturales” los municipios? Chi lo sà! Lo que bien sabemos los españoles (continúa Pere Bosch su alocución) que hemos vivido, en todo o en parte, los años que van de 1939 al año de gracia de 1978, es que muchas cosas que se han hecho en los municipios, por mandato de sus respectivos ayuntamientos, no son “naturales”. Eso sí que está clarísimo, y los isleños de estas Baleares y Pitiusas podemos comparecer sin necesidad de preparación previa ante el más exigente tribunal para demostrarlo. Salir a la carretera, alcanzar la montaña o llegar hasta el mar, supone para cualquiera de nosotros un viacrucis en el que se recorren todas las estaciones de penitencia que la inflexible ley de los ayuntamientos orgánicos y naturales ha sembrado durante años, lustros y decenios. Los Ayuntamientos “naturales” nos han destrozado en un noventa por ciento lo más “natural” que tenemos a nuestro alrededor: nuestra tierra, nuestro paisaje.
De los manejos y los trasfondos poco “naturales” que en más de una ocasión (añade Bosch) han vestido el funcionamiento de nuestros “naturales” y orgánicos ayuntamientos, tratan algunos libros firmados por hombres que han escogido el durísimo camino del periodismo de denuncia que ha cambiado el diario escribir en los periódicos y revistas de una forma más lenta y globalizadora.
Desconozco totalmente si en los artículos elaborados por estos periodistas está la “verdad absoluta”. Personalmente me inclino a pensar que no. La “verdad absoluta” es un desideratum inalcanzable y sólo un fascista (de derechas o de izquierdas) puede llegar a pensar alguna vez que toda la verdad ha sido reservada para él exclusivamente.
Lo que sí sé con certeza es que estos escritores son hombres metódicos en su trabajo, profundos en sus investigaciones e inatacablemente honestos en sus finalidades.

”Buscad la Verdad, porque la Verdad os hará libres”, dice la Biblia.
La Verdad es siempre revolucionaria, dice el marxismo. Buscar la verdad es conseguir una cuota mínima de libertad, e incluso de revolución pacífica y necesaria, destructora de graves presiones que han asfixiado gravísimamente el vivir colectivo durante muchos años.
Llevando el tema a la generalización, me atrevería a suplicar que el pueblo isleño, demócrata y con ansias de liberación, observara hacia todos los mallorquines que han destruido Mallorca en el pasado, que han colaborado en la degradación de las otras islas de nuestro archipiélago, la regla de la vieja, noble recomendación :”Perdonadles, pero no los olvidéis”.
