En el casco antíguo de Capdepera, municipio que, parece ser, no tiene todavía catalogados los edificios con valor patrimonial, se encuentra una casa-vivienda particularmente dotada de elementos arquitectónicos.
Cierto es que existen, en la zona próxima al castillo, otros lugares que guardan características poco menos que medievales. Es dos sostres, al iniciar la bajada de la larga escalinata, propiedad de una familia alemana, lleva esta denominación por ser, prácticamente, la primera casa que contó con planta y piso con dos separaciones diferenciadas, de ahí lo de “dos sostres”. Este enclave, en el pasado, ‘vecindeaba’ con una corta escalera de acceso al caminito hacia el castell. Esta escalera, por avatares políticos, fue cerrada, condenando su paso y adquiriendo el lugar un personaje particular cuya compraventa jamás quedó del todo clarificada. Se trataba de un pasaje público.

En la falda de la empinada Plaza Vella se localiza otro elemento histórico, prácticamente desconocido, el cual no se aprecia desde el exterior, puesto que, únicamente, dos piezas de mares sobresalen levemente en la fachada de la casa. Allí encontramos un torreón morisco de diez metros de alto y de cinco en cada uno de los cuatro lados, muy parecida a la torre existente enfrente del Portalet. La situación de esta torre está dirigida hacia Vila Roja y cuenta con dos estancias: una restaurada y habitable y, la otra, que posee, todavía, la estructura original con bóvedas embaldosadas de marés, colocadas en el techo con estilo antíguo. Es de suponer que data del siglo XIII. En su base, el torreón o torre está asentada sobre restos de otras construcciones medio derruidas que parece ser debieron pertenecer a habitáculos de primigenios habitantes de la villa.

Existen otras en el sector delimitado entre el recinto amurallado, la Plaza Sitjar y el Carrer Fondo, a las que no hemos podido tener acceso. Sin embargo, sí pudimos constatar, a partir del diseño triangular de la fachada y el portal, que otro domicilio de la zona sigue conservando la vetustez de épocas pasadas, semejante a construcciones de iglesias o edificios religiosos, con un espacio que se presume apto para la colocación de un crucifijo o una imagen, presidiendo la entrada. Desde el exterior, parecen dos casas, tratándose solamente de una, fruto de que, en tiempos pretéritos, se compraban o vendían metros de terreno sin respetar la uniformidad de los mismos. En el sótano, al que se accede desde la calle, se contemplan dos muelas de piedra para moler grano y un departamento anejo para el ganado y animales. La casa fue edificada sobre las mismas rocas del suelo, que sobresalen a la vista. Las vigas pertenecieron a embarcaciones de considerable tamaño a tenor de su fortaleza y longitud, enormes vigas de olivo de forma cuadrada, con entrantes y salientes, transportadas, al parecer, desde la costa, madera que no tiene nada que envidiar a la de los galeotes que surcaban nuestros mares, ya que las más largas asemejan los mástiles de un barco de considerable longitud y son redondas, con un diámetro de 40 centímetros. Las paredes y el techo son de piedra y cañizo, cañas unidas con barro, al no existir en aquellos tiempos el cemento de ahora.

Quienes la habitan hablan que las enormes dependencias interiores, donde solamente existía una pequeña habitación, debieron acoger una escuela y, más tarde, un convento. Al adquirir la casa, se encontraron con una cocina rústica y alta chimenea, donde había un “cossi gran” para calentar el agua y lavar la ropa – cosa que se hacía una vez cada mes –, entre otros trabajos, como pastar el pan, ya que los moradores antiguos debían lavarse, como era costumbre, en un ribell.
Hemos querido respetar los nombres de los propietarios de las tres casas citadas, a petición de ellos mismos, si bien (pensamos) que en Capdepera, quien más quien menos, es conocedor de su identidad. Historia pura gabellina.

