Sin tener prueba alguna que implicara directamente a Jorge Prubí, solamente suposiciones, sugerencias de los tertulianos y sospechas del Sargento de la Guardia Civil que había sufrido en sus carnes (mejor dicho, bajo sus narices) el desalojo de su abundante bigote, que ayudaba, a quien se cruzaba con él, a dibujar alguna sonrisita, en modo alguno maliciosa, que ponía a don Basilio al borde del paroxismo (que bien sabía disimular cuando vestía el uniforme y no tanto en su casa donde el mal humor le aquejaba, desahogándose a puñetazo limpio con muebles y enseres).
Había que hacer algo. ¿Pero qué? ¿En base a qué suceso? Porque, claro, aunque el boticario, el juez, el médico o cualquiera de los asiduos a la cotidiana tertulia cafeteril del “Recreo” o de l’”Orient”, pontificaran – sin conocimiento alguno de causa – que la desaparición del veterinario, don Sebastián, en aguas cercanas a Font de Sa Cala (para, de momento, nunca más volver ¿¿??); la caída por el precipicio de don Mario, el maestro, que aún permanecía en la UVI del hospital de Son Dureta (que algunos achacaban a la rubia alemana que mantuvo un corto “flirt” con el profesor); el despliegue de las fotografías que patentizaban la estrecha relación (nunca mejor dicho, lo de estrecha) entre ambos, con la consiguiente pérdida de la realidad, por parte del maestro; y finalmente el “corte de orejas” del perro del farmacéutico y del bigote del Sargento… todo junto –decían y aseguraban – era obra de Prubí, conscientes quienes le acusaban de que, quizás, habían sido algo injustos con el catalán al hacerle el vacío en las tertulias y, en ocasiones, casi insultarle.

Sin duda alguna, Jorge Prubí había perdido el Norte, estaba desnortado, como se dice vulgarmente, y no solo el Norte, sino también el resto de puntos cardinales. Por ello, don Basilio, ordenó al guardia primero, Anselmo Pérez, una misión que únicamente conocerían ambos, secreta a todas luces. Y empezarían las pesquisas a la vera de Nuria, la esposa de Prubí, la cual hacía varios días que no veía a su marido por casa. Nuria, tuvo que firmar una especie de denuncia por desaparición y, a instancias de don Basilio, les entregó una camisa y un pantalón de don Jorge, que no habían sido, todavía, lavados. El Puesto de la Guardia Civil de Capdepera solicitó a la Comandancia que les mandaran dos perros sabuesos, de rastreo.
Mientras, el pescador de “puu” (cebo de pesca), un tal Juan de “Es Conills”, que se encontraba por el litoral cercano a N’Aladern vio que había gente realizando pesca submarina en aquella zona. En un momento dado, salió de un recodo una extranjera y gritó algo a uno de los sumergidos bajo las aguas, aunque éste pareció no haberla oído. De repente, emergió otra persona con el atuendo de pescador submarino – una especie de marsopa –, el cual se abalanzó sobre la desprevenida mujer, arrastrándola hasta el fondo, perdiéndoles Juan de vista. Y no volvieron a emerger… Juan dels Conills, mudo de asombro, viendo desaparecer a la pareja bajo un remolino de espuma, estupefacto, bajó al fondo de la pesquera, y no vio a nadie, esperó un rato, más la superficie del mar permanecía tersa. Le faltó tiempo para recoger la moto “Guzzi” aparcada junto a la ermita del Carregador. Subió raudo y veloz hacia el pueblo y se plantó en el Cuartel, donde con pelos y señales explicó al número de guardia todo cuanto había presenciado en el “Rincón del maño”. En poco tiempo. Juan con el Sargento y un guardia se personaron en el lugar de los hechos, iniciaron su búsqueda, resultando infructuosa. Se peinó, de nuevo, el lugar, pero nada…
No encontraron ni la más pequeña señal de la mujer ni del submarinista que relataba Juan dels Conills. Apareció, de entre las rocas, Klaus Litmann e indicó que su esposa, Erika, estaba con él buceando, que no había nadie más. Si se hubiera ahogado, alguien lo habría presenciado, el cuerpo aparecería sobre las aguas, pero el mar estaba en calma. El cabo primero Anselmo Pérez quedó allí vigilando la costa, mientras su jefe y el otro guardia regresaron al Cuartel, coincidiendo con la llegada de un furgón que trasladaba los perros solicitados.

Cuando Jorge Prubí i Camps irrumpió en las rocas, salpicando y sacudiendo agua a diestro y siniestro, parecía totalmente un monstruo acuático salido de las profundidades marinas. Una especie de «oso-tritón» sin escamas, pero con muchos pelos y, por joroba, un par de negras botellas de oxígeno, adosadas a sus espaldas. Se movía con una rapidez sobrenatural. Erika estaba más que horrorizada, y ya no digamos cuando aquel esperpéntico y barbudo «homo sapiens», se apoderó de su frágil tobillo para arrastrarla, sin miramiento alguno, al fondo de las aguas.
Cuando empezaba a anochecer, el guardia abandonó la vigilancia de aquella zona. Klaus Littmann, al regresar al “Camping” y no encontrar a Erika, se alarmó. Era su última noche en Mallorca, tenían que salir del hotel a media mañana del siguiente día, y tomar rumbo a su país. Emprendió, despavorido, rauda carrera hacia las inmediaciones del litoral donde había estado pescando y llamó gritos a su esposa. Nadie respondía. Había calma chicha en el mar, no soplaba el viento, aunque a Klaus le pareció oír una música que procedía de las entrañas de aquellas rocas. A medida que iba acercándose a la entrada taponada de la cueva – que Klaus desconocía – más aumentaba el volumen de la música. Guiado por el haz de la lámpara que había cogido de entre sus enseres de buceador al ir a buscar a Erika, parsimoniosamente, prestando atención a aquel sonido musical, tropezó con la mole de una gran piedra (se trataba de la oquedad de la cueva), la cual – pese a su enorme esfuerzo—no consiguió alzar.
Palpando Klaus, la arisca roca fue bajando con dirección al mar, sin dejar de prestar atención a la música, hasta que en su descenso se trastabilló y rodó por la ladera hasta precipitarse en el mar. Perdió la lámpara, aunque el lugar donde fue a caer no era hondo; con los pies tocaba suelo y allí se veía un claroscuro arenoso hacia donde se dirigió, a medida que la música aumentaba su volumen. Su sorpresa fue mayúscula al contemplar que en el interior de la cavidad había luz, y corrió hacia allí. Oía gritos y frases inconexas, y a Klaus le pareció reconocer la voz de Erika. Penetró con más ahínco en la cueva, y el espectáculo que presenció se le antojó dantesco: Erika se encontraba atada por los pies, llorando, tendida sobre Prubí, el cual yacía de espaldas, apretando con sus manos las muñecas de la chica y con la boca abierta.
Al acercarse, Klaus se abrazó a Erika, intentando separarla de don Jorge. La mujer, sollozando, le indicó que el catalán estaba muerto. En un forcejeo que ambos habían tenido, debido a los deseos libidinosos de Prubí, éste se había caído de espaldas sobre una punzante estalagmita que le atravesó el esternón.

Había que hacer algo, y rápido. Apagaron la música del «pick-up», después de cortar la cuerda que ataba a Erika. Era de noche, únicamente las luces de los quinqués desprendían una tenue luz, suficiente para ver la boca de la cueva en penumbras. Levantaron, a duras penas, a don Jorge, lo desvistieron totalmente, quedando desnudo, y alzándolo, como si anduviera, lo trasladaron junto donde las olas chocaban contra las rocas, lugar donde le empujaron hacia el mar, que iba borrando las huellas con su flujo y reflujo, y el cuerpo del difunto surcó, gracias a su peso, las profundidades marinas. Muy parecido a lo ocurrido a don Sebastián, el veterinario.
Erika y Klaus retiraron de la cueva las pertenencias de ella y algunos enseres más; dejaron las velas encendidas y los objetos de Prubí, y se las vieron y desearon para cruzar la oscuridad de la noche y desplazarse hasta el «Camping» por una zona trasera, hasta su habitación. Sobre las diez de la mañana, una vez desayunados y con su equipaje a punto, entraban en el pequeño autocar que les trasladaría, junto con otros turistas, al aeropuerto de la capital.
Una hora antes, una pareja de la guardia civil, con dos perros adiestrados y portando los pantalones y la camisa que la esposa de Jorge Prubí les había cedido, localizaban, gracias a los sabuesos, el escondrijo de nuestro protagonista. Unos albañiles que trabajaban cerca les ayudaron a alzar la losa, algo que don Jorge, él solo, siempre se había bastado para hacer…
Y, allí dentro, no había nadie.
