14 marzo 2026

      SA COVA DE SA FONT DE SA CALA  (6)

    Lewis Th. Gardens

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     La tarde comenzaba a languidecer cuando Prubí salió de su casa.  Dirigió los pasos hacia la plaza de l’Orient y, cuando bajaba por la calle principal, en el portal de su tienda vio sentado, tomando el fresco, a Tomeu Coixet.

    ___¡Muy buenas tardes tenga Ud., don Jorge!. ¡Ah…,  y mi más cordial enhorabuena!  Me han dicho que la otra noche pescó en la Font de la Cala una pieza que hacía más de 40 kilos,,,”

    ___”La gente exagera un poco y, ¡ hay tanto chafardero por ahí! ¡Oi! ¿No seréis vos uno de ellos, l’amo en Tomeu..?”, preguntó Prubí con torcida sonrisa y al tiempo que hacía brillar su postizo diente de oro.

    ___ “Yo sólo me limito a decir lo que ayer me contaron, don Jorge..”, repuso, muy serio, l’amo en Tomeu Coixet.

    ___”Pues le han engañado miserablemente porque esa pieza, que por cierto resultó una hermosa sirena, pez que no abunda por estos lares, ni por estos mares, con trasero y tetero debía pesar, por lo menos,  unos 56 kilos y medio. No todo el mundo puede pescar una cosa así, ¿no cree? 

    Gracias, de todas formas”, —continuó Prubí–  por la felicitación que, desde luego me merezco, así como también, y no lo olvide, su debido respeto hacia mí”.

    El catalán, altivo, siguió su camino y supuso, y bien supuesto, que había dejado las cosas claras, y con dos palmos de boca al tal  Coixet. Cuando llegó a la plaza vio sentados, junto al Bar Orient, al Secretario del Ayuntamiento, al maestro, al telegrafista y al juez de Paz.

    ___¡Hombre, don Jorge, amigo…! Acérquese y siéntese aquí con nosotros!

    Era el maestro quien le saludaba tan efusivamente y con el tratamiento de “don”, cosa que extrañó sobremanera a Prubí, e hizo que, receloso, se pusiera en guardia pues le pareció notar, otra vez, sonrisitas inequívocas en los rostros de los demás contertulios.  Hubiera sido una cobardía y una equivocación, por su parte, no acceder a la inesperada invitación aun que suponía que ésta encerraba la mala intención de sonsacarle para reírse a su costa y no la de admitirle, ni mucho menos, en el seno de aquel Círculo de preclaros hijos de la Villa, por llamarlos de alguna manera.

    Al poco rato se sentó junto a ellos el boticario, que era el más malicioso de todos,  pero fue el maestro, el que tenía más mala uva, quien le dijo:

    ___”Hoy le vamos a conceder la palabra a nuestro buen amigo, el señor don Jorge Prubí, para que nos diga cómo se las apaña para tener tan distinguidas amistades. Sí, querido don Jorge, porque no me negará que la señora, o la señorita, que le saludó el otro día, no es de lo más distinguido, y con mucho, de lo que se ve por ahí…”

    Prubí, que tenía más escamas que un sardo viejo, les veía venir y se creía preparado para responder, y aguantar el chaparrón de preguntas e indirectas que parecían venirsele encima.

    ___”¡Y que lo diga Vd.,!, corroboró el boticario a las palabras del maestro poniendo mayor énfasis a las suyas. __”¡Tan distinguida que llamaba la atención. Qué hermosura de mujer, qué andares y qué cuerpo. ¿Qué te voy a decir?, añadió con el mayor entusiasmo. 

    ___”Son un matrimonio de turistas – interrumpió don Jorge que ya comenzaba a impacientarse, y tratando de aclarar la situación – que se han empeñado en que les enseñe a pescar… son buena gente”. 

    ___” ¡Y tan buena… sobre todo ella!, exclamó el maestro guiñando un ojo a los demás.

    Y siguió Prubí: ___”Pues como usted, don Mario, ya que, según me contó ella el día en que me fue presentada, también se dedica a la enseñanza, allá en su tierra”.

    ___”¿También enseña…?, preguntó el maestro.

    ___ “Según los informes que me llegaron hace un par de días – terció el boticario – a más de docente es decente, pues, aunque las enseña, tiene tan celosas sus notas que no se las deja ni tocar… Esas notas o apuntes, que apuntan muy alto, por cierto, y que suele guardar tan celosamente, son de lo más notorio, y sobresaliente, de su persona.”

    ___¡A la vista, a la vista, estaban!, exclamó de nuevo el maestro.

    Prubí, que ya no podía más, pues aquella conversación y los comentarios parecían todo un ataque en regla a su intimidad personal, repuso:  

    __”Cuando hablan Vds. de sus notas, o apuntes, se deben referir, supongo a ciertas prominencias delanteras de aquella chica…¿ no es así?”.

    __”Por favor, caballeros, tengamos la fiesta en paz…”, intervino el Juez de Paz haciendo honor a su cargo. __”Seamos comedidos; el señor Prubí nos va a perder el concepto, y con toda razón…”, añadió.

    ___”Hombre, don Jorge, — prosiguió don Mario – no nos sea tan susceptible. No se habrá enfadado Vd. ¿verdad?. Estamos entre hombres, entre personas adultas y no adúlteras, ¿o no? ¿A cuáles de esos dos tipos pertenece, don Jorge?  Porque nos consta, y de buena tinta,  — prosiguió don Mario Gayá – que usted intentó darles un repaso a fondo a esas aludidas notas, o lo que sean,  y en un romántico entorno, preparado, también, por Ud. mismo.. Usted es un pillín, o algo muchísimo peor, créame amigo Prubí. Piense que esa joven no debe tener mucho más de veinte años y Vd. es un zorro viejo, un sátiro comparado con esa hermosa sabina”.

    Prubí no contestó, se arrellanó en su butaca de mimbre, entornó los ojos y, a través de ellos, fue fijándose en la conformación craneal de aquellos entrometidos y malévolos individuos, sobre todo en la del maestro. Cuando acabaron las risas se levantó y, sin hacer el más mínimo comentario sobre las críticas ignominiosas e insultantes palabras que el maestro había vertido sobre su persona, se marchó. Las carcajadas le siguieron calle arriba. 

    Poco después se sentó en el bar de Ca’n Patilla, en Sa Creu, llamada así por ser el cruce de una serie de rúas, o viales, en el pueblo, e hizo como que leía el periódico pero en vez de leer rumiaba la forma de vengarse de aquella gente, tan dispuesta, siempre, a vejarle. ¡Qué diantres debería importar a aquel atajo de falsos moralistas lo que él hacía o dejaba de hacer en su tiempo libre!.  ¡Ya no se conformaban con criticarle a sus espaldas sino que ahora le atacaban de manera tan abierta, y sin ninguna consideración… Se acordarían de él, o mejor dicho, algunos de ellos, ¡ni siquiera eso!. 

    Pidió un café, lo iba a necesitar más tarde. A medida que se calmaba y con el consuelo de que la venganza era un placer de dioses, y él se sentía un “dios”, una especie de Neptuno actualizado, o sea, sin tridente pero con arpón, fue entrando en la lectura y acabó por leerse el periódico de cabo a rabo. Prefería que, al llegar a casa, su mujer se hubiera acostado ya…  En efecto, cuando Prubí llegó a su hogar era tarde. Abrió con sigilo la puerta para no despertar a su familia. Aparte de algún entrecortado ronquido que venía del dormitorio de la Nuria, el silencio era casi absoluto. En la cocina encontró un trozo de sobrasada, una rodaja de queso mahonés, pan, y media botella de vino tinto. El gato se lo miró cual si de un intruso se tratara pero, Prubí, sin hacer el menor caso al despectivo minino, se dispuso a dar buena cuenta de aquella frugal cena. Una vez que hubo terminado, puso los platos y los cubiertos en el fregadero, retiró todo lo demás que colocó en la despensa y, los desperdicios, en el cubo de basura. Luego plegó el mantel, de una estantería sacó un mortero y, de su bolsillo, un sobre que contenía unas pastillas que puso en el interior del recipiente. Las machacó bien machacadas hasta convertirlas en finísimo polvillo blanco. Tomó un  frasco de “Friscas”, la comida del gato, y un trozo de bistec que sacó de la rústica nevera, y todo ello, junto con una porción de las trituradas pastillas, lo metió en la trituradora de la carne. 

    Cuando salió de la casa, la luna daba sobre Prubí alargando su tétrica sombra. Proyectada ésta sobre el suelo de la calle, parecía portar, en una de sus manos, una gran navaja de afeitar. Se paró junto al jardín del boticario.

    Antes de irse a dormir, el bueno de don Jorge,  puso en el comedero del gato un par de orejas caninas. Éste dio un gruñido y Prubí, después de apagar la luz de la cocina, y mientras se retiraba a descansar, oía como el negro minino mascaba con parsimonia, y haciéndolos crujir, en el silencio de la noche, los dos cartílagos auditivos del espécimen propiedad de uno de sus más ancestrales enemigos….

    Continuará //.

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