12 febrero 2026

    Para los mayores de 50 años, de Eduardo Galeano

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    “Me caí del mundo y no sé por dónde se entra. Lo que me pasa es que no puedo  conseguir andar por el mundo tirando cosas y cambiarlas por el siguiente modelo, sólo porque alguien ha decidido añadirles una función o hacerles volver más pequeñas. No hace mucho, con mi esposa, lavábamos los pañales de nuestras criaturas, los colgábamos en una cuerda al lado de su ropita, los planchábamos, los doblabamos y los preparábamos para que pudiesen volver a ensuciarlos. Y, ellos, nuestros niños, tan pronto como crecían y tuvieron sus propios hijos, se encargaron de echarlo todo por la borda, incluso los pañales. Se entregaron, sin escrúpulos, al desecho!. Sí, lo sé,  a  nuestra generación siempre le costó rehusar algo, ni el rechazo nos resulta digno de ser rechazado, valgo de la redundancia. Y así íbamos por la calle guardando los mocos en el pañuelo de tela, dentro del bolsillo del pantalón. No quiero decir que esto fuera mejor. Lo que digo es que, en algún momento,me distraje, me caí del mundo y ahora no sé ni por donde se entra. Lo más probable es que esté bien lo que se hace actualmente, no quiero discutirlo. Pero pasa que no consigo cambiar el equipo de música una vez al año, el móvil cada tres meses, o el monitor del ordenador cada vez que llega la Navidad. Y es que soy fruto de un tiempo en que los objetos, las cosas, cuando se compraban eran para toda la vida.  Y , además, se compraban para la vida de quienes venían detrás del mundo; la gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas de mesa y, asimismo, palanganas”.

    “Hace unos días leí que se había producido mayor cantidad de basura y escombros en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. Echamos absolutamente todo a la basura. Ya no existen zapateros que arregle un zapato, ni colchonero que, a fuerza de vecingajos, repare una colcha, dejándolo como nuevo, ni afiladores de cuchillos transitando por las calles. De los tiempo en que existía todo esto provengo yo. Entonces no se rehusaba nada. Y no es que haya sido mejor que otros, no! Pero no es fácil, para un pobre individuo al que educaron  con el “ ¡guardarlo, guardarlo, que algún día puede haceros falta!”, pasar al “¡compradlo, compradlo, que  ya ha llegado el nuevo modelo!”. Se tiene que cambiar el coche cada tres años porque, en caso contrario, estás en la ruina aunque tu vehículo se encuentre en buen estado. Se tiene que vivir endeudado eternamente para poder pagar el coche nuevo! Por Dios, mi cabeza no puede resistirlo”. 

    Pañales

    ”Ahora, mis parientes, y los hijos de mis amigos no únicamente cambian el móvil una vez por semana, sino qué, además, la dirección electrónica y hasta la real! Y a mi me preparan para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre… Me educaron para guardarlo todo, lo que servía y lo que no, puesto que algún día las cosas podrían volver a tener utilidad. Nunca nos lo explicaron, lo sé,  tuvimos un gran problema. Jamás nos explicaron qué cosas nos podrían servir y cuáles no. Y con las ganas de guardar (porque hacíamos caso de las tradiciones) guardamos, incluso, el cordón umbilical de nuestro primer hijo, el primer diente del segundo, las carpetas de la guardería infantil, el primer cabello que le cortaron en la peluquería…  ¿Cómo quieren Vds., estimados lectores, que entienda yo a esta gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?”. 

    “¿Será qué, cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran, y se rehúsan con la misma facilidad que se adquirieron? En mi casa teníamos un mueble con cuatro cajones: uno para los manteles y trapos de cocina, otro para los cubiertos y el tercero y cuarto por todo aquello que no fuera ni mantel ni cubierto. Y guardábamos, incluso, los tapones de las bebidas refrescantes, el de las botellas, las llavecitas de las latas de sardina… ¿Y las pilas? Éstas pasaban del congelador a debajo de las tejas de la casa, puesto que no sabíamos muy bien si tenían que estar en un ambiente fresco o de calor para prolongar un poquito más el tiempo de duración de la pila. No nos resignábamos  que acabase su vida útil con unos cuantos usos”.

    “Las cosas no eran reusables eran guardables. Los periódicos! Servían para todo, para  hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia, para limpiar cristales, para envolver. ¡Cuántas veces nos enterabamos de algún resultado leyendo el periódico agarrado envolviendo un trozo de  carne o desplegando el paquete de los huevos que, meticulosamente, había envuelto en un periódico el tendero de la barriada. Y guardabamos el papel de plata del chocolate y de los cigarrillos para decorar el belén de Navidad, y las páginas de los calendarios para hacer cuadros y los cuentagotas de medicinas por si algún medicamento no llevaba o las cerillas utilizadas por que podíamos reutilizarlos cuando una candela estaba encendida. Y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y los juegos de cartas que se hacían servir a pesar de faltar alguna, con la inscripción hecha a mano, como por ejemplo: “ésta corresponde a un 4 de bastos”.  Y las piezas de cerámica con figuras de mujeres o animalitos celosamente guardados, que se retiraban o se escondían para nunca más volverlos a ver”.

    Afilador

    “Los cajones guardaban trozos de la mitad de las gafas para tender la ropa con ganchitos de metal. Con el tiempo, aparecía la otra mitad como si esperase la otra parte con el fin de convertirse en una pieza completa. Nos costaba mucho, pero mucho, declarar la muerte de nuestros objetos, todo era muy apreciado por nosotros. Y hoy decretan matarlos tan pronto como dejan de servirles. Y cuando se vendían helados en pequeñas copas con una tapa que servía de base, las poníamos al lado de los vasos y de la vajilla. Las vasijas de la fruta se convertían en macetas, portalápices  y sujeta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en ornamentos de dudosa belleza, mientras los tapones esperaban, con mucha paciencia, en un cajón  hasta encontrarse con una botella”. 

    “¡Y me muerdo la lengua! Sí, para no hacer una semejanza paralela entre los valores que se rehúsan y los que preservábamos. No puedo evitar decir que, hoy, no tan sólo los electrodomésticos son reusables, también lo son los matrimonios e, incluso, la amistad es prescindible. Pero no quiero cometer la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muero para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se tira, del pasado efímero. De la moral que se rehúsa si se trata de ganar dinero. No, no lo haré! No mezclaré los temas ni diré que lo que era perenne se convirtió en caduco y al revés. No diré que a los ancianos se les declara la muerte tan pronto como confunden el nombre de dos de sus nietos y que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos cuando a uno de ellos le crece el abdomen o le salen arrugas o piel colgante”.

    “Ésta es, finalmente, amigos, una crónica que habla de pañales y celulares. Verdaderamente, si mezclásemos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar mi esposa como parte del pago de otra con menos kilómetros y alguna función más. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que ella me gane y sea a mi a quien entregue…

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