Paquita Rosselló, en su finca de los aledaños de Ca’n Cardaix, en Capdepera, nos atiende. Nos cuenta cómo su hermana falleció, víctima de un cáncer, hace apenas cinco años. Cuando la enfermedad la consumía, en una de esas conversaciones que quedan grabadas para siempre, Marilén animó a su hermana a que diera el paso que, en realidad, llevaba años planteándose. Funcionaria en el Ajuntament de Capdepera, Paquita estaba cansada de su rutinario trabajo como auxiliar administrativa y soñaba con salir de esas cuatro paredes para aplicar todo cuanto le había enseñado su suegro, Antonio Guiscafré, fallecido también años atrás.
Aquella charla con su malograda hermana supuso el impulso definitivo para un cambio que ha convertido a Paquita en apicultora. Pero no una apicultora cualquiera, no. Paquita Rosselló se plantea su relación con las abejas como toda una filosofía de vida. De ellas extrae la miel, la cera, los jabones y los bálsamos que vende cada semana en los mercados de Capdepera y Cala Rajada, aunque lo hace con una condición autoimpuesta: la prioridad, por encima de sus ventas o de la demanda creciente, está en el bienestar de los insectos. “No quiero estresarlos” , repite ella, creadora de una marca “Beeloversanctuary” que ha conquistado el corazón de residentes y turistas, precisamente por su compromiso con el entorno.
En los últimos tiempos, su finca ha recibido la visita de colegios e institutos que se acercan, asimismo, al rebaño de sus ovejas, asnos, cabras o gallinas; o al huerto donde trabaja Paquita de lunes a domingo.
Aunque las grandes estrellas son, ¿cómo no?, las abejas, que ocupan, actualmente, una treintena de cajas, colmenas o apiarios, para las que Paquita lleva ya tiempo preparando un nuevo hogar, más ajustado a sus necesidades: colmenas hechas de barro, en las que estos animalitos se sienten mucho más cómodos.

Feliz y orgullosa del interés que ha despertado el trabajo que realiza con las abejas, Paquita Rosselló tiene claro, en todo caso, que la prioridad la tienen los animales. ”Mallorca ya es, en sí misma, un gran parque temático y no quisiera que ocurriera lo mismo con mi propia finca”, afirma ella, tratando de encontrar el equilibrio idóneo entre abrir las puertas de su casa y mantener ese santuario alejado de las miradas curiosas y del ruido.
Con una producción tremendamente variable y un precio al alcance de no todos los bolsillos, su miel puede llegar a costar 30 euros el kilo, frente a otras que apenas alcanzan los cuatro euros. Paquita no ceja en su empeño de educar a la gente, en especial los más jóvenes, en el respeto al ciclo de la vida.
”Si en alguna época no tengo “romaní”, pues habrá camomila”, dice, insistiendo así en el mensaje de que cada producto de la tierra tiene su momento en el calendario.
”Y los humanos no somos nadie para forzar algo diferente”, advierte.
De su primer lustro como autónoma, lo que peor sabor de boca ha dejado a esta apicultora gabellina, tan auténtica, ha sido su relación, mala, con la burocracia: ”no está hecha para los pequeños”, concluye.
