La odisea de los peatones a la hora de convivir en las aceras con bicicletas, patinetes y ciclomotores, entre otros.
Algunos ayuntamientos ya deben haber dado por perdida la lucha contra las bicicletas que circulan por las aceras. Ahora, las autoridades también se preparan para otra derrota, puesto que no son solamente las bicicletas las que se han erigido en dueñas y señoras de las aceras, sino que les han aparecido unas importantes competidoras: las motos y ciclomotores. Y, seguidamente, los monopatines.

Ya no existe momento en que el viandante no escuché tras de sí el ruido del motor (eso en el mejor de los casos, puesto que las bicicletas necesitan el grito del conductor para abrir paso, no digamos ya de los patinetes) y, casi siempre, en sentido contrario a como circulan el resto de vehículos, como si de un peatón más se tratara y con la finalidad de ver de cara al que sube o baja en dirección contraria.
Parsimoniosamente, los pequeños vehículos citados (a excepción de las voluminosas motocicletas o quads, por ejemplo) van ganando espacio en plazas y calles que, asimismo, atraviesan con total libertad y de forma descarada, a veces en medio de niñas y niños que allí juegan o enfrente de los ancianos que, en otras horas, conocieron plazas y parques que únicamente se utilizaban para que los disfrutarán los paseantes y no para la circulación.
A veces, contemplamos como, utilizando el mismo carril bici (asignatura pendiente, desde hace muchos años, de algún ayuntamiento), los motoristas hacen una amarrada o un trompo frente a coches que circulan frontalmente y a veces a gran velocidad y dentro de la noche oscura, obligando a frenar a los ciclistas, sin tener cuidado en pro de los automovilistas. ¡Con total impunidad! Y a eso se debe añadir el estruendoso ruido de algunas motos, también parte integrante de la lista de derrotas comunales consistoriales.
Sí, actualmente, la buena gente anónima y silenciosa, no interesa a nadie ni es glamurosa, ahogada por un mundo codicioso, competitivo, consumista, deshumanizado, frívolo y manipulado por toda clase de medios, realidad virtual incluída. ¿Bicicletas dices? ¿Patinetes? ¿Motos? Raymond Calbó Lafitte dice que esta buena gente, la que, con su trabajo cotidiano, rutinario y sacrificado, articula el engranaje invisible e indispensable para el correcto funcionamiento de una sociedad desarrollada, es la que, consciente de sus deberes (si quieres recibir, antes tienes que dar) paga rigurosamente lo que le corresponde, la que respeta las reglas de convivencia, que no tiene la enfermedad del “hormigón” y no se excede con construcciones fuera de ordenación y normas, la que no maltrata la naturaleza por que es consciente de su fragilidad, la que piensa que apostar por el turismo desaforado de masas ha sido un error, la que critica la privatización de espacios comunes en beneficio de unos cuántos, las que a pesar de las dificultades y la ausencia de ganancias sustanciosas e inmediatas ha conservado pequeños negocios o un “fora vila” cohesivo de un barrio, de un “llogaret”, de un pueblo o de una ciudad, la que ama su cultura y su lengua, sin complejos…
Así se expresa, y comulgo con sus ideas, Raimundo Calbó para toda esta gente, afortunadamente numerosa, sin medallas, premios ni prensa, pero con sentido común y solidaria, a quien van dedicadas – sean peatones, motoristas, ancianos y gente común anónima e invisible – estas palabras que articulan nuestra reflexión de hoy.
