Hacía tiempo que no girábamos una visita a la zona de S’Heretat, al valle y montes de Canyamel, esa cada día más populosa demarcación gabellina, la cual comparte residentes con Artá. De ahí, claro, y de sus propietarios que jamás quisieron prescindir, en aras del patrimonio municipal – como el Castell, que fue de la misma propiedad – de sus ancestros artanenses, de las bellezas que encierra un destino famoso e internacional : las denominadas “ Cuevas de Artá “.
La imponente escalera de acceso a la gruta se construyó con motivo de la visita de la reina Isabel II, una presencia que, finalmente, la monarca no efectuó ( le caía lejos, en aquellos tiempos de escasa comunicación terrestre, desplazarse desde la capital ) . Unas cuevas que, en principio, estuvieron habitadas por el hombre desde la antigüedad y donde encontraron refugio, en 1229, los guerreros moros o soldados de la Reconquista de Mallorca por el rey Jaume I de Aragón, que más tarde fue escondite de piratas.

Bien, pues, hemos localizado de la cartografía de Pere Alcántara Penya, de 1912, un Plano de las Cuevas y, además, hemos sabido por qué se las conocía como “Cueva del Ermitaño”: Un clérigo católico, el padre Juan Garau i Serra, fue el primero en explorar las Cuevas entre 1806 y 1808. Era sacerdote destacado entre los ermitaños del convento cercano al entorno de esta zona de levante. Se trata, pues, — es nuestra labor de investigadores en archivos — de dos datos escasamente explicitados que nos llamaron la atención en nuestra “tournée” por los aledaños del antíguo valle de “Garbelien” .
En el transcurso del tiempo, las Cuevas de Artá o del “Ermità” recibieron multitud de visitas de personajes y gente de enjundia: Julio Verne , de quien se dice que la caverna le inspiró las aventuras vertidas en su libro “Viaje al centro de la Tierra”, en 1864. También Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Sara Bernhardt; el hombre de Estado Antonio Maura i Montaner, el archiduque Luis Salvador de Austria o el poeta mallorquin Miquel Costa i Llobera que, en 1900, dejó plasmado el poema de “La deixa del geni grec” en un mural marmóreo del interior de las enormes cavidades,entre otros, son figuras relevantes. A partir de 1869 se abrieron al turismo, cuyas primigenias visitas se efectuaban mediante la luz de quinqués o lámparas de aceite.

Como si el recorrido por las interioridades de la gruta no fuera lo suficientemente espectacular y sorprendente, la salida – que puede efectuarse por el vértice de la planta baja, junto a la explanada – o por la majestuosa escalera, permite asomarse a cincuenta metros sobre el nivel del mar con una panorámica sobre esta zona turística de tan halagüeño futuro: Canyamel. Un lugar que quienes viven en la tranquilidad que bordea el siempre caudaloso torrente del mismo nombre, han impedido la proliferación de grandes moles o edificios que rompan el equilibrio que la bien diseñada urbanización dejó inmarcesible.
