12 marzo 2026

    El comportamiento social En las “Exequias” y otro asunto 

    Nicolás Nadal

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    Nicolás Nadal

    No hay ninguna regla que ordene el comportamiento cívico en la despedida de algún familiar o paisano, y tampoco alguna ordenanza que indique las normas a seguir en un tanatorio.
    Este preámbulo me recuerda ciertos comportamientos que he venido observando en estas despedidas, ya sea de algún paisano, familiar o amigo, que no me parecen adecuados en estos momentos tristes.

    No es que yo sea un asiduo visitante de las exequias en algún cementerio, pero he podido constatar que el comportamiento general no se ajusta a la solemnidad del momento, en el que se dice el “adiós” a un ser querido. Allí se acude a acompañar sentimentalmente a la familia que despide al difunto, pero desgraciadamente ocurre todo lo contrario: abunda el diálogo en voz alta y no impera ni el respeto ni la contención verbal entre los asistentes.

    Las pocas veces que acudo a unas exequias, lo hago para expresar mi dolor sentimental a la familia y, según me parece, rezar una oración por el difunto, para que Dios nuestro Señor lo acoja en su Santo Seno. Ese “xerrim” (parloteo) que impera no encaja con el status social que debería haber.

    Voy a profundizar algo más en este tema. En Alemania, por ejemplo, impera el respeto en todos los aspectos durante estos momentos tristes. Una vez incinerado el difunto, la familia suele ofrecer a los asistentes un pequeño refrigerio. Dentro del mismo recinto del “camposanto” existe una cafetería, donde se sirve —por ejemplo— un café con leche y un trozo de tarta. Todo lo contrario que en Mallorca, concretamente en Capdepera, Artà, etc.

    Hay que tener en cuenta que Alemania, por lo que fuere, está muy “americanizada”; una influencia que viene de cuando los “yankees” tenían destacamentos en territorio alemán. En Estados Unidos existe esta costumbre, que arranca desde los tiempos de la esclavitud y del “Ku Klux Klan” (KKK), que hacía de las suyas con los nativos de color, quienes en vida lo pasaban muy mal a manos de estos “terroristas” segregacionistas.

    Algunos de estos esclavos, en vida, eran metidos en un bidón de barniz o alquitrán y, al salir del suplicio, los revolcaban en sacos de plumas o hilaturas de algodón. Se pasaban el resto de su vida intentando limpiar su cuerpo de aquello que se les había adherido. Indecencias de todo tipo y calibre.

    Tal vez por eso, al fallecer, se pensaba que pasaban a un estado más liviano que el sufrido durante su paso por este mundo. Claro está que todo esto son simples suposiciones. Una vez enterrado, se acaba la historia de sufrimientos, y lo único que nos queda —para los creyentes— es recordar los buenos momentos vividos juntos y, si cabe, elevar alguna oración por el eterno descanso del difunto.

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