14 marzo 2026

    Un buque sin capitán: Sociedad la Palmera (3)

    Vida i Costums a Capdepera (1812-1931) - Antoni Josep Massanet

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    Antonio Vaquer asume la gerencia.Ya en posesión de su cargo de gerente, Antonio Vaquer manifestó a la directiva sus deseos de dar un paseo por Francia, con el fin de hallar mercado para colocar obra, producto de la industria del vecindario, que se tenía almacenada en gran abundancia y escaseaban los fondos disponibles, había necesidad de vender y a los directivos les pareció bien el viaje. 

    De regreso, ponderó Vaquer haber hallado buena clientela. Dio órdenes al encargado del almacén de La Palmera para que preparara una expedición de obra de palmito para uno de los clientes hallados. Este era un tal Faurè, de Lyon. La remesa no tenía gran importancia; su importe ascendía a 1.700 pesetas. 

    El tenedor de la casa, José Varella, consultó en un Diccionario Enciclopédico Comercial Francés-Español para averiguar referente a la solvencia y honorabilidad del señor Faurè y halló la nota siguiente: “Comerciante, persona de reputación dudosa comercialmente”.  Varella me enseñó la nota para que llegase a conocimiento de la Directiva, diciéndome: “Tengo motivos para desconfiar de la seriedad del señor Faurè” y me contó un suceso referido a un embrollo que hizo a una casa catalana, comerciante en negocios de obra de palmito. Se reunió la Directiva y, habida cuenta del asunto, tuvo a bien requerir el parecer del gerente, que como es de suponer fue inmejorable, ponderando la seriedad de Faurè. Y concluyó diciendo que él se hacía solidariamente responsable de todo. El pedido, tal como decía la nota del francés, fue expedido a su destino, pasaron quince días y no se había aún recibido noticias. Por fin, después del cruce de unas cartas, supo La Palmera que Faurè había recibido la mercancía con gran retraso y muy mal acondicionada – decían – haciendo algunas reclamaciones que revelaban claramente que buscaba tres pies al gato, sabiendo que tiene cuatro. Pasó el plazo que La Palmera concedía para el cobro a sus clientes, y librada la correspondiente letra de cobro se recibió un telegrama rogando fuese retirada de la circulación dicha letra de cambio. Vaquer le escribió personalmente y le concedió el plazo de prórroga que pedía, y terminado este plazo, en vez de pagar, lo que hizo Faurè fue protestar ante notario la letra. Casualmente, en el momento en que el cartero trajo la correspondencia estábamos reunidos en las oficinas Vaquer, Varella y yo. Cuando Vaquer vió el “protesto” con todas las de la ley se puso furioso. “Es tarde – le repliqué – y ahora la cosa no tiene remedio”. Dijo que  demandaría a Faurè ante los tribunales, con gran violencia.

    La Directiva tomó parte en el asunto y tuvo por bien no añadir más gastos a la pérdida segurísima de la total expedición, y acordó que por las buenas se mirara si era posible salvar algo de lo perdido. Todo fue inútil. Faurè guardó las pesetas y no contestó a nuestras cartas y sobre lo perdido, hubo que añadir los gastos de la expedición y los del protesto: unas 300 pesetas más, y este fue el primer negocio de Vaquer. Hemos historiado este suceso no porque hayamos creído nunca que en sí supone un fracaso y un quebranto para la asociación, sino para demostrar la tenacidad de Vaquer rechazando toda injerencia en sus atribuciones.  No fueron suficientes los informes que una Enciclopedia Comercial informaba referente a Faurè ni las referencias de Varella, que estaba seguro, según manifestó antes de despachar la mercancía, que no sería cobrada. En el seno de la Directiva fueron objeto de un pequeño incidente este y otros asuntos. No se cumplían ni los acuerdos de la General ni de la Junta. Vaquer cortaba y gastaba dinero a boleo. De resultas de este incidente, entregué la dimisión del cargo de Secretario, antes de constituirme cómplice de desórdenes en la administración.

    La discreción era lo más conveniente, porque era tanta la incomprensión del pueblo y la Junta en materia de negocios y mucha mayor la inactividad de Vaquer en atender al comercio que una discusión a fondo en la Junta General era lo bastante para provocar un desastre en aquella crítica situación. ¿Para qué divulgar hechos incorregibles y sembrar alarmas peligrosas de disolución? Pues el pueblo, la masa asociada, estaba caldeada por intensa propaganda vertida por sus tenaces demoledores, que eran todos los comerciantes, políticos y caciques derrotados. Decían que la obra de palmito, almacenada en La Palmera, se convertiría en un montón de estiércol por la acción de la humedad si no se vendía antes de finalizar el año; propagaban, asimismo, que ellos comprarían a la asociación toda la obra almacenada, con un real por docena de ganancia. No todos los asociados sabían que La Palmera no vendería ni una sóla espuerta, mientras los comerciantes tuvieran existencias que ofrecer al mercado. Sabían, sí, que los fondos estaban agotados. Hubo que recurrir más de una vez al vecindario acomodado en busca de dinero para la compra y recogida de la obra que tenía lugar semanalmente.

    En una Junta General se nombró una ponencia para revisar el articulado, con  la que la generalidad de los asociados estuvo de acuerdo: Jerónimo Melis “Capet”; Antonio Massanet Ferrer, Enrique Mercant, José Varella y quien esto suscribe. Se reunían todos los días, pero no faltó nunca Vaquer, entrometiéndose en asuntos a los que nadie le llamaba, lo cual demuestra su carácter. Él, como gerente, debía estar al margen de las deliberaciones de la comisión de ponentes dispuestos a conseguir un excelente funcionamiento de La Palmera. Al querer hacer reflexionar a Vaquer con la mejor de las intenciones hubo un asomo de antipatía hacia mí, por su parte; recuerdo que Varella me dijo al oído: __ “Le hará fusilar”. Y todo por querer, la ponencia, añadir un artículo en los estatutos que beneficiaba a los consumidores.

    La comisión ponente se mantuvo unida y unánime, Vaquer tuvo que claudicar, pero todavía era el gerente. Faltaba la aprobación de todos los postulados emitidos por la ponencia y ya en la Junta General, donde se debatieron, pese a que don Jerónimo Melis, presidente, intentaba evitar que los asistentes (algunos de los cuales lanzaban gritos de ¡fuera!)  enturbiaran la reunión. La oposición a la Junta – miembros que, más tarde, se supo, iban alentados por Vaquer – intentaron boicotear el dictamen, al grito de ¡¡votación!! ¡¡votación!!, lo cual provocó la suspensión y nueva convocatoria extraordinaria donde serían depositadas las papeletas de los asociados. Ganó la reforma emitida por los ponentes aunque Vaquer, pese a tener que aceptarla, vaticinó futuras discordias en cuánto a la contabilidad (Varella, el tenedor contable, dimitió y abandonó el barco), ya que, según el gerente, las ganancias de La Palmera debían quedar en poder de la entidad y los asociados deberían conformarse con la rebaja de los comestibles y artículos de primera necesidad, que se expendían, y con el aumento del precio de la obra de palmito. Finalmente, prosperó que los beneficios serían repartidos proporcionalmente al capital invertido por cada uno de los socios.

    La Palmera, en ese momento puntual, era un buque sin capitán ni amo y parecía que sus días estaban contados…

    Continuará … 

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