En 1994, el sacerdote Tomeu Catalá era vicario de la parroquia de Cala Rajada, hacía allí un buen trabajo con los jóvenes de aquella localidad. Estuvo en Artá, en Barcelona y Roma. Todos los padres de familia de aquella zona de Capdepera estaban encantados con Tomeu Catalá, porque era un educador nato de la juventud. Y con el baloncesto era un “crack”. Su estancia en Cala Rajada la compartía dando clases en un instituto cercano. El párroco era Gabriel Pérez.
En Capdepera existían familias de culto protestante. Habían pasado casi 500 años del inicio de la reforma que encabezó Martín Luther en Alemania.
Los evangelistas o protestantes de ese pueblo eran muy pocos y ejemplares. La gente, en general, decía que se distinguían porque “no criticaban” a los demás, cosa normal entre las personas.
En tiempos de un vicario de apellido Artigues –que inició las obras del convento de las franciscanas, que hace un tiempo se vació y vendió- de apodo “es Melè”, porque tenía abejas, era apicultor, organizaba acciones públicas contra los protestantes.
Una noche se parapetó con una escopeta y un grupo de hombres enfrente de la capilla de los protestantes, aún existente, en la calle de Sant Pere, esperando la finalización de su función de culto, para insultarlos, al grito de «¡Fuera protestantes!”. Historia pura de Capdepera.

El Ayuntamiento organizó una exposición en la Casa del Gobernador del Castillo con toda la documentación de su archivo sobre la llegada y presencia de los protestantes en Capdepera, algo que a finales del siglo XIX fue una proeza poder conseguir los permisos necesarios para instalarse, puesto que tenían a toda la sociedad en contra.
Don Bartolomé March contactó con los sacerdotes que dirigían los templos católicos del municipio y, también, con los clérigos de origen “gabellí” diseminados por la isla para comunicarles el interés que su madre le había transmitido de ofrecer la casa natal de “Ca’n Piricus”, en Capdepera, para destinarla a residencia para ancianos, continuando con el afecto mostrado por su progenitora hacia los contemporáneos de su generación.
El advenimiento de un nuevo consistorio impidió poner en marcha el deseo de March, puesto que el Ayuntamiento deseaba trasladar a “Ca’n Piricus” la Casa de Cultura, y a Bartolomé March le interesaba mantener una buena relación con la corporación municipal.
” A mi, les dijo March, no me cuesta nada ofrecer alguno de los 40 solares que tengo en Cala Rajada para que en él se construya una residencia para ancianos”. Poco tiempo después, March falleció y Capdepera, una vez más, se quedó sin residencia, dicen las crónicas.
Pasados unos años, el obispo Teodoro Úbeda trató de trasladar una delegación de “Projecte Home” a Mallorca. Ello implicaba que, quien tenía que ser el presidente de este proyecto en la isla, debería conocerlo a fondo, algo que suponía tener que ir a Roma, actuando como un drogadicto más, pasar por el aro de todo el proceso que ello implicaba.
Tomeu Catalá fue designado para adentrarse en este aprendizaje, el cual le resultó muy duro en su estancia en la Ciudad Eterna. Pero lo superó.

Catalá regresó a Mallorca para montar aquí el Projecte Home, a dos bandas: Un centro en Sa Vileta y otro en El Terreno, ambos en Palma. Instalar el Projecte fue para quienes se dedicaban a luchar contra la drogadicción en la isla, una esperanza, un camino, una luz, una ilusión…
El Projecte Home de la Península , en sus estadísticas, informaba que de los que ingresaban, salían curados un tres por ciento. Tomeu Catalá no estaba convencido de esto, siempre aseguraba que la gran mayoría salen de esta lacra rehabilitados, pero había que pasar el proceso.
Sili Buele explica que el submundo de la droga contiene sectores diversos, todos ellos proveídos de dolor y de soledad. Allí se descubre el repudio visceral de la sociedad hacia la gente que no sigue las normas establecidas, al igual que los presos en las cárceles, junto con el calvario de las familias de los internos, las fracturas sentimentales, los fracasos laborales o empresariales. Se diferencía – explica Buele – a víctimas y muertes en una atmósfera saturada de veneno; se respira el aire corrompido que infecta a drogadictos presos, un hecho de consecuencias terribles, con una muy mala respuesta de la sociedad hacia los delitos cometidos por gente joven que necesita conseguir la próxima dosis.
Bartomeu Catalá, Jaume Santandreu o Llorenç Tous saben mucho de todo ello. Jamás se les agradecerá lo suficiente la labor que a lo largo de su ejercicio cristiano habrán hecho por la humanidad, la de Mallorca.
Solamente aquellos que han sufrido en sus propias carnes las consecuencias de esta lacra de la drogadicción serán capaces de entender el testimonio que dejan.
