TIEMPOS PRETÉRITOS
Pep Moll/Maria Juan
Hay que clausurar el verano en positivo. Hablemos de recuerdos y souvenirs de Mallorca, con los que prolongará el turista la sensación de vacaciones. El mejor recuerdo de un viaje es siempre lo que se ha vivido. Nos lo dice Joan Riera, colega periodista de “Diario de Mallorca”.
El turismo de los años 60 del pasado siglo nos ha legado imágenes inimaginables. Recordamos esos burros, como el de la imagen situado en la plaza de los Pinos de Cala Rajada, los cuales recorrían los principales núcleos turísticos de la isla cargados con botijos y otros cachivaches de cerámica para venderlos a los extranjeros. Eran vasijas de un barro muy rojizo, dibujadas con elementos florales y geométricos que asomaban entre la bala de paja montada sobre la grupa para proteger la mercancía.
¿Cuántas casas del norte de Europa habrán heredado un “souvenir de Mallorca” de estas características? ¿Cuántos habrán acabado en la basura de los beneficiarios del regalo? En los albores de nuestra industria, los recuerdos de la isla que se llevaban los viajeros eran más bien monótonos. Las vasijas, un toro de tela, una bailarina de flamenco o, lo más de la mallorquinidad, un cenicero o un palillero de madera de olivo u objetos hechos con este material, donde no puede faltar un imán para la nevera, como el que encontramos en una tienda de una bella foto de la punta de “Els Pelats”, en Cala Agulla, simulando un dragón vigilando la costa.
Ahora, todo ha cambiado. En los comercios turísticos de Mallorca se encuentran piedras exóticas, pareos fabricados en China –los mismos que se ofertan en Túnez, Turquía o Londres– y bailarinas flamencas. Toallas con rubias de grandes tetas, toallas con morenos de enormes penes y, nuevamente, bailarinas flamencas… chanclas con una palmera, bañadores fosforescentes y… bailarinas flamencas vestidas de rojo. Postales con el lema ¡I love Mallorca!, camisetas con el mismo lema… todo el mundo ama Mallorca, aunque se note poco.
El mundo de los creadores de souvenirs parece nacido de una película de Almodóvar de los años 80: mucho colorín y poco contenido. También semejan creados en los antiguos talleres de fabricación de santos de Olot: mucha estampa y poca solidez. O en los abastecedores de materia prima de los sex-shop.
Y es que el problema no estriba en que haya empresarios que fabriquen semejantes horteradas. Lo preocupante es que nuestra clientela turística los compre.
Una sobrasada del Colmado de Ca’n Pep, en Capdepera, o una ensaimada del Forn de Ca’n Colau, d’es Juva (el cual –Colau y esposa–, por cierto, nunca se cansan y aguantan estoicamente, a pesar de su edad), de Cala Rajada, prolongarán los sabores de la isla durante días o semanas (abstenerse vegetarianos). Así nos lo contaban el señor Jaume Alzina, de la pensión “Los Pinos”, Pedro Domingo y Tomeu Vegué, que aparecen bajo dichos pinos en una de nuestras ilustraciones, original del fotógrafo Zerkowitz.
Si su maleta está blindada y va a facturarla pese al atraco de la compañía aérea, llénela con líquidos. El palo o las hierbas dulces son tan exóticos como el tequila con lagarto o el lassi indio, que incorpora cannabis en su composición. Si opta por unos buenos vinos, el turista alemán ahorrará, al menos, un 50% sobre el precio que encontrará en su país.
Si está dispuesto a sufrir taquicardia cada vez que pasa un control de seguridad en el aeropuerto, se puede atrever con alguna pieza de vidrio de Gordiola o, si apuesta por la innovación, adquiera alguna creación de las artesanas “gabellines” de “Madones de la Llata”, de “Son Pocapalla” o de “Art en Pauma”. Los productos elaborados con manos artesanas siempre serán más auténticos que aquellos que han sido fabricados de modo industrial, incluso si no se trata de piezas únicas.



