He leído en Alaró (con motivo de la exposición de Antonia del Rio en “Es Baluard”), que en 1891, las clases bajas se sentían desvinculadas de los manejos de la política institucional, a pesar de haber entrado en vigor la ley que instauraba el sufragio universal masculino.
La gente sencilla percibía que las elecciones eran cosa de señores y que, tanto si gobernaban los conservadores como si lo hacían los liberales, su situación paupérrima no se alteraría.
Pero el día de las elecciones, los políticos necesitaban que los pobres participaran en ellas, para que la ficción democrática tuviera una apariencia real. Como no se les podía movilizar mediante proclamas políticas ni promesas electorales (que la gente sabía desde siempre que no se cumplirían), los políticos recurrían a la compra de votos. Era una escenificación política que se mantuvo hasta que las masas obreras irrumpieron en la política.
Para asegurarse el voto, se podía recurrir a diferentes estratagemas. El cacique podía coaccionar a los jornaleros amenazándolos con no volver a contratarlos si no votaban a sus candidatos, o con retirarles el permiso para ir a hacer leña en sus bosques. La leña y el carbón eran los combustibles que se empleaban para cocinar y para calentarse en los atardeceres fríos de todos los hogares.
Los caciques comerciantes advertían a los pequeños y medianos propietarios que dejarían de comprarles sus productos o que se los pagarían a precios reventados. Se advertía a los vecinos de que, si no elegían la papeleta de voto que querían los que gobernaban, se exponían, en el caso de que éstos volvieran a ganar, a que se les aumentaran las contribuciones urbanas.

Pero también se podía recurrir al favor personal: librar a un hijo del servicio militar o evitar que se le destinara a la Península o a la guerra de Africa.
A veces bastaba con regalarles un cigarro o invitarlos al café de la plaza para degustar un chocolate con ensaimadas y tomar unas copas de aguardiente, de hierbas dulces o de anís seco.
En determinados casos, se compraban los votos con dinero. Los caciques se aseguraban de que sus clientelas votaran la candidatura que propiciaban y, para evitar que alguien se ‘descarriara’ por el camino, sus secuaces los acompañaban al colegio electoral, les daban la papeleta y permanecían vigilantes hasta que la habían depositado en la urna.
Existía una clase social formada por menestrales, poco numerosa si se compara con la formada por los trabajadores del campo. En este grupo había carpinteros, que hacían los mangos de las herramientas empleadas en el cultivo de la tierra, así como las piezas de madera a las cuales iba unida la reja de hierro de los arados, carros y muebles sencillos. Los herreros trabajaban sobre el yunque, no lejos de la fragua. Golpeaban el hierro un rato con el mallo, y otro con el martillo, para dar forma a los hierros flameantes que se transformaban en las herramientas que se utilizaban en las tareas del campo.
Era habitual ver ocupado al maestro, herrando una bestia delante de su taller, mientras unos cuantos chavales curioseaban y el animal movía la cola de manera acompasada para ahuyentar las moscas borriqueras que no le dejaban tranquilo.

Los molineros se encargaban de moler el trigo y la cebada, de los cuales se extraía la harina para hacer el pan y el salvado para engordar a los cerdos. También existían los zapateros que fabricaban abarcas ya que los labriegos iban casi siempre descalzos. Los talabarteros hacían las sillas para cabalgar sobre las bestias y curtían los arreos de la caballería.
La influencia de la clerecía en el campo y en el pueblo era muy importante. El respeto al párroco era notable. Sus consejos se convertían en órdenes de obligado cumplmiento, sobre todo los que daban a las mujeres.
Así que, desde menestrales, a las mujeres y gente humilde, se sufría el acoso de los poderosos ante la inminencia de los comicios electorales, cual ficción democrática escenificada.
