En mis años jóvenes, mientras trabajaba en la pesca de la gamba, había muchas horas muertas sin hacer nada mientras la red se arrastraba. Eran unas seis horas que yo aprovechaba para estudiar y no perder el tiempo sin hacer algo de provecho. Fue en esta época cuando vi la muerte muy de cerca, concretamente el 6 de abril de 1959. Por imperativo legal, debo reconocer que en aquel entonces no sabía nadar. Tampoco me preocupaba demasiado, ya que siempre he tenido un profundo respeto por el mar. Como dice el refrán: «El mar hace agujero y tapa». Mi padre, Bartolomé Nadal Moll, era el patrón del arrastrero Francisco.
De aquel suceso nunca se supo nada con certeza, y seguramente nunca se sabrá qué ocurrió realmente. Hace algún tiempo ya hablé de este episodio en anteriores colaboraciones en distintas publicaciones de la isla. Sin embargo, con el paso del tiempo he ido esclareciendo algunos detalles gracias a mi propia intuición.
Era el 6 de abril de 1959, un lunes, en plena disputa entre Argelia y Francia, con el Frente de Liberación Nacional (FLN) liderado por Ahmed Ben Bella enfrentándose a la presencia colonial francesa. Por parte de Francia, operaba la Organización Armada Secreta (OAS) bajo el mando del general Raoul Salan.
Días antes de esa fecha, un buque de guerra de la escuadra francesa transportaba una carga de explosivos. Debido a un fuerte temporal del norte, sufrió un corrimiento de carga, y se sospecha que algunos artefactos cayeron al mar cerca de Mallorca.
Aquel 6 de abril, alrededor de las 18:15, el arrastrero Francisco se disponía a recoger el arte. Se cree que alguno de esos artefactos se enganchó con el cable de la red y, al entrar en contacto con el casco de la embarcación, explotó de forma violenta. La explosión provocó un enorme boquete en el casco, y en menos de cinco minutos el Francisco se hundió.
Recuerdo que, por el efecto de la explosión, la onda expansiva arrancó de cuajo la botella de aire comprimido que servía para el arranque del motor. Se hicieron muchas conjeturas sobre la causa de la explosión, pero ninguna se pudo demostrar. Incluso se especuló con la posibilidad de que el calentamiento de la cubierta hubiera provocado la expansión del aire dentro de la botella, pero ninguna de las hipótesis resultó concluyente.
En junio de ese mismo año me incorporé al Cuartel de Instrucción de Marinería de Cartagena. En el curso anterior, se había producido un accidente con el ahogamiento de un marino, lo que llevó al cambio del comandante del cuartel.
Los mallorquines fuimos los primeros en llegar, bajo el mando del contramaestre de Cala Ratjada, don Antonio Reixach Font. Siguiendo órdenes del comandante saliente, nos raparon el pelo al cero. Sin embargo, poco después, el nuevo comandante, Paulino Sánchez Bontempini, se interesó por la razón de aquel castigo. Ordenó que no se volviera a rapar a nadie a menos que hubiera cometido una infracción. Además, estableció que nadie fuera obligado a nadar por la fuerza; quien no quisiera aprender, no tendría consecuencias.
En el CIM de Cartagena debía permanecer tres meses, pero acabé quedándome seis. Todo por una discusión con mi capitán sobre el Real Mallorca y el Elche. El equipo mallorquín ganó al Ilicitano y, por pura rabia del capitán, sin que yo tuviera nada que ver, me alargaron la estancia.
Al licenciarme del servicio activo, me enrolé en otro arrastrero, el JU MA (Folio 1518), propiedad de Es Blancus. Embarqué el 10 de julio de 1961 y pasé unos diez años en este pesquero. En ese tiempo, junto con Bartolomé Melis i Melis, fundamos una corresponsalía literaria informativa en Cala Ratjada.
Por aquel entonces, el armador José Alzina Ferragut planeaba una línea marítima entre Cala Ratjada y Ciutadella. Más conocido como Don Pep de Sa Fonda, me propuso formar parte de la tripulación del ferry que se estaba construyendo en los astilleros Calaya de Erandio (Bilbao).
Me enrolé en Bilbao el 6 de junio de 1972 y pasé más de un mes allí, presionando a los trabajadores del astillero para agilizar la construcción. Después de varias pruebas de navegación, el 7 de junio de 1972 partimos definitivamente hacia Cala Ratjada, haciendo escalas en Vigo, las Islas Cíes y Ceuta.
Comenzamos a operar en la ruta entre Cala Ratjada y Ciutadella en noviembre de 1972 con el ferry Menorca. Sin embargo, el proyecto fue un fracaso. Los elevados costes de las nóminas —del capitán de la marina mercante Juan Vera Quiñones, el jefe de máquinas Antonio Cateura Gelabert, el timonel (yo mismo), además de otros miembros de la tripulación, azafatas y personal de tierra— acabaron por hacer inviable la línea.
El 16 de octubre de 1972 me desembarqué y con ello cerré otro capítulo de mis muchas vivencias en el mar
