15 marzo 2026

     Mi primera odisea

    Nicolás Nadal

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    A lo largo de más de seis años, he venido contando y desarrollando hechos ocurridos en mi juventud, de los cuales he sido partícipe de forma directa a lo largo de mi vida.

    Pero vayamos por partes, y empezaré desde el principio, que es como se desarrollaron los hechos. Todo empezó en la década de los años cincuenta, cuando hice el “ingreso” para iniciar mi bachillerato de aquel entonces. Los alumnos de mi promoción eran: Francisco Juan Terrasa Femenias (EPD), Matías Esteva Ferrer (EPD) y algún otro alumno, que de momento silenciaré para no cometer algún que otro desliz.

    Mi padre era lo que se dice el “patrón” de una embarcación denominada “Águila”, dedicada a la pesca de arrastre nocturna, única en el puerto de Cala Ratjada en los años cincuenta. Posteriormente, llegaron otras embarcaciones arrastreras como “Rafelet”, “Francisco” y así hasta un total de doce. De aquella flota, únicamente quedan tres; las demás, por una causa u otra, han ido desapareciendo.

    El tema que me ocupa es que la pesca, en todos los aspectos, era muy abundante. Se salía del puerto sobre las cinco de la tarde y a las tres de la madrugada se regresaba con una captura considerable. Se pescaba en zonas donde hoy es imposible efectuar pesca alguna, debido al rígido control que existe. Se arrastraba en pesquerías muy cercanas a la costa, como “Ses Morenetes”, y el tiempo máximo de arrastre era de una hora y media, repitiendo la operación hasta que se agotaban los cajones destinados a la captura.

    Un dato muy significativo es que se pescaba en lugares de muchas rocas, y el “motorista”, que tenía que estar pendiente de mi padre —quien a su vez controlaba los cables—, hiciera frío o lloviera, debía parar la marcha del motor cuando este se lo indicara. Sin embargo, en una ocasión, el “motorista” estaba distraído en otros quehaceres, como observar los rodamientos. Su misión era vigilar a mi padre para, cuando este le hiciera una seña, detener el motor y así evitar que la red se destrozara. En cierta ocasión, ya en puerto y con mucha calma, mi padre le dijo al “motorista”:

    —Juan, ¡me tienes que mirar a mí!

    Y el “motorista” le contestó:

    —¡Tomeu! ¿Cómo quieres que te mire si das miedo, con lo feo que eres? Si fueras más guapo, quizás te miraría más.

    Mi madre se levantaba sobre las dos y media de la madrugada para estar puntualmente en el puerto con la llegada de la embarcación, que, como anotaba, se denominaba “Águila”. Junto con otra compañera, “madó Eulalia”, escogían el pescado que más les parecía adecuado para que los transportistas, Agustín Esteva (EPD) y Juan Güaita (EPD), lo llevaran a Capdepera, concretamente a “Sa Creu”. Luego, mi madre y su compañera irían con el camión que se dirigía a Artà, al tren, para efectuar la venta ambulante del pescado que había transportado el cargador.

    Me contaba mi madre que, a pesar de que fueran tiempos de estrecheces, nadie había tocado absolutamente ni un solo pescado. ¿Se podría decir lo mismo hoy? La cuestión es que en otoño se efectuaba la matanza casera de un cerdo, y mi madre, en el mes de marzo, había comprado un lechón para cebarlo en casa y, llegado el otoño, sacrificarlo con la ayuda de un “matarife”, costumbre de aquel entonces.

    Así como iban vendiendo el pescado, mi madre preguntaba si tenían habas. Vendían el pescado como podían y, más de una vez, haciendo ofertas. Pero una vez en casa, hacía cábalas sobre dónde las habas eran más baratas. En cierta ocasión, fue a “Ca l’amo Jaume Barraca” para retirar un saco de habas que había contratado con anterioridad. Le dijeron que el saco estaba en el porche y que ella misma debía bajarlo. Mi madre se dirigió al lugar indicado y, arrastrando el saco, intentó bajarlo para que el transportista lo recogiera y lo llevara a nuestra casa. La escalera no tenía pasamanos y, al llegar al escalón número catorce, erró el pie. Ella y el saco cayeron al suelo, con tan mala fortuna que mi madre se rompió el fémur y la cadera.

    Aquello fue el principio del fin de mis estudios. Mi padre me dijo:

    —Colau, olvídate de los estudios y ponte a trabajar a mi lado.

    Con el paso del tiempo se descubrió la pesca de la gamba. Si antes se pescaba de noche, ahora era al revés: se pescaba de día en pesquerías como “Formentor”, “Fontanelles”, “Son Xerra” y Mahón. El sistema de arrastre también sufrió un cambio radical. Antes, las arrastradas eran de una hora y media; ahora, con la gamba, eran de seis o más horas. Era mucho tiempo perdido sin hacer nada. Fue entonces cuando, por mi propia cuenta, empecé a estudiar francés con el profesor Marcelino López, luego inglés con “don Toni Martí” y alemán con una familiar.

    Fue un tiempo de mucho trabajo y sin control alguno. Cuando se pescaba en Mahón, el viaje duraba unas tres o cuatro horas. Había semanas en las que se ponía el motor en marcha sobre la una de la madrugada, se pescaba todo el día y, al atardecer, se transportaba la gamba capturada al puerto de Cala Ratjada, al que se llegaba sobre las doce de la noche. Sin parar el motor, la marinería se iba a sus hogares para asearse, cambiarse de ropa y volver a la embarcación para salir de nuevo hacia la pesquería de Mahón.

    Las embarcaciones ya estaban mejor equipadas, con radio-teléfonos y sondas para la medición de la profundidad. Se daba el caso de que alguna embarcación de las que allí pescaban se encargaba de hacer el trayecto de los demás arrastreros, para no ir y venir todas a la vez. Así funcionó hasta que se impusieron restricciones en este sistema de pesca, que sigue operando bajo nuevas modalidades.

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