Es óptimo recordar los pocos pormenores anteriores que se poseen para comprender bien que, a los judíos mallorquines, no se les dispensaba un trato mejor que a los de la misma raza que el resto de Europa.
El apelativo xueta aparece por primera vez en los procesos celebrados en la Isla de Mallorca en el año 1688, cuando numerosos reos hicieron constar en sus declaraciones, que ellos y todos sus antepasados son “de casta y generación de los de la calle Sagell, que comúnmente llaman Xuetas”, según explicaban ellos mismos, lo mismo que los cristianos nuevos, conversos de judíos.
Más exactamente significaba “judito”, o “judigüelo”, y fue probablemente ese mote una creación popular a raíz de los Autos de Fe de 1679, cuando por primera vez en todo el siglo se expuso públicamente el origen judío de gran número de los moradores de la calle Sagell, y se castigaron sus reincidencias en el judaísmo.
Existían ya judíos en la isla dorada cuando Jaime I la conquisto en 1229. La morisma fue expulsada o aniquilada en gran parte, los que quedaron fueron convertidos en esclavos. Los judíos no fueron molestados, pero tuvieron que abandonar sus posesiones en los mejores puntos de la ciudad, reclamadas por los conquistadores; y se fueron estableciendo en una especie de gueto, que recibió el nombre de Call Major.
Allí vivían tolerados y se ganaban la existencia como artesanos, médicos y prestamistas.
Sin embargo, se daba una peculiaridad especial en esa comunidad, que consistía en trazar cartas de navegación, ya que tenían los más altos conocimientos geográficos medievales.
En la Bibliothèque Nationale de París, se guarda el célebre “Atlas Catalá”, que Abraham Cresques concluyó en 1375, quién pertenecía a una familia que trabajó para los reyes de la época.
Jafudá, el hijo de este, emigró a Portugal, y con sus mapas se convirtió en uno de los puntales de la expansión portuguesa en el Atlántico.
Un espíritu de convivencia existió durante los primeros tiempos de la conquista de la Isla, como se refleja en la joya literaria que escribió Ramón Llull con el título de Llibre del gentil a tres savis, recreado en plena época medieval donde se nos presenta un judío, un musulmán y un cristiano exponiendo su respectiva fe a un gentil incrédulo.
Éste, después de haberlos oído, se aleja de ellos con la promesa de “elegir la religión que me haya parecido ser la verdadera, por gracia de Dios y por las palabras que vosotros me habéis dicho”.
El gentil se marcha sin indicar cuál es la religión que prefiere, y los tres sabios no se molestaron, pues “dijeron que cada uno de ellos era de opinión de que debía elegir su ley, no querían saber cuál de ellas elegiría”.
Por último, Llull contó que los tres sabios se despidieron uno de otro muy amablemente y gratamente, y cada uno pidió perdón al otro por si hubiera dicho contra su ley alguna fea palabra, y cada uno pidió perdón al otro (nunca blasfemaron contra ser omnipotente alguno).
Este gran ejemplo de tolerancia y convivencia no duró mucho tiempo.
En 1391, el Call fue asaltado, saqueado y corrió la sangre. El episodio tiene una base que lo hizo diferente de los múltiples casos de intolerancia que iban ocurriendo en el territorio peninsular y en muchas partes del continente europeo.

El Territorio de Mallorca estaba sometido al régimen feudal, a partes iguales entre el obispo de Barcelona, llamado allí la Baronía, y el rey. Los privilegiados descendientes de los conquistadores llevaban buena vida; los campesinos en cambio, conocían unos tiempos difíciles.
La pugna entre los dos bandos duró varios años hasta que, el 2 de agosto de 1391, de seis a siete mil payeses se congregaron antes las puertas de la ciudad de Palma. Para huir del motín popular, los señores se refugiaron en el Castillo de Bellver, que los campesinos intentaron asaltar.
Para aplacar a los revoltosos, los nobles enviaron agitadores que hicieron correr la voz de: “solo los judíos son la causa de nuestros males”, con lo que los agitadores desviaron su agresividad de los payeses contra los judíos (también lo dijo Hitler: “Los judíos son la desgracia del mundo”).
La tarea de los agitadores fue fácil, pues el asalto del Call ofrecía un buen botín; hubo degüellos, incendios y saqueos. Durante casi cinco jornadas la ciudad estuvo en manos de los amotinados; trescientos judíos perecieron.
Después de sufrir en su carne los efectos de la violencia y el terror, muchos optaron por convertirse al catolicismo, al ver el negro porvenir que les venía. El Call fue reconstruido, pero gran parte de sus moradores eran oficialmente conversos. Vino luego la expulsión de los judíos decretada por los Reyes Católicos en el año 1492. Pero no se movió de Mallorca los judíos conversos, que continuaban establecidos en el Call y que conservaban sus costumbres y ritos.
En 1691, parte de aquellos conversos fueron procesados en Autos de Fe por haber caído en la práctica de la religión prohibida. Los nombres y los sambenitos de los condenados por la Inquisición fueron conservados en el Convento de Santo Domingo de Palma.
Hasta el pasado siglo XX los xuetas mallorquines no pudieron moverse con una cierta libertad. La igualdad ante la ley, proclamada por la Revolución Francesa, fue concedida igualmente a los habitantes del territorio español por la Constitución de l812.
Este acontecimiento fue celebrado por el xueta mallorquín Bartolomé Valenti, quien dio un gigantesco banquete en el paseo de La Rambla a todo el que se presentará. Parece ser que se sumaron 3871 los asistentes.
Pero la alegría duró muy poco tiempo, pues con el regreso del rey Fernando VII se implantó nuevamente el absolutismo. Los ultras dieron vivas al Altar, al Trono y a la Santa inquisición, “ya la tenemos armada otra vez”, y los xuetas fueron insultados y apedreados, mientras los sambenitos fueron entronizados otra vez.
No fue hasta 1823 en que el edificio de la Inquisición fue demolido y la rehabilitación social de los descendientes de conversos prosiguió, aunque lentamente.
Hasta 1837, los alumnos hijos de descendientes judios no fueron admitidos en la enseñanza. Hasta la fecha, habían sido condenados a estudiar en miserables escuelas sostenidas por su comunidad en las barriadas.
En el campo eclesiástico hubo de llegar a 1881 para que se toleraran unos pocos internos en el seminario si llevaban apellidos de conversos.

Fue en 1963, en que se nombró un cura xueta como beneficiado de la Seo (la Catedral de Mallorca).
Ninguno de ellos pudo llegar a rector ni a canónigo. Un fino observador que había estudiado el tema, el escritor de Andraitx, Baltasar Porcel, escribía en el Diario Baleares en el año 1971: “Hace todavía muy pocos años, en varios conventos, en un colegio adjunto al seminario, en diversos internados de señoritas, el o la xueta no eran admitidos. Puede que en algunos de esos reductos no lo veían aún, al menos en la práctica”
Los viejos rencores, producto de una religiosidad mal entendida y bien denunciada hoy por el Vaticano, fueron desapareciendo y enterrados en casi todos los lugares de España en el transcurso del tiempo. Pero hasta bien recientemente, puede decirse, en Mallorca se ha mantenido el fenómeno de considerar ciudadanos inferiores a los descendientes de aquellos judíos convertidos al catolicismo hace quinientos años. Cuando pregunté a uno que lleva uno de los nombres de los quince de la lista del Convento de Santo Domingo, totalmente incorporado hoy a la sociedad mallorquina, así era verdad que se conocía al “pirata” Juan March Ordinas como “monarca sin corona de las Baleares”, contestó afirmativamente con una mirada de satisfacción y orgullo.
Al inquirir sobre el hecho, se limitó a decir: “la justicia siempre acaba por triunfar, aunque sea por los caminos más sorprendentes”.
Para confirmar la tesis de que los judíos y sus descendientes poseen, debido a sus vicisitudes, aptitudes especiales en el campo de la economía y las finanzas, he repasado una lista de los conversos judíos que fueron servidores destacados de la reina Isabel la Católica.
En funciones de su contador actuó Gonzalo Franco, y como contador mayor Pedro Arias Dávila, merece figurar en esta lista el historiador Hermanado del Pulgar, que fue secretario real. No hay que olvidar que el rey Fernando el Católico era nieto de una mujer judía, pues su madre, Juana Henríquez, hija del almirante de Castilla, era de origen judío.
Después de la expulsión de 1492, fueron bastantes los judíos de clase alta que, una vez convertidos al catolicismo, se integraron completamente en la sociedad. En dos libros bien conocidos del siglo XVI (Libro verde de Aragón y el Tizón de la nobleza en España) encontramos los antecedentes judaicos de las familias que ocuparon cargos que en principio estaban reservados a los nobles.
Su incorporación a la vida nacional contribuyó probablemente a mitigar algo las consecuencias que para la estructura española significó, como ha sostenido Américo Castro, acabar con la convivencia que existía entre las tres castas predominantes: el cristianismo, que era el guerrero; el judío, el administrador; el musulmán, artesano y campesino.
Tengamos en cuenta el papel que juegan los conversos en el reinado de Isabel y Fernando: con sus dineros contribuyeron a la empresa de Cristóbal Colon; con sus consejos participaron en el gran juego internacional del monarca católico, que contó con la eficaz colaboración de Miguel Pérez de Almazán, su eficiente secretario de Estado. Todavía no disponemos de un balance justo e imparcial de las contribuciones buenas y malas de la casta judaica en nuestra historia peninsular. Y realmente es fácil imaginar que sería un estudio verdaderamente apasionante.
Como dato curioso: “Sucedió en un pueblo de Mallorca, que el sacerdote de una parroquia se negó a celebrar una boda, por ser uno de los contrayentes, judío”. Hasta aquí puedo llegar, más no puedo explicar qué le sucedió al sacerdote.
Datos recopilados del libro “Juan March” y su tiempo, obra del autor: Ramón Garriga Alemany, que fue “Premio Espejo de España 1976”. De las páginas 20 a la 25.
