16 marzo 2026

    La Palmera: el histórico café de la plaza d’Orient encara su reapertura más esperada

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    El regreso de La Palmera, uno de los establecimientos más emblemáticos de la historia reciente de Capdepera, está más cerca que nunca. Ayer por la tarde, y justo antes del cierre de esta edición de Faxdepera, pudimos comprobar que el local permanece cerrado, pero el interior —visible a través de las cristaleras— muestra mesas y sillas ya colocadas, todo aparentemente listo para abrir en cuestión de días.

    Una vecina nos aseguraba que la reapertura podría producirse “por l’Esperança, sobre el día 18”. Otra, sin embargo, apuntaba a que el objetivo sería abrir “por la Constitució”. Lo cierto es que dentro no se veía a nadie trabajando, pero el espacio presenta un aspecto plenamente preparado para recibir a los primeros clientes.

    La reapertura de La Palmera no es una noticia cualquiera. Supone el retorno de un local cuya historia forma parte de la memoria colectiva del pueblo. Y es que La Palmera no fue solo un bar: fue un punto de encuentro, un símbolo social y un referente urbano durante gran parte del siglo XX.

    Una historia que vuelve a respirar

    Según recordábamos en un reportaje publicado por Faxdepera en enero de 2024, y en base a la información recopilada del libro de Bartomeu Melis “Girant l’ullada cap enrere”, el café La Palmera abrió en 1919, ocupando el espacio de la actual plaza d’Orient, mucho antes de que el edificio fuera reconvertido en oficina bancaria. Aquella primera Palmera marcó a toda una generación: fue el primer lugar de Capdepera que instaló un televisor, en blanco y negro por supuesto, un fenómeno que reunía a decenas de vecinos alrededor de un aparato que, entre interferencias e imágenes casi fantasmales, inauguraba una nueva forma de socialización.

    Durante décadas, las familias de Pere Joan Llabata, Juan Font y Juan Ferragut llevaron el peso del establecimiento, que fue ampliando su oferta y cimentando su reputación. Los veranos estaban marcados por la terraza frente al local, donde las primeras “llets fredes” anunciaban la llegada de la temporada, mientras el carrito de helados de Juan Flaquer y su esposa completaba la postal de un pueblo que todavía vivía de puertas abiertas.

    La actividad del café también se entrelazaba con la antigua estación de Correos y Telégrafos, situada a pocos metros: carteros, administrativos y vecinos esperaban en La Palmera la llegada del autocar de Ca’n Terres con la correspondencia desde Palma. La vida pasaba —literalmente— por delante del bar.

    Del silencio a la expectativa

    Con el cierre del banco y años de inactividad, La Palmera quedó como un recuerdo congelado en el tiempo. Por eso, la reapertura anunciada supone mucho más que un regreso comercial: es la recuperación de un tramo de memoria urbana, un fragmento del Capdepera que fue.

    El interior, según hemos podido comprobar, está completamente montado: mesas alineadas, sillas distribuidas, mobiliario listo y un aspecto general que hace pensar que la apertura podría producirse de un día para otro. Las versiones de los vecinos —unos apuntando al 18 de diciembre, otros al puente de la Constitución— confirman que el ambiente es de inminencia.

    Aunque no ha habido todavía un anuncio oficial, todo indica que el regreso es cuestión de días.

    Un símbolo que vuelve a su lugar

    La reapertura de La Palmera no solo devolverá actividad a un local histórico, sino que reactivará un punto estratégico en la plaza d’Orient, que en los últimos años ha recuperado dinamismo gracias a la actividad comercial, las festividades tradicionales y el aumento de residentes que transitan la zona.

    Que vuelva a abrir un establecimiento con esta carga histórica supone, en cierto modo, cerrar un círculo que se abrió hace más de cien años, cuando aquel primer café iluminó la plaza con un televisor revolucionario, un carro de helados y el bullicio amable de un pueblo que se reunía allí para ver pasar la vida.

    Hoy, Capdepera espera con la misma mezcla de curiosidad y afecto a que las puertas se abran de nuevo. Y cuando ocurra, La Palmera volverá a ser —como antes— un lugar donde entrar, sentarse y sentirse un poco en casa.

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