Cada sábado en el mercado de Cala Rajada, una figura destaca entre los puestos de frutas y verduras. Guillermo Llodrá Galmés, conocido como Guiem, lleva 46 años siendo parte de la vida de este mercado. Con su sonrisa característica y su mesa de trece metros repleta de colores, aromas y productos frescos, Guiem ha visto crecer el mercado y, con él, ha forjado un vínculo especial con sus clientes y con el mismo municipio.
Guiem, de 58 años, casado con Cati y padre de tres hijos, Margarita, Guillermo y Juan, comenzó en el mercado a los siete años, acompañando a su madre. Recuerda aquellos primeros años con cariño: “Mi padre le decía a mi madre: ‘Llévate el niño, te hará compañía’. Así que empecé a ir con ella, al principio los domingos, hasta que, con el tiempo, Cala Rajada se convirtió en un mercado fijo para mí”. En aquel entonces, el mercado se celebraba en la calle Castellet, con solo siete puestos: cuatro de frutas y verduras, uno de ropa y otro de zapatos. Desde entonces, y sin faltar a su cita, Guiem ha sido testigo del crecimiento y los cambios del mercado.
La vida entre mercados y el amor por la tierra
Actualmente, Guiem y su equipo recorren cinco mercados: Artà, Capdepera, Cala Rajada, Son Servera y Pollença. Su mesa exhibe más de doscientas variedades de frutas y verduras, un despliegue impresionante que él mismo cultiva junto a su familia en unas tierras de 100.000 metros cuadrados. “Es una barbaridad de trabajo, pero si amas la tierra, siembras para vender”, dice con orgullo. Para Guiem, cada producto es una promesa de calidad y un reflejo de su dedicación al campo.
El ayer, hoy y mañana del mercado según Guiem
Guiem recuerda el pasado con nostalgia: “Antes no existían estas grandes superficies y la gente compraba para toda la semana. Era un ambiente más familiar”. En el presente, reconoce que la forma de comprar ha cambiado. “La gente viene con la idea de lo que necesita para el día o el fin de semana, y si le falta algo, va a la tienda de al lado”. Sobre el futuro, Guiem se muestra preocupado: “Veo complicado que esta tradición continúe. Los jóvenes no saben lo que es una borrachona, no conocen las sopas mallorquinas. Tememos que cuando nuestra generación termine, el mercado cambie mucho”.
La variedad de clientes y su singular relación con ellos
Guiem sabe que cada cliente es un mundo. Conoce al que viene siempre con una sonrisa, al que le da consejos y también al que, con demasiada confianza, manosea los productos. “A veces el cliente más discreto es el que mejor compra. Cada uno tiene su carácter, y a todos se les atiende con respeto”, comenta. También recuerda cómo los turistas disfrutan del mercado, como si fuera parte del encanto local. “En Son Servera, cuando se suspendieron algunos mercados por las fiestas, muchos turistas protestaron, porque visitar el mercado era parte de sus vacaciones”.
Anécdotas y gratitud por una vida en el mercado
Entre sus muchas anécdotas, Guiem recuerda a una clienta que miraba con desconfianza sus esclata-sangs: “La señora me decía una y otra vez: ‘Qué setas más feas, qué setas más feas’. Hasta que le solté: ‘Fea es usted’. Quizás no fue mi mejor momento, pero se quedó callada”, dice con una sonrisa pícara.
Guiem agradece profundamente a la gente que pasa por su puesto, aunque no siempre compren. “Me basta con que se detengan y miren mi mesa. Traigo buen producto, algo que a cualquiera le haga ganas de comprar. Al final, en la vida todo tiene su precio y calidad, desde los tomates hasta cualquier cosa. Que el cliente elija, porque aquí siempre encontrará lo mejor”.
Así es Guillermo Llodrá, un hombre de campo y mercado que, cada sábado, con su trabajo y su historia, aporta vida y autenticidad a Cala Rajada, donde su presencia es tan constante como el mismo mercado que lo ha visto crecer.

