Este fenómeno europeo aterrizó en Mallorca y tuvo una gran presencia en nuestro municipio entre finales de siglo XIX y principios del XX
Fue en la convulsa, vibrante y heterogénea Francia de la primera mitad del siglo XIX donde surgió el espiritismo que acabaría llegando a Cataluña y a Mallorca. El hombre que sistematizó y divulgó la filosofía o doctrina espiritista fue Hippolyte Léon Denizard Rivail. En 1857, con el pseudónimo de Allan Kardec, publicó “El libro de los espíritus” que inmediatamente obtuvo una importante difusión y enorme éxito. Una prueba de ello es que en 1874, cuando los militares acabaron, por la fuerza, el Sexenio Democrático no había ni una barriada de Barcelona ni ningún pueblo de la ruralía donde no existiese una entidad espiritista. El espiritismo nació con el afán de encontrar una explicación a toda clase de fenómenos, aparentemente incomprensibles, desde los más vulgares – como un objeto que se movía sin motivo aparente, un ruido extraño o un fulgor en medio de la nada – hasta los más trascendentales, como la existencia del mal y el misterio de la muerte. Según Kardec es la doctrina o la ciencia que trata la naturaleza, el origen y el destino de los espíritus y de sus relaciones con el mundo corporal, algo sobrenatural y oculto que mantenía vínculos con el mundo real.

Queríamos completar el artículo sobre este fenómeno que ya adelantó Antoni Josep Massanet, añadiendo que Josep Terrasa Flaquer, historiador de Capdepera, dice que lo importante del espiritismo y de la asunción que de ello hizo una parte de la sociedad gabellina es su deriva ideológica y moral, con efectos prácticos sobre la realidad. A diferencia del catolicismo, interesado únicamente en la salvación espiritual de los creyentes, el espiritismo aspiraba a reformar y mejorar el mundo real, buscando el consuelo y bienestar de aquellos que padecen, en el sentido que respetaba y reivindicaba las demandas y necesidades de los más desfavorecidos. El ideal del espiritista era llegar – según Terrasa – a la máxima perfección moral, con la intención última de que la excelencia moral de cada indivíduo repercutiese en el conjunto de la sociedad y la hiciera más abierta y más justa. No es casual, en este sentido, que muchos espiritistas de Capdepera fuesen también muy activos políticamente. Fueron los casos, entre otros, de Nicolás Sancho Moll y Mateo Garau Flaquer. El primero, republicano y el segundo concejal socialista entre 1931 y 1936 del Ayuntamiento local.
El espiritismo estaba muy marcado por el cristianismo, aunque paradójicamente sus afines actuaban siempre desde la preservación de la autonomía personal, debían aprender por sí mismos, sin imposiciones ni control por parte de los demás. No se casaban ni bautizaban a sus hijos. Los espiritistas gabellins se mantuvieron casi siempre al margen de las cruentas disputas socio-teológicas que enfrentaron a los metodistas protestantes con las autoridades católicas entre los siglos XIX y XX. Es significativo que, en aquella época, en Capdepera hubiese muchos matrimonios mixtos, con la mujer protestante y el marido espiritista.
En las reuniones, alrededor de las mesas (la de na Velleta fue una de las más destacadas) donde se convocaban los espíritus, se realizaban siempre entre conocidos y en casas particulares. Esta simbiosis entre espiritismo – “la religión de la posesión de los desposeídos”, con palabras de Gerard Horta – e ideologías progresistas, hizo que, a finales del siglo XIX, hubiese muchos espiritistas en las filas del republicanismo y que, a principios del XX, hubiese muchos en las filas del socialismo. Explica también que, con la victoria de Franco en la Guerra civil, el espiritismo desapareciera casi por completo de la vida de Capdepera y de otros lugares del Estado donde había tenido una presencia fuerte, revulsiva y estimulante.

