14 marzo 2026

    Desde Cala Rajada a las dunas de Cala Mesquida, el Puig de s’Àguila y el Riu de sa Fusta

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    La luna seguía esplendorosa. Las luces de los cafés y de los restaurantes, cercanos al puerto, se proyectaban en las tranquilas aguas donde los mástiles y las jarcias de las embarcaciones, que se reflejaban en ellas,  adquirían formas ondulantes e inquietas… Pero no tan inquietas, ni con mucho, como las preocupaciones que atormentaban a Toni “Coret”,  un joven pescador ya conocido por los lectores que siguen nuestras periódicas narraciones.

    Toni meditaba sobre aquella conversación en Cala Agulla con don  B.V. y S., a la sazón hijo ilustre del pueblo de Capdepera. Toni paseó por el muelle, viendo cómo varios pescadores tejían sus redes de arrastre. Luego se sentó en el Bar Marítimo. Había pedido para cenar una tortilla acompañada de una ensalada y media botella de vino. Suponía, el joven, mientras cenaba, que la misión por la que el abogado don Bartolomé le había contratado, y con tan enormes cantidades de dinero, sería algo muy difícil, sumamente complicado, pero nunca llegó a imaginar que le empujara a cometer el plan de conquistar a la mujer de aquel señor, lo cual era a todas luces tentador: el dineral que le había entregado a cuenta y la estancia en el hotel denominado “Aguait” muy cercano al chalet que había sufrido el allanamiento que les contábamos en el penúltimo capítulo. 

    La perspectiva de Toni ante la posibilidad de poder jugar al tenis en las pistas del Club del mismo nombre que el establecimiento hotelero, con aquella beldad tan joven (la esposa de B.V. y S.) y el excitante juego de enamorarla (por encargo de su señor marido). Todo ello era una aventura incitante, un revulsivo en su vida de “latin lover”, un cambio…

    Además, Toni, que arrastraba sobre sí algunos antiguos encontronazos con la ley, por delinquir en hechos de poca monta estaba realmente intrigado porque aquel vil canalla sabía demasiadas cosas sobre él y, lo que más le confundía, era el que supiera tantas, y en tan poco tiempo. 

    Algo andaba mal. Tenía la inquieta impresión de sentirse utilizado y terribles dudas sacudían  su confusa mente. Le era necesario aclarar sus ideas aunque, de momento, no le quedaba más remedio que seguir aquel imprevisible y arriesgado juego, y sosegarse si quería encontrar el camino, o vía, que le sacara de aquel complicado laberinto.  Debía afrontar el problema con toda entereza, serenidad y no amilanarse. Pagó la cena y salió al paseo del puerto, y aunque necesitaba dormir sabía que no podría hacerlo.

    Se acercó a la parada de taxis de la plaza dels Mariners, al lado de Ca’n Tomás, y allí encontró a su amigo Miguel Sureda, con quien departió un rato. Sureda, al verle apesadumbrado, le invitó a subir al coche, en el había una pareja de pasajeros con destino a Cala Mesquida, al camping o ciudad de vacaciones propiedad de un inglés: Mr. Pontin, conocido como “Pontinental Española”, aunque los nativos decían “Continental”. Toni “Coret” accedió a acompañarlos, en su trayecto con el taxi de Miguel.

    Una vez en Cala Mesquida, donde admiraron la bella y extensa playa con las dunas del Mont Gros , por una parte, y los escarpados peñascos del Riu de sa Fusta, donde en el pasado habían embarrancado barcos de gran tonelaje: “El Golea” y “El Albatros”, anhelaron, por un momento, darse un chapuzón, pero no iban preparados para ello, y optaron por sentarse y tomar algo en la terraza del camping casi justo en las faldas del Puig de s’Àguila , el más alto de cuantos existen alrededor de Capdepera. 

    Ya más animado, nuestro protagonista, regresó al pueblo con el taxi de Sureda. Y, al día siguiente, en una tienda, cerca de la iglesia, se compró una bolsa de deporte, una raqueta “Dunlop”, un juego de pelotas y la ropa adecuada, incluídas zapatillas, para jugar al tenis. 

    A la hora del almuerzo se metió en el restaurante “El Puerto”  donde le sirvieron una parrillada de mariscos. ¡Podía permitírselo! Después de tomar café, y abonar la cuenta, con otro taxi de la parada de ahí enfrente, dirigióse al hotel donde ya tenía concertada la inscripción para la práctica del tenis. Entró en su habitación, que era amplia y daba al mar. El señor B.V. y S. había cuidado todos los detalles.

    Desde los aposentos superiores del hotel N’Aguait, situado en una punta de la costa, se dominaba buena parte de la ribera, y de su entorno, y también el mar con un amplio y extenso horizonte. Un mar que transportaba la brisa fresca y marina de sus contínuos embates. Apoyado en la baranda podía divisar, a lo lejos, Cala Rajada con su blanca iglesia y sus casas; parte de la torre del faro; Cala Gat con un par de yates fondeados en su bahía; y el Faralló d’en Massot.   Aunque con diferente perspectiva aquellas variadas y hermosas vistas le hicieron recordar otras épocas…

    Continuará…

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