12 marzo 2026

    Buzón del Gabellí

    Miquel Gelabert

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    ¿Hemos de soportar, durante más tiempo, señora alcaldesa, la cotidiana y vergonzosa imagen frente al ayuntamiento?

    Había estado una larga temporada sin frecuentar Capdepera, mi pueblo natal. Hace unos días, tuve que desplazarme, desde Palma, para tramitar unos asuntos en el Ayuntamiento. Al tratarse de un tema relacionado con una construcción de inmueble, desde la Casa consistorial me derivaron a un nuevo edificio destinado al negociado de Urbanismo. Pero, ya digo, antes pasé por el Ayuntamiento. Frente a la Iglesia, y para mi sorpresa me topé con una estampa que creía desterrada a tenor del cambio de vara municipal: la presencia, allí apostado, del anciano conocido por Joan Trobat, custodiando unas pancartas situadas en la escalera del templo católico, con alusiones insultantes a quien fuera el anterior alcalde. 

    El hecho me extrañó sobremanera, había transcurrido casi medio año desde que me fui del pueblo y, al regresar, me encuentro con la misma imagen que dejé frente a Ca’n Creu d`Inca.

    Por mi época de colaborador de esta revista, un servidor ya conocía que era “vox populi” que una de las causas que degradaron la popularidad del exalcalde Rafel Fernández – entre otras posibles – es haber permitido, prácticamente a lo largo de la última legislatura, que el vecino Joan Juan Trobat  – el sujeto me dio su nombre completo cuando le inquirí sobre su situación –  permaneciera, un día sí y el siguiente también, sentado en el umbral de “La Sala”, teniendo enfrente – otro sinsentido – pancartas peyorativas contra al alcalde, y a la vez, recolectando, como un mendigo,  limosnas para sufragar el perjuicio que le había producido  la confiscación – por parte de un agente de la autoridad, con escaso sentido de la oportunidad, del que nos dio su nombre, un veterano de la policía local – de una jaula conteniendo palomos que transportó el señor Trobat a la plaza de l’Orient un día de fiesta para enseñar a los alumnos del colegio de S’Alzinar. 

    Jaula y palomos que no le han sido devueltos, o su valor en efectivo, y por cuyo hecho, tampoco, le pusieron sanción algunas. Ha recibido la callada por respuesta de los responsables de dicha confiscación que, presumiblemente, debían preferir  el desagradable espectáculo diario del anciano en el mismo dintel de la Casa de la Villa y en las escaleras de la parroquial iglesia de San Bartolomé, en cuyos cepillos – nos comenta el señor Trobat – ha ido depositando los óbolos que generosas personas, extranjeros en su mayoría, le dan al ver la lamentable y triste presencia de Joan en aquel lugar. 

    Pero es que, ahora, en la actualidad, Rafel Fernández no es ya el alcalde. Y Joan Juan Trobat continúa allí sentado, reivindicando, con menor número de pancartas que antes, la devolución de los palomos en cuestión. Una estampa vergonzosa.

    Y, a diario, la alcaldesa Mireia Ferrer traspasa el umbral de la sede del Ajuntament, y se topa con el mendigo, sin que, tampoco ella, haga prevalecer  – de lo contrario Trobat no estaría allí – el principio de autoridad que se le supone a Ferrer y, por ende, dé una solución, de una vez por todas, al lamentable hecho que Capdepera arrastra desde hace años. 

    Si Mireia Ferrer supo ordenar la eliminación del rótulo que presidía el destartalado antíguo edificio municipal de Es Sitjar, para evitar el ridículo que la inscripción suponía, que menos es solventar esta otra ridiculez que supone la presencia del anciano a las puertas de la primera institución local.

    Parece ser que el señor Trobat es “caparrut” y que él solo es capaz de enfrentarse a una multitud; pero cuesta creer que no exista alguien, o algún grupo, que apoye, respalde, la  actitud del protagonista de marras. 

    Dicen que la familia del anciano se desentiende de la situación, que no pueden con él; que tampoco quienes le conocen en  la zona donde cuelga las pancartas reivindicativas se atreven a aconsejarle que desista de su comportamiento (precisamente, una señora que penetraba en el templo católico nos conminó, casi prohibió, que fotografiáramos al señor Trobat, el cual – al vernos con la cámara en ristre—se tapó la cara con su sombrero). 

    Hora es de que se sustancie, de algún modo, una solución definitiva que acabe con la presencia y la esencia de Joan Juan Trobat a las puertas del Ajuntament.

    Señora Alcadesa: En sus manos está la solución, al fin y al cabo Vd. es quien debe velar por la estética, y ética, del organismo que le ha tocado presidir. Ponga “un poc de seny”, de una vez por todas. Los vecinos se lo agradecerán.

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