Cristòfol Carrió, escritor, y periodista, en sus ratos libres, cuenta con un rincón en nuestro “baúl de los recuerdos” que componen los archivos que, muy gustosamente, me cabe el honor de tutelar. Para los lectores de “Faxdepera”, donde me place colaborar y con la venia, espero, de Tófol, a quien le sorprenderá, sin duda, la traducción de “ I el cel tornava estar engrisat”, puesto que es variopinta y bilingüe la pléyade de lectores con la que cuenta esta revista, paso a relatarles una historia que, sin duda, puede equipararse a otras similares que tuvieron a “gabellins” emigrantes como protagonistas. Héla aquí:
“Una mañana de enero, en lugar de lucir como una alfombra de tonos verdosos, los sembrados aparecieron blanqueados y, también, se vistieron de blanco los tejados de las casas. La fuerte nevada iba aumentando de intensidad y era motivo de preocupación para la gente mayor. En cambio, los niños se divertían mucho jugando con bolas blancas de nieve a las que el sol daba vida y a la vez iba fundiendo.

En poco tiempo, la nieve había llegado a una altura que impedía poder transitar por la calle. En casa de Toni las horas se hacían más largas que nunca, atizando el leño y contemplando las imágenes que surgían de las altas y mágicas llamas. La madre de Toni estaba triste, desmoralizada, pensando en su marido que había fallecido hacía unos tres años, aunque estaba bien presente en el recuerdo de la familia. Había sido un deceso que sorprendió a mucha gente. El fallecido era alto, corpulento y más sano que un “grà d’all”.
Así, delante de la chimenea, pasaban aquellos días invernales, comentando las confusas escenas de hombres de palabra, que trabajan de sol a sol y llevan marcado en su rostro su laboriosidad: cuerpos encorvados, caras arrugadas, manos callosas… Eran gentes de aspecto enérgico, suficientemente preparadas para combatir las inclemencias del tiempo que se diluían como la nieve.

Personajes entrañables como el padre de Toni que, sin hacer nada del otro mundo, convertían sus vidas en verdaderas obras de arte, siempre con la sonrisa en la boca que dejaban una sensación de bonhomía. Aquellos agricultores y menestrales eran portadores de una sabiduría escondida que derrochaba humanidad. Con ausencia de ambiciones, conformes con lo que tenían y con una constante referencia hacia Dios ( “si Déu ho vol! Alabat sia Déu!”) , incapaces de proyectar nada sin contar con la voluntad divina, casi nunca se movían de su propio entorno. La ciudad suponía un lugar lejano y muchos fallecían sin haber ido nunca a Palma. La monotonía era característica de este antíguo pueblo de Levante. Dentro de este ambiente, se removían con fuerza las ideas fijas de Toni, que pensaba que había alguna cosa más que su estimado pueblo.
Siguiendo la costumbre, a la una en punto, todos a la mesa. Toni no sabía como iniciar las palabras que deseaba pronunciar, revestido de coraje espetó lo que pareció igual que si hubiese explotado una bomba, quedándose todos sin palabras, silencio absoluto… hasta que la madre dijo: ”¿Pero qué le diremos a don Valentín, él que nos ha ayudado tanto?”. __”Eso es una de las cosas que me han hecho sentir mal, todo el día dando incienso a los señores… Este es el motivo por el que deseo nuevos aires , abandonar esa forma de vida que me ahoga”.
A lo largo de tres días, aquella casa asemejaba un funeral, todo eran malas caras y mutismo. Poco a poco, Toni fue convenciendo a sus hermanos y entre los tres consiguieron hacérselo entender a su madre. Una tía, que vivía con ellos, no entendía nada y lloriqueaba.
Otro paso difícil fue tener que dar la noticia a Margarita, su novia. Le dijo que aquí, en el pueblo, uno se reventaba trabajando para no conseguir nada, mientras que en La Habana se vé que ganan dinero a espuertas. Los ojos de la muchacha chispeaban, aunque dejó de sentirse incómoda cuando Toni le dijo què, una vez instalado allí, la mandaría llamar.

En el transcurso de aquellos días, vecinos y conocidos no hablaban de otra cosa. A todos ellos les sorprendió la actitud de Toni, un buen chico, reposado, de singular simpatía, dispuesto siempre a contentar a los demás, fiel a todos los actos de la Iglesia, mejor dicho de la Sacristía.
Su madre iba preparando una maleta de madera, con unas cuantas piezas de ropa interior, dos pantalones, dos camisas, un par de zapatos, media docena de pañuelos y poquita cosa más.
El rector de la parroquia envió aviso a Toni para que se personara en la rectoría y le hizo las consideraciones oportunas: que su madre se encontraba débil de salud y la tieta con la cabeza hecha pájaros…y, por encima de todo, que don Valentín tenía sus esperanzas puestas en Toni para ser el nuevo amo de su posesión agrícola, donde podría comer pan a placer, para él y los suyos. Toni, sin abrir la boca, le dió a entender con un “bon dia, tenga” que partía hacia su casa.
Nadie hubo ya capaz de apagar el fuego que se había encendido en el interior de Toni, por muchas consideraciones y remilgos que se le hicieran. No había iniciado, todavía, su singladura y ya se sentía heróico y satisfecho de poder comenzar su proyecto: Dejar la miseria que le envolvía y el espectáculo desolador que presentaba la sociedad mallorquina de aquella época ( escasez de trabajo, jornales bajos, precariedad…).
Escribió una carta a sus tíos de La Habana, preparó el carnet de identidad de emigrante, que consiguió a través de las gestiones hechas por “l’amo en Joan Salero”, que se encargaba de todo el papeleo de las personas que querían realizar un gran viaje y, más animado que un pasodoble, iba haciendo los preparativos con la cabeza puesta en las suspiradas Américas.
Era la víspera de la fiesta de Sant Antoni, las calles con “foguerons”, quemando leños y grandes troncos. Toni, con sus amigos, iba visitando aquellos, al mismo tiempo que se despedía de los conocidos. Todos le desearon buen viaje, felicitándole por su santo, cantando las típicas canciones “Dau-mos coca, dau-mos ví…”
¡Había llegado el día! De buena mañana, su calle parecía una fiesta. Toni subió, ante la multitud expectante concentrada y las lágrimas de sus íntimos, al autobús de “Ca’n Terres” que iba hacia Palma. A lo largo del trayecto, su pensamiento retrocedía hacia las escenas vividas en su pueblo, que dejaba atrás con el recuerdo de socavones, fango y un cielo gris.
El hostal Viena de la calle de la Misión era el lugar donde la gente de la part forana solía pernoctar antes de embarcarse. Allí conoció a un matrimonio de Llucmajor y a un joven, como él, de Ses Salines. Con ellos tres, sintióse Toni bien acompañado a lo largo de todo el viaje.
Llegados al puerto de Barcelona, enseguida tuvieron que subir al vapor “Magallanes”, el único que en aquella época realizaba la travesía entre Cataluña y Cuba. Los tres compañeros de viaje y Toni permanecieron durante mucho tiempo en cubierta contemplando a las gaviotas que hacían como una procesión alrededor del barco. Quedaban 23 días de trayecto y no era conveniente marearse tan pronto, de modo que, agotados por tantas trifulcas, partieron hacia las cabinas del vapor.
La primera mañana sobre las aguas, estaban absortos enfrente de un sol que iba surgiendo pausadamente con claridad diáfana cubriendo el Atlántico. Vientos rabiosos hicieron acto de presencia el cuarto día y, todavía, restaban 19. El rumor del golpeteo del barco con las olas parecía una misteriosa pieza musical, que se tornaba melancólica al mezclarse con el recuerdo de Mallorca y su gente. En la lejanía, las imágenes del pueblo adquirían un carácter idílico.
Los cuatro comían juntos, se consolaban con los sustos del oleaje y el vaivén del vapor. Una vez más, Toni, se sintió un tanto ingenuo al prestar cincuenta duros a Andreu Pons, el joven saliner, cuando él no iba nada sobrado de dinero. Toni pasaba muchas horas estudiando un diccionario de lengua castellana y escribiendo cuánto sentía en mitad del océano, en un gran vapor que no tenía más comodidad que las estrechas literas, siempre con un incesante balanceo que provocaba mareos, algunos de muy alarmantes. Cándida, de Llucmajor, se pasó doce días sin salir del camarote y a su marido, Sebastián, poco le faltó.
Llevaban 21 días con el cuerpo debilitado por el largo viaje, aunque con la subida de moral que significaban los comentarios de la inminente llegada a las costas orientales cubanas. Al día siguiente vislumbraron la más grande fortificación del Caribe: el Morro. Casi toda la última jornada la pasaron sobre cubierta y, cuando se acercaban al Malecón se veía mucha gente que les estaba esperando.
Toni no conocía a sus tíos, vió a dos señores con un traje blanco, camisa del mismo color y sombrero galleta y pensó si podían ser ellos. En el atraque del barco, a punto de pisar la tierra que era sinónimo de riqueza y bienestar, Toni estaba emocionado por el mero hecho de ver realizado su sueño. Y, efectivamente, su intuición no le falló, se trataba de sus tíos, más agradables, por cierto, de lo que él se había imaginado. El tio Pedro hizo una señal a un chico de color para que pusiera la maleta de madera de Toni en el automóvil, que era negro y reluciente.
Partieron hacia el barrio habanero de Marianao, donde les esperaban la tía y las dos hijas, que eran como dos gotas de agua, muy simpáticas y más alegres que unas castañuelas. Tenían preparada la mesa para una buena cena, durante la cual, además de comer, no hacían más que preguntar por su lejana tierra. Toni se sorprendió muchísimo de qué, por doquier donde pasaba, escuchara hablar en catalán. El tio Juan le explicó cuál era el motivo: ”A Cuba emigraron unos 25.000 mallorquines y había aquí mucha gente de Cataluña y Valencia”.
Le acompañaron a su habitación , muy pequeña, al lado de la de Pedro, que estaba soltero. Ese le comunicó que trabajaría en el Tejar, donde se le trataría como al resto de obreros, ya que así se sentiría como ellos. En aquellos años, Cuba recibía la entrada de fuertes inversiones norteamericanas, que se concentraban preferentemente en el sector de la construcción. Por tanto, El Tejar vivía entonces unos momentos dulces y funcionaba a pleno rendimiento.
Toni se adaptó muy bien a los aires cubanos y se sentía a gusto, arropado por la colonia mallorquina. Desde siempre, había tenido inquietudes culturales, a pesar de que le había sido imposible, por su clase social, cursar estudios. Frecuentemente se le veía leyendo algún libro que cogía de la biblioteca del tío Pedro. Eso le proporcionó una cultura qué, al escucharlo, permitía diferenciarlo de la mayoría de los trabajadores. El director de la empresa, don Arnaldo, socio de los tíos, le felicitó por su productividad y responsabilidad. Siempre que había un acontecimiento cultural don Arnaldo le invitaba a ir con él. El director era cofundador de la Casa Balear y de la Quinta Balear, una asociación que llegó a tener 15.000 asociados y que editaba una publicación denominada “La Balear” en la que Toni colaboró activamente.
Los fines de semana, él y Jordi, un compañero de trabajo, llegaban hasta La Habana Vieja o al Vedado, donde se paraban en un café que era de un oriundo de Sa Pobla , barrigudo, que decía no sentir nostalgia, ya que llevaba más de veinte años en Cuba. Siempre tenía algún chiste picante a punto en boca para hacerlos reir. En uno de aquellos fines de semana les llamó un lotero para que le compraran lotería, no le hicieron ni caso. Una semana más tarde, el de la lotería insistió y Jordi decidió probar suerte, no así Toni qué, porque el número acababa en trece, pensó que había cosas más interesantes con las que invertir su dinero. El lunes, por la mañana, Jordi llegó al Tejar desbordante de alegría: __” ¡Soy rico, soy rico, regreso a Mallorca!”. Había sacado el primer premio, regresó a su pueblo y desde entonces hizo vida de señor…
Pasaron los días, los meses… y llegó a La Habana, la novia de Toni, Margarita, casada por poderes . Congenió muy bien con las hijas del tío, salían de excursión los domingos y le enseñaron las bellezas de la isla. Margarita quedó cautivada por el verde de Viñales y los colores turquesa de las claras aguas de Varadero. Aun así, no tuvo mucha suerte, ya que el cambio de clima y la lejanía de los suyos hicieron mella en Margarita , enfermando y fundiéndose lentamente, hasta morir.

Toni, muy triste y sólo, se enfrentó a su depresión. Quiso establecerse por su cuenta, montando negocios, entre ellos la fabricación de perlas, cosa que hacía en su casa. Por las noches, para distraerse, frecuentaba clubs y salas de fiesta, aprovechando para vender collares a las actrices. Cuando se quedaba sólo le invadía la tristeza y no había manera de conseguir olvidar a Margarita. Don Arnaldo le aconsejó regresar a Mallorca, ya que intuía que la llegada del turismo a la isla la haría resurgir. Toni escuchó la voz de la experiencia y con cuatro duros que tenía y con una maleta de mejor calidad que la que llegó, emprendió regreso a Mallorca.
Toni regresó con la ilusión de volver a ver a los suyos y a su pueblo. Pero nada era ya igual que cuando partió, todo había cambiado, incluso él mismo. Poco a poco se le iban apagando las lucecitas que habían guiado su vida y ya no se sintió con fuerzas de más aventuras. Por otra parte, aquellos a los que más había querido hacía años que descansaban eternamente.
Por las calles no encontró ni socavones ni fango. Pero, de nuevo, después de un montón de años, el cielo – cómo cuando emigró hacia Cuba – volvía a estar gris y, también, había nieve en los tejados ….
