Era una noche de verano del año 2003, y como tantas otras, me encontraba en mi puesto de trabajo como recepcionista nocturno en un hotel de Canyamel. Todo transcurría con normalidad hasta que, al terminar la actuación habitual de una orquesta local, liderada por Esperanza Mercadal, me crucé con ella en la recepción. Curioso, le pregunté: «¿Ahora a descansar a casa?». Su respuesta me sorprendió: “No, Nicolás. Ahora vamos a actuar en los apartamentos de enfrente. Es el cumpleaños del dueño y quiere que toquemos para su fiesta”.
La situación me resultó extraña. Sabía que las Ordenanzas Municipales dejaban claro que la música debía terminar a medianoche para respetar el descanso de los vecinos. Sin embargo, asumí que el propietario de los apartamentos haría caso omiso a las normas, confiado en su posición.
Poco después de las 00:10 horas, la música comenzó a resonar en la quietud de la noche. No tardó mucho en hacerse evidente que el ruido podía molestar a los huéspedes del hotel. Fue entonces cuando supuse que alguien, probablemente un cliente, había llamado a la Policía. Apenas unos minutos después, las luces azules del coche patrulla iluminaron la zona. Los agentes se encargaron de poner fin a la fiesta, dejando claro que habría una sanción por incumplir las normas.
El silencio volvió a la noche, pero no por mucho tiempo. Cerca de las 00:30, el propietario de los apartamentos apareció en la recepción con actitud desafiante. Me acusó directamente de haber llamado a la Policía y de «desbaratarle la fiesta». Traté de explicarle que no había sido yo, pero sus palabras comenzaron a subir de tono. Ante esta situación, no me quedó otra opción que volver a llamar a los agentes que aún estaban cerca, quienes se encargaron de sacarlo del hotel.
Esa fue la única vez que alguien me amenazó en mi puesto de trabajo. Aunque el incidente quedó atrás, decidí no anotarlo en el dietario nocturno del hotel. No quería generar problemas innecesarios ni tener que dar explicaciones por algo con lo que no tenía nada que ver. Como dice el refrán, «hay que saber nadar y guardar la ropa».
Años después, ya jubilado y ejerciendo como Maestro de Ceremonias en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Carmen, volví a encontrarme con aquel hombre durante un funeral. Al cruzarnos, me dirigió una mirada poco amistosa. No me quedé callado. Me acerqué y le dije con claridad: «A la iglesia se viene a rezar y orar a Dios nuestro Señor. Si ha venido para seguir insultándome por lo ocurrido aquella noche, le pido que se comporte como un feligrés y siga las pautas de la celebración eucarística».
Siempre he pensado que no merece la pena alimentar rencores. Las situaciones difíciles pasan, y lo importante es saber manejarlas con prudencia y firmeza. Aquella noche en Canyamel me enseñó mucho sobre mantener la calma, incluso cuando las cosas se complican. Y aunque los años han pasado, sigo creyendo que la templanza y el respeto son las mejores herramientas para navegar por las aguas turbulentas de la vida.
