15 marzo 2026

    EL JESUSPIRO

    Miquel Bestard

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    Albán Aubard
    Colaborador: Miquel Bestard

    Muchos vientos soplan en la isla. Bien los conocen los mallorquines: el Xaloc, del sureste; el Llevant, del este; el Gregal, del noreste; la Tramuntana, del norte; el Mestral, del noroeste; el Ponent, del oeste; el Llebeig o Garbí, del suroeste; y el Migjorn, del sur.
    Hay un noveno. Estoy seguro de que la mayoría de los mallorquines lo desconoce. Yo también lo ignoraba hasta hace unos días.

    Encontré a un señor mayor sentado en el puerto, mirando el mar, con los cabellos blancos bailando al compás de un viento suave. Nos saludamos y comenzamos a hablar. Me contó algo extraño:

    “Existe en la isla mágica de Mallorca un viento efímero que sopla solo durante tres días. No dos, no cuatro… tres. Se llama el Jesuspiro. Nace con el último respiro, el último soplo, el último suspiro de Cristo en la cruz, el Viernes Santo.

    Sale de todas partes de la isla y se reúne en un punto misterioso. Todos los vientos se mueven horizontalmente. Él, en cambio, sube verticalmente. Es invisible, no como un cap de fibló, que se ve. Ningún climatólogo, meteorólogo o eólogo —de Eolo, dios de los vientos en la antigua Grecia— sería capaz de identificarlo.

    Este viento, que es algo más que viento, tiene un poder divino. Toda persona que muere durante estos tres días —sea cual sea su filosofía, ideas, creencias o religión— puede obtener el perdón de sus faltas, si su alma está en contrición, si siente remordimientos y arrepentimientos sinceros…

    Ese es el poder del Jesuspiro.

    Se disipa el día de Pascua.”

    Me miró y sentí que algo despertaba una parte dormida de mi alma. Otros podrían ver en esta historia solo imaginación, una especulación fácil, y dejarla en la indiferencia. Pero él se levantó, me saludó y su alta silueta se perdió en el crepúsculo. Me quedé allí, con el espíritu desconcertado, pensativo… pero abierto a otras posibilidades.
    El Jesuspiro.

    Un momento después, se me acercó un grupo de cuatro jóvenes turistas. Se presentaron uno tras otro. Hablaban francés:
    —“Soy Jean”,
    —“Yo, Matthieu”,
    —“Marc”,
    —“Y él, Luc.”

    Hablamos de todo y, al final, de poca cosa. Me despidieron con calidez y se marcharon. De repente, pensé que no había preguntado el nombre del señor mayor, y me culpé por no haberlo hecho. Pero algo me tocó el espíritu: al recordar los nombres de los cuatro jóvenes, algo llamó mi atención… Eran los nombres de los cuatro evangelistas: Juan, Mateo, Marcos y Lucas.

    Entonces, ¿qué pensar? ¿Casualidad o causalidad?
    Al final, no se sabe. Todo puede depender del sitio de una sola letra… la u.

    Me quedé perplejo. Varios pensamientos metafísicos cruzaron mi mente: el más allá, el sentido de la vida, el fin del mundo. Pero los cuatro jinetes del Apocalipsis no surgieron sobre sus monturas terroríficas. Las tinieblas no oscurecieron el cielo. El horizonte no fue engullido por la nada.
    Pero un susurro lejano se podía oír.

    La esperanza era más que un sueño.
    Este año, miraré el cielo durante la Semana Santa, intentando ver algo del Jesuspiro. Quizás una pequeña forma se materialice para mí… o para alguien más.
    El Jesuspiro, que será el nuestro un día u otro.
    Eso es una certeza.

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