Era en los años 60, más o menos, cuando comenzó el boom de la pesca de arrastre dedicada a la captura de la gamba. En nuestro puerto llegué a contabilizar hasta doce arrastreros, entre los que se encontraban embarcaciones procedentes del puerto de Palma, como el Joselito, el Silvia y el Marilla, además de la flota local. Para entonces, ya habían desaparecido algunas de las primeras embarcaciones dedicadas a esta actividad, como el Águila, el Rafelet y el Francisco, que fue hundido el lunes 6 de abril de 1959. En este periodo llegó una embarcación propiedad de los armadores Blancus, que recibió el nombre de María Victoria. Era conocida por el monte de S’Esclop, y en su bou mi padre, Bartolomé Nadal, era el patrón o capitán.
Tiempo atrás, otras embarcaciones pasaron sin pena ni gloria, y con los años quedaron en el olvido. Algunas de ellas fueron la Providencia, Sa Monada, Porto Pi y La Sinagona, esta última propiedad de unos xuetes de Cala Ratjada.
En aquel tiempo, yo formaba parte de la dotación del arrastrero María Victoria, y mi misión consistía en juntar la base de la red, lo que se conocía como sa gatxa de sa corona. Se trataba de un hilo muy fuerte y resistente, cuya función era impedir que la gamba que entraba en la corona del bou pudiera escapar. Una vez finalizado el arrastre y depositada la corona sobre la cubierta del pesquero, con un solo tirón del hilo se abría la red con facilidad.
No se lanzaba la red al mar sin antes comprobar que la corona estuviera bien cerrada, y de ello me encargaba yo, cosiéndola manualmente, algo que resultaba bastante sencillo. Pero eran tiempos de juventud, lo que me permitía trasnochar hasta la salida del puerto, sobre las 03:00 de la madrugada. Solíamos pescar en una zona conocida como Son Xerra, un nombre que se le dio desde el momento en que se descubrió como pesquera de gamba, ya que en sus aguas aparecían grandes cantidades de jarras antiguas. Se suponía que estas vasijas eran de la época de la dominación fenicia o cartaginesa y que habían sido utilizadas para el transporte de aceite y otros líquidos.
Una vez explicado el origen del nombre de Son Xerra, paso a relatar un episodio relacionado con mi trabajo. En una ocasión, me dije a mí mismo: hoy toca descansar y dormir. Cuando soltamos al mar la primera red, el bou no llevaba la gatxa cosida, lo que significaba que toda la gamba que entraba en la red salía de inmediato sin quedar atrapada. Nadie se dio cuenta de este detalle, ya que desde fuera no era posible observar si la gatxa estaba cerrada o no.
Cuando se izó la red y se revisó la corona, no había ni un solo pescado en su interior. Yo, lógicamente, me hice el tonto, fingiendo desconocer el motivo de aquel fallo humano que, en realidad, había sido intencionado por mi parte.
En aquellos años, las redes de pesca eran de algodón, lo que facilitaba que los delfines las desgarraran de arriba a abajo para alimentarse del pescado atrapado. Sin embargo, cuando las redes fueron sustituidas por materiales más resistentes, como el plástico o el corline, los delfines ya no podían romperlas con tanta facilidad.
Además, la pesca a gran profundidad —alrededor de 400 brazas— disuadía a los delfines de arriesgarse a intentar romper las redes. No era lo mismo pescar a 100 brazas, donde los delfines tenían más posibilidades de conseguir alimento, que hacerlo a mayores profundidades.
En un principio, la profundidad se medía de forma rudimentaria, utilizando un peso y un cable con marcas a distintas alturas para calcular la profundidad. Hoy en día, en cambio, esta tarea se realiza con sondas electrónicas, dispositivos que emiten una señal al fondo marino y la rebotan, funcionando como emisores y receptores al mismo tiempo. En la zona de Formentor, la profundidad del mar aumenta rápidamente, lo que obligaba a mantener una constante de 400 brazas.
El Mar Mediterráneo alcanza una profundidad máxima de 4.000 metros, lo que indica que Mallorca se encuentra en un talud submarino. Pero este ya es un tema que no me corresponde a mí. Fue descubierto por el gran oceanógrafo Jacques-Yves Cousteau (q.e.p.d.), propietario en vida del Instituto Oceanográfico de Montecarlo.
