18 septiembre 2026

    Recordando viejos tiempos de mis tiempos mozos (2)

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    Sería un tanto difícil recordar, tema por tema, mis andanzas en la tierra que en el año 1939 me vio nacer, pero vamos allá. ¿Qué es lo que interesa y puedo recordar?

    Para empezar, puedo asegurar que todos los amigos de mi infancia han fallecido. Eran personas que, como si fuéramos una familia, hacíamos correrías juntos. No hacíamos lo que se puede decir «alguna trastada»; esto no tenía cabida en nuestras ideas. Mis amigos de infancia y juventud fueron: Francisco J. Terrasa Femenias (EPD); Bartolomé Morey Melis, «Tolo» (EPD); Guillermo Moll Fuster (EPD); Juan Fuster Lareu, inspector de Hacienda (EPD); Matías Esteva Ferrer (EPD); Arturo Fuster Pastor (EPD) y Jaume Vallori (EPD). Durante los meses de verano se unían a nuestro grupo el doctor en Traumatología Eloy Espinar Salom (EPD) y su hermano Jaume, nietos de la contratadora de pescados conocida por «sa Guapa», como también los hijos de Gabriel Fuster y Mayans (de Can Tafona).

    Estas fueron mis verdaderas amistades. Hoy queda algún conocido que me saluda cuando le conviene y no tiene tanta solera como los de antaño. Eran unos tiempos en los que no existía la telefonía móvil ni nada por el estilo. Pero, a decir verdad, Jaume Vallori, que era un adelantado, se había provisto de cuatro botes de tomate vacíos y un cordel muy fino de unos cincuenta metros, bien distribuidos. Un bote era para escuchar y el otro para hablar. El joven que usaba el bote para hablar, el interlocutor tenía que tener pegado al oído el bote de escuchar. La voz corría por el cordel y, con cierta dificultad, llegaba al que escuchaba. Como es de suponer, no era una nitidez perfecta, pero sí algo audible.

    También Jaume Vallori nos deleitaba con sesiones de «Cine NIK», películas del llamado «papel cebolla».

    Esto era en la década de los años cuarenta y tantos, cuando se estaba construyendo lo que hoy es el puerto de Cala Ratjada (el último espigón lo construyó «Entrecanales y Távora» en el año 1972, y el último rompeolas lo construyó la empresa «Melchor Mascaró» en el año 2024). En la construcción del primer espigón había unas «vagonetas» para el transporte de grandes piedras desde Cala Gat. A las 18 horas, que era cuando los trabajadores de la construcción dejaban sus trabajos —puedo citar a «Biel Funtillu», José Fernández, «En Gambins» y algún otro más—, era cuando mis amigos y yo nos íbamos a jugar con las «vagonetas».

    Claro que todos los chiquillos de aquel entonces cometíamos más de una «travesura». Por ejemplo, cuando mi padre, Bartolomé Nadal Moll, patroneaba el «Águila», había días en que los embates del «migjorn» impedían salir a la mar (en sa fonera). En el año 1930?, la motonave «El Golea» había naufragado en las inmediaciones de «Sa Mesquida». Adquirió dicho buque como chatarra «Tòfol de Cas Sagristà» y luego fue adquirido por los hermanos «Blancus». Mi padre, al no ir a pescar por lo que fuera, iba al «Golea» para sacar la chatarra.

    Para cortar las planchas de hierro se usaba el acetileno, a base de un material conocido por «carburo», el cual se guardaba en una rudimentaria caseta cerca de «Can Maura». La «pandilla» nos hacíamos con algunas piedras de este mineral y nos dirigíamos a la playa de Son Moll. Con un bote metálico de tomate hacíamos un hoyo en la arena. Dentro del hoyo echábamos agua del torrente que desembocaba en la playa. Dentro del agua poníamos el carburo, cubierto por el bote de tomate con un agujero en la base. Lo prendíamos con una cerilla y, con la reacción del carburo, el bote salía despedido y lo perdíamos de vista. (Si el bote, al salir despedido, hubiera pillado la cabeza de algún mozalbete, se la hubiera destrozado).

    Y así nos divertíamos, sin hacer daño a nadie y sin ocuparnos de lo que acontecía por otros pueblos. Para empezar, no existía la radio y la televisión no sabíamos lo que pudiera ser. Una niñez y juventud que hoy cuesta creer cómo fue antaño.

    Nicolás Nadal

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