15 marzo 2026

    07 – Recordando viejos tiempos de la sociedad gabellina

    Nicolás Nadal

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    En el deambular de la vida, hay cosas un tanto difíciles de olvidar, que en tiempos pasados fueron una realidad y marcaron una época en nuestra sociedad del Llevant de Mallorca. Hoy, prácticamente, han sido olvidadas por las nuevas generaciones.

    Es de agradecer que un grupo de personas emprendedoras se hayan involucrado en esta actividad, como son Ses Madones de sa Llata, de Capdepera, e igualmente el grupo de L’Art de la Pauma, de Artà, que han hecho lo indecible para revivir aquella labor primera de la que prácticamente todo el pueblo vivía: la manufactura de obra de palmito.

    Este proceso era muy costoso y, en muchos aspectos, laborioso. A grandes rasgos, me lo contó un gran amigo, José Llull Aguiló (E.P.D.), que los domingos por la noche, al salir del cine de Capdepera —sobre las 00:15 h— junto con su padre y otros componentes (los arrabassadors de palmes), se dirigían caminando hacia s’Arenalet d’Aubarca, donde llegaban sobre las 06:00 h de la mañana.

    Allí montaban una barraca en un tramo que, con anterioridad, se había contratado con el dueño del terreno. Se denominaba es Rancho, y servía para resguardarse del relente nocturno. Iban provistos de avituallamiento para pasar la semana. Durante el día, su misión era arrancar las paumes de los garballons. La comida consistía en el ya prácticamente olvidado arroz de paumer. Si encontraban algún caracol, restos de un botifarró, sobras de sobrasada, u otros ingredientes similares, con eso se preparaba el arroz. Y así, toda la semana.

    Por las noches se entretenían cantando viejas canciones, al son de la guitarra de Pep Llull, o incluso mientras arrancaban las palmes. El sábado regresaban a casa en Capdepera. Era ya entrado el mes de mayo. Una vez hechos los haces, había que trasladarlos como se pudiera: por mar, con algún llaüt del puerto de Cala Rajada, o con algún carro.

    Esta labor fue en decadencia hasta que empezaron a llegar barcos veleros con palmes procedentes de Almería y otros puntos de la península ibérica.

    Aquello era solo el principio. Para dar blancura a las paumes, se extendían al sol durante un tiempo. Luego venía otro proceso: encender una barra de azufre en un recipiente —el ensofrador—, que eliminaba el oxígeno y daba una gran blancura a las fibras. (Por experiencia sé que más de un ensofrador llegó a incendiarse).

    Las vetleries, el alma social de los inviernos

    En Capdepera, durante la década de los 50, existieron las recordadas vetleries, espacios de encuentro que, con la evolución del tiempo, han quedado en el olvido de las nuevas generaciones. Mencionaré algunas de las más famosas: Can Juan Talaya, Ca Madò Aina Moreno, Ca ses Rieretes del carrer des Molins, Ca Madò Pepita, Son Gregori y Ca na Ravella en Vila Rotja. Quizás se me escape alguna, pero las mencionadas marcaron una época en la sociedad gabellina.

    Estas celebraciones nocturnas comenzaban en noviembre, cuando las noches eran más largas, y se prolongaban hasta abril. (Hay que recordar que no existía el cambio horario). Este cambio se instauró en los años setenta, en tiempos del dictador “Paquito Franco”, con la primera crisis del petróleo, cuando se decía en mallorquín puro:

    “Franco, du es calçons, i en Juan Carlos sa camisa. S’han passat per es collons que a ses deu és migdia.”

    Me he desviado del tema, pero vuelvo. El alumbrado se encendía sobre las 18:00 h y se apagaba a las 23:30 h los sábados, y a las 24:00 h los domingos, en función de la hora de salida del cine. Cuando se encendía el proyector, se notaba un descenso en la calidad lumínica. El día 16 de enero de 1959 —viernes, víspera de Sant Antoni—, se produjo un cambio histórico: la llegada de la luz de la Central de Alcúdia. A las 16:00 h se desconectó el transformador de sa Central, y a las 18:00 h se conectó la corriente nueva, que se distribuía hasta Cala Rajada a través de los famosos postes vermells de Ca’s Suatgi.

    Las vetleries como red social del pueblo

    En las vetleries se cantaba y se conversaba. L’amo Juan Talaya con su bandurria, y su hijo Gabriel con la guitarra, interpretaban viejas canciones de la época. (La televisión ni se sabía lo que era, y apenas había receptores de radio). En carnaval era cuando más auge tenían estas celebraciones, con alguna comparsa improvisada. Los disfraces eran caseros y siempre con la cara descubierta.

    Cada semana, por el gasto del fluido eléctrico, se cobraba una peseta por persona, suficiente para cubrir la factura de sa Central Electra, propiedad de don Juan Villiger. Luego llegó Alcúdia y la televisión con un solo canal, y con eso… se acabaron las vetleries. También fue el final de los paseos de los domingos desde sa Creu hasta el Teatro Principal.

    Hoy hablar de las vetleries es casi como hablar de una leyenda. Quedan en el baúl de los recuerdos. Yo, en mi juventud, salía desde Cala Rajada con mi madre, al atardecer, caminando hasta casa de l’amo Juan Talaya, para pasar la velada. Sobre las 23:30 h, regresábamos por la carretera, a oscuras. El tráfico no era escaso: ¡era escasísimo!

    Todo tiene un principio y un fin. Antes había más compenetración. Las vetleries eran la voz del pueblo, el lugar donde se comentaban los hechos del municipio y donde, sin saberlo, tejíamos una historia que hoy merece ser contada.


    En la imagen adjunta, cedida por Catalina Bova, aparece una escena que, aunque no fue captada en una vetleria, recoge el espíritu de aquellas reuniones. La fotografía se tomó una tarde en sa cotxeria de l’amo Tomeu Saletas, y aparecen:

    Fila trasera: Bartolomé Ferrer Moll (E.P.D.), Catalina “Bova”, Catalina “Fareta” (E.P.D.), Antonia Ferrer Moll (E.P.D.), Maria Moll Flaquer (E.P.D.), Juanita “Garrida” y Juan Ferrer Moll (E.P.D.).
    Fila delantera: Antonio Moll Ferrer (E.P.D.), Antonio Ferrer Servera y Juan Moll Ferrer.

    Nicolás Nadal

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