14 marzo 2026

    ¿Tienen nuestros mayores las ayudas sociales que se merecen? 

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    Mi respuesta, basada en la experiencia vivida con mi padre, es que no. Estos  días siento la necesidad de escribir y explicar públicamente lo que le pasa a  tanta gente mayor de este país y, por extensión, a sus familias. Mi crítica va  dirigida al largo camino que debemos recorrer para poder acceder a las  diferentes ayudas sociales. 

    Personas mayores en edad y en experiencia que, en una etapa vulnerable de  su existencia y después de haber trabajado muy duro durante toda su vida  laboral (vida laboral que en aquellos años empezaba muy pronto: mi padre  es un niño de la posguerra), necesitan apoyo de las instituciones públicas  porque ya no pueden valerse por sí mismas, y lo que realmente consiguen  son migajas: lo justo para cubrir lo más básico. Y eso después de haber  movido papeles y de hacer mil y una visitas (visitas que, por supuesto,  debemos hacer los familiares) a los diferentes departamentos sociales, al  médico, a bancos y vuelta a Servicios Sociales y otra vez al médico…; y  después de haber rellenado, una y otra vez, exactamente los mismos  formularios. 

    ¿Es justo que una persona con más de 90 años, con un deterioro mental y  físico evidente y que sigue aumentando de forma irreversible, que ha pasado  por toda la burocracia existente en diferentes ocasiones, reciba menos de la  ayuda que le corresponde? Y hablo del caso de mi padre que, gracias a Dios,  cuenta con una familia (que soy yo porque no hay nadie más) que puede  moverse por el laberinto burocrático de la administración pública y que, más  o menos, tiene disponibilidad para ir a tocar las puertas de los diferentes  departamentos sociales. 

    La verdad es que me parece tan injusto y tan escandaloso que nos digan que  hay mucha gente que necesita ayuda y que no den solución a casi nadie; que  se escuden en el hecho de que hay una larga lista de espera para cualquier  ayuda social… Y ¡hala! ¡Arreglaos como podáis! Me resulta tan indignante  que gente mayor tenga que sufrir la ineficacia de un sistema público  insuficiente, después de haber estado trabajando toda su vida… Y si te quejas  mínimamente de la injusticia de todo el sistema, encima te responden que  “es lo que hay” y que lo que tenemos que hacer es pagar de nuestro bolsillo  a un cuidador que se ocupe de mi padre. Es como si los mayores no hubieran  pagado suficiente con el trabajo de toda una vida para poder acceder a todos  los servicios públicos que necesitan.

    Y procuras, porque no te dan otra opción, apañarte con lo poco que a tu padre  se le ha concedido por parte de Dependencia o Servicios Sociales e intentas,  con la renta limitada que cobra, encontrar alguna solución adecuada. Y esa  solución, más o menos y haciendo equilibrios, funciona durante un tiempo y  mientras tu padre está por debajo del grado III de dependencia.  

    Pero llega el momento en que necesita ingresar en una residencia porque su  deterioro, tanto físico como mental, ya es evidente y sobrepasa el grado III  que le otorga “el privilegio” de entrar en una lista “prioritaria” para acceder  a plaza residencial; y tú, como hija, necesitas que ingrese en esa institución  porque no puedes dejar tu trabajo y ves que necesita ayuda especializada. E  ingenuamente piensas: “Ahora, con este grado de dependencia, mi padre ya  tendrá la atención que necesita y que se merece”. Pues no, resulta que, con  grado III y 75 puntos, aún está en una larga lista de espera, en el puesto 152  de cualquier residencia de la isla de Mallorca. Y te quedas estupefacta. Y te  preguntas: “¿Pero cómo puede ser, si mi padre ya es dependiente y no puede  hacer nada por sí mismo?” Y te desesperas porque ves que tendrás que seguir  luchando para que le concedan una ayuda digna. Y no te lo puedes creer. Y  es cuando te das cuenta de que, seguramente, tu padre no llegará nunca a  ocupar la plaza residencial que le corresponde. Y piensas: “Esto es lo que ha  ganado, el pobre hombre, después de toda una vida de trabajo y esfuerzo…”,  porque ni mi padre ni yo disponemos de los más de 3000 € (¡leéis bien!) al  mes que hay que pagar para ingresar en una residencia por la vía privada. Y  yo sigo pensando que nuestros mayores no se lo merecen; que no nos lo  merecemos como sociedad. 

    ¿Y qué queda ahora? Pues seguir batallando y tocando puertas y haciendo  visitas a Servicios Sociales, a Dependencia y donde haga falta, y denunciarlo  públicamente. Y todo para que a mi padre (y a cientos de casos como el suyo)  no le concedan en vida la plaza residencial que tanto necesita. Este es el via  crucis que tenemos que vivir los usuarios de Servicios Sociales y  Dependencia en la actualidad: servicios que lo que ofrecen a nuestros  mayores, en la etapa más delicada de su vida, en su etapa final, son listas de  espera… desesperanzadoras. 

    No quisiera que este escrito se quedara únicamente en una queja sobre lo  insuficiente que es la ayuda social para la gente mayor, colectivo  completamente olvidado por las administraciones públicas. Quisiera que este  texto sirva para concienciar a los políticos y a la sociedad de la falta de  inversión dedicada a la mejora de la vida de los ancianos, de la escasez de  personal formado en geriatría, y de la carencia exagerada de plazas  residenciales destinadas a las personas mayores. Si ahora mismo las 

    infraestructuras y todo el servicio público de cuidado de ancianos y  dependientes ya es totalmente insuficiente, no quiero ni pensar qué nos  encontraremos, dentro de unos años, cuando lleguemos los que vamos por  detrás.

    Victoria Martínez

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