15 marzo 2026

    TERTULIA CIUDADANA EN EL NUEVO CAFÉ “LA PALMERA”

    Pere R. Guaita

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    A L’AGUAIT
    Pere R. Guaita

    ¡Qué menos que ir a inaugurar “La Palmera”, icono de los cafés de Capdepera! Reinaugurar, en sentido correcto, tras varios lustros desaparecido este poco menos que histórico enclave del ocio gabellí. Los tertulianos estaban emocionados. No les habían invitado a la fiesta de apertura, pero no les importó; tampoco conocen a quienes detentan la nueva propiedad. Entonces… ¿para qué? Eso sí, alguno de ellos preguntó por la señora Laura Blanch, que días atrás les había atendido, en nombre de esta revista, antes de la apertura. Pero ese día ella no se encontraba allí.

    Este cronista mallorquín, secretario redactor de los temas que se tratan alrededor de la amplia mesa y degustando un pa amb oli junto con otras delicias de postre, regado con vino blanco, cafelitos y unas gotas de cava para brindar por el nuevo año, se dispone a dejar constancia de los dimes y diretes de los comensales.

    Pedro, Antonio, Juan, Miguel, Pep y Sebastián desean abrir la tertulia. Sin embargo, son Maria y Cati —que pasaban por delante del bar— quienes la inician, entrando al local por la puerta principal y saliendo, tras su fugaz visita, por la entrada lateral, la cual, según ellas, en otro tiempo era por donde se accedía a la barbería de hombres de mestre Antoni Ferrer Barber. Unos establecimientos poco menos que obligados, existentes al lado mismo de cada café del pueblo, costumbre hoy desaparecida, al igual que otros muchos negocios de antaño.

    Cati y Maria, que habían subido desde Cala Rajada al mercat de los miércoles de la plaça de l’Orient, deseaban conocer las interioridades de “La Palmera”. Maria cuenta:
    “Mi tocaya Maria Ferragut, hija de quienes fueron los últimos gerentes de ‘La Palmera’ hace 45 años, me enseñó un viejo petromax que funcionaba con petróleo, un artefacto que cuelga de una habitación de su chalet de Ses Pesqueres, en Cala Provençals, el cual sirvió durante años para iluminar el salón de ‘La Palmera’ cuando a las 11.30 la central eléctrica del suizo Juan Villiger hacía la previa señal de apagado de la luz en el pueblo y todavía quedaban clientes en el bar”.

    “Sí, me acuerdo —decía Pedro— de cuando l’amo en Jaume Mengol, que tenía un molino harinero en la calle Sur, cada noche a las once iba al transformador vecino de la farinera a realizar la bajada de las palancas dos veces, para avisar al vecindario del apagón definitivo. Los sábados y domingos, que había cine en el teatro, esta maniobra no se efectuaba hasta la salida del público del entonces llamado Teatro Principal de don José Balaguer, abuelo, por cierto, del nuevo dueño de esta ‘La Palmera’, Nicolás”.

    La otra mujer, Cati, no había conocido todo aquello que contaban. Recordaba que al cine solo iba alguna vez al Juva de Cala Rajada y que, en verano, había subido con su madre al cine que en el Palacio March estaba instalado al aire libre.
    “¡Y es que una servidora, amigos, ya tiene una edad!”, decía.

    Sebastián, que conocía a Cati por residir muy cerca el uno de la otra en una calle del puerto, bromeó:
    “Tú no ibas mucho de fiestas, siempre te han gustado más las funciones religiosas y las procesiones. Ya me fijé en lo mucho que colaborabas en los actos de l’Esperança; siempre es necesario que alguien arrime el hombro en estos menesteres tan arcaicos, porque peligra su desaparición”.

    “A algunos de vosotros — exclamó Cati — os vi en las Matines; se nota que sois de la vieja escuela. Y más os diré: todos fuisteis a comulgar. ¿A que sí?”.

    “Naturalmente — musitó, por lo bajinis, Antonio — yo fui a Capdepera”.

    Mientras, Juan, Miguel y Pep aseguraron que habían preferido ir a Cala Rajada porque el acto lo hacían más temprano y podían preparar así la Nochebuena con la familia. Cati confirmó haberles visto.

    “Aunque a mí lo que me resulta incomprensible  — continuó Cati — es que vaya tanta gente a comulgar y, sin embargo, en las confesiones que se celebran días antes solamente acudan diez o doce personas”.

    “Si se hicieran estas celebraciones como se hacían antes de llegar los actuales sacerdotes, la gente sería más numerosa en las confesiones — puntualizaron al unísono Pedro y Miguel —, pues ahora se ha retrocedido y hay que ir a contar los pecados como se hacía antiguamente. Los anteriores rectores de nuestras parroquias se ve que no estaban por la labor de que les fueran a contar ‘coverbos’ a sus oídos. Por ello se les autorizó a hacer una confesión general para los fieles, arrepintiéndose de sus faltas mediante unas oraciones del cura, dándoles este una penitencia general para todos y absolviéndolos comunitariamente”.

    “Sí, yo conozco gente que desde que se le ha vuelto a exigir confesarse con el capellán no ha regresado a la iglesia; incluso recuerdo a personas que fallecieron sin este requisito, a pesar de haber sido, desde siempre, beatos. Y es que los tiempos cambian, y por esto los templos van vaciándose”, farfulla Pep.

    “Si tienes un hijo pillo, mételo a monaguillo”. Lo del monaguillo pillo, Jaume, el de los matalassos — al Cel sigui o aquí on sigui —, que se metía en el confesionario sin que lo vieran cuando las beatas del pueblo se iban a confesar a través de la rejilla lateral, por donde solo podían oír y no ver al sacerdote, y le contaban las faltas cometidas, llamadas pecados, hasta que el reverendo don Juan Dalmau le pilló confesando, lo cual produjo un escándalo mayúsculo. Cuando Jaume fue a dar el pésame por el fallecimiento de cierta anciana, contaba con sarcasmo a sus amigos que la difunta había sido la última mujer que él había confesado. “Esta mujer fue la última que yo confesé…”, aseguraba. Una anécdota veritas veritatis.

    Maria y Cati son invitadas a moscatel y unas galletas. Juan les dice, al brindar por el nuevo año:
    “Esta tertulia es de hombres; no nos molesta vuestra presencia, más bien al contrario, pero aunque nosotros somos feministas preferimos continuar como masculinistas…”. Todos ríen y a alguna se le pone la faz de sorprendida, aunque aplaude. Se nota que no ha entendido el palabro.

    “Lo curioso del caso es ver cómo ha menguado la asistencia de fieles a las fiestas religiosas y, sin embargo, Sant Antoni y ‘el dimoni que ja no fa por a ningú’ registran, año tras año, una multitud de gentío increíble”, dice Sebastián, que celebra cómo en Cala Rajada recuerdan su patronímico el fin de semana siguiente al 17 de enero.

    “No es nada extraño que, como ocurrió en las fiestas de Sant Bartomeu, los organizadores del correfoc quisieran que los dimonis se vistieran dentro de la iglesia — menos mal que la autoridad eclesiástica lo evitó —, puesto que por Sant Antoni las puertas del templo se abren para acoger la profanación de la Santa Cruz de murta. Y, claro, los pobres se creen que aquel portal es el de la salida de la colla dimonienca de Sant Antoni. ¡Vivir para ver!”, carcajea Pep.

    “Sí, los dimonis, este 2026, tendrán nuevo bar para visitar en su ruta de tardeo de la víspera del santo anacoreta. Estos de ‘La Palmera’ parece que tienen preparada alguna sorpresa para la colla del averno, aunque no nos la quieren adelantar”, acentúa Miguel.

    Vuelven a preguntar por la señora Laura para ver si puede despejarles la incógnita, sin éxito. Y el camarero que les sirve… ¡ni repajolera idea sobre lo que dicen! Aunque alguien le ha dado orden de servirnos esa copiosa bandeja de turrón y polvorones que saboreamos al felicitarnos todos los reunidos con los efluvios del champán.

    ¡Feliz año!

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