Finalizamos esta semana este serial que nos ha ocupado todo el 2022. Los 2 capítulos de “La Palmera” que hoy publicamos cierran la obra de Antoni Josep Massanet Amengual, la cual hemos tenido el placer de ofrecer a nuestros lectores, por deferencia del Ajuntament de Capdepera. Historia pura de Capdepera para la posteridad.
Los comerciantes, viendo los apuros de “La Palmera” y la mella que sus propagandas hacían entre la masa ignorante, redoblaban sus argumentos con burlas demoledoras. “Tants de caps, tants de barrets” y otros epítetos para desprestigiar las asociaciones y sus dirigentes, y hasta hallaron una veintena de socios que se atrevieron a pedir la separación o darse de baja por la vía judicial, provocando todo ello una manifestación de antipatía al promotor de la escisión, don Bartolomé Servera Gili, que le costó muchos disgustos y que nada consiguió, a pesar de tomar parte en el asunto el Juez de Instrucción.
Los rumores que, con deliberados fines, agentes expertos de los comerciantes hacían circular dieron sus resultados. Una comisión de asociados presentó una propuesta a la Directiva apoyando la tesis de aceptar lo que ofrecía el comercio local: la venta de todas las existencias que de obra de palmito se tenían, por un real por doce de ganancia. La demanda era inaceptable bajo todos los conceptos, porque con un real de ganancia por la venta de doce espuertas no se pagaba ni el trabajo de almacenar la mercancía.
Pero era tanta la ignorancia de nuestros convecinos que la Directiva deliberó largo rato acerca de la conveniencia de aceptar la propuesta y se inclinó, en principio, a admitirla mediante un margen superior de ganancias; la masa del pueblo abundaba en la misma opinión. En general, creían que la falta de capital mataría La Palmera. Con eso se llegó a la fecha límite y no había medios de reunir las tres mil pesetas que se necesitaban para la recogida de obra. Si con la solución de los apuros de un sábado de recogida domiciliaria de obra, se hubieran éstos terminado la cosa no hubiera sido de mucha gravedad, pero se presentaba otro sábado, y otro, sin saber fijamente hasta cuando duraría aquel calvario.
Por fin se convocó Junta General extraordinaria, como si ello pudiese ser una saludable solución. Disentí de tal acuerdo de los directivos porque si entre pocos y los más ilustrados no se hallaba un punto claro para resolver el problema, con mayor motivo no la hallaría la masa inexperta e incapacitada a todas luces.
Durante la semana, Vaquer y yo nos entrevistamos y dejando aparte los resquemores entre ambos, por opuestos puntos de mira en la marcha de La Palmera, aquel hombre tenía partido el corazón, viendo que era impotente para dominar la corriente de la opinión de los asociados, que iba derecha al precipicio. Sabía que de las contadas personas que no estaban de acuerdo en aceptar la propuesta de la venta de obra yo era uno, decididamente, ¿cómo no?. Sin haber entrelazado una sola frase a este respecto con él estábamos de acuerdo y él lo sabía, pero por un mal entendido amor propio u orgullo, mejor dicho, temía de mí un reproche, una venganza por los muchos motivos dados y, tal vez, me creía capaz de enfrentarme con él por puro despecho.

¡No conocía a fondo cuán arraigado estaba en mí el sentimiento cooperativo! Ni había buceado lo bastante las profundidades de mi alma para comprender que era capaz de toda clase de sacrificios personales para salvar La Palmera, amenazada de muerte en aquel crítico momento, por las pretensiones de un pueblo mal aconsejado, por la astucia de un comercio que sólo quería defender sus negocios, sin importarle un bledo que se hundiera todo un pueblo.
Vaquer, al fin, hizo méritos para celebrar conmigo una entrevista que, gustoso, acepté. Estrechó fuertemente mi mano, le demostré con la recíproca que había absoluta inteligencia entre los dos, rencillas personales aparte, aunque por mi parte no las había, sólo existía discrepancia en administración. Al fin se presentó el sábado de la gran batalla. Todo el vecindario estaba en la calle: hombres, mujeres, todos dispuestos a que se acordase la venta de la obra a los comerciantes. La manifestación era imponente y hay que suponer que el regocijo de los comerciantes era extraordinario.
Llenó el salón de sesiones hasta no caber ni un hombre más de pie y en medio de una expectación indescifrable, abrió la sesión el Presidente, don Antonio Ferrer Pellicer y, apenas hubo terminado la lectura del acta anterior y orden del día, menudearon las peticiones de “¡pido la palabra!” . Todos querían hablar, todos querían imponer sus respectivos criterios. La sesión estaba movidísima y los ánimos exaltados. Cada orador decía lo mismo que su antecesor, proponiendo la venta de la obra a los comerciantes, cuya propuesta era aceptada con un aplauso cerrado. Antonio Vaquer, impasible, estaba sentado a la izquierda del presidente y no decía una palabra. Tenía desordenado el cabello, su aspecto era el de un hombre acorralado por facinerosos y un pueblo de masas bárbaras. Sus ojos centelleaban con la expresión de un héroe capaz de imponerse y desbaratar la indisciplina de un ejército en armas y seguía callando e inconmovible. De pronto, suena una voz: “¡Que hable Vaquer!”. El seguía guardando silencio y no se daba por aludido, y seguía callando. Cuando los socios más fogosos estuvieron cansados de decir tonterías, otra voz reclamó; “¡Que hable Pep Massanet Ferrer!”. Esto es, que hablara quien esto escribe, pero no me dí por enterado, y seguía el pueblo repitiendo la petición en forma más vehemente, solicitando a su vez que hablara Vaquer.
Este comprendió que había llegado la hora de hablar a aquella turba, se levantó de su sitio en medio de un silencio sepulcral y permaneció un momento escrutando a los reunidos con mira fascinadora e hipnótica que penetró de tal modo en el ánimo del auditorio, que con sólo su aspecto y ademán calmó la rigidez de todos, y dijo:
__”¡Pueblo ingrato! , qué pronto has olvidado tu historia, ahora que ya empiezas a tener cubiertas tus necesidades y te dispones a bombardear las murallas de esta casa, que es la tuya y, además, tu salvación, tu esperanza, la que te ha ofrecido pan bueno y barato. ¿Has olvidado aquellas remesas de harina que, procedentes de los deshechos de los cuarteles, te hacían comer unos hombres sin alma a precios brutales? No tenían inconveniente en aniquilar tu físico, tu salud, en tanto ellos se enriquecían vendiendote basura inmunda. ¿Has olvidado todo esto?. ¿Qué querès? ¿Qué deseáis? Vender la mercancía sana y en buen estado existente en nuestros almacenes a los comerciantes a precios irrisorios sería nuestra derrota y fracaso. Os prometo que La Palmera os defenderá y todos saldremos ganando, tengamos paciencia y no hagamos caso a los demoledores de esta asociación, los cuáles tenemos fichados por sus calumnias contra nuestros directivos y nuestra entidad”.
Vaquer fue muy aplaudido. Había sujetado todas las voluntades de los vecinos asociados, convenciéndoles y salvándoles de la ruina en esta noche histórica para Capdepera. A finales de año, La Palmera tenía vendida toda la obra almacenada. Vaquer no se había equivocado, su triunfo fue indiscutible y, como fanfarrón sempiterno, se vistió con plumaje de pavo real, viendo ingresar un chorro de dinero donde tantos apuros hubo. En cada barrio del pueblo se instalaron tiendas, servicios y ventas, hijuelas de la matriz “ La Palmera” y una gran tienda de tejidos para coronar nuestra benemérita cooperativa.
