Pep Maria Moll
Cuenta la historia referida a Capdepera que las huestes berberiscas procedentes de Menorca que, con sus embarcaciones, se acercaban a la costa de este municipio, se proveían del agua potable que emanaba de las fuentes existentes en Cala de Sa Font, nombre éste que, con el paso del tiempo, fue derivando al definitivo nombre de playa Font de Sa Cala. El avituallamiento de los moriscos en este enclave, en el siglo XIII, les daba seguridad al ser una zona desolada, casi perdida, que distaba del Castell que albergaba a los habitantes “gabellins” pocos kilómetros, y cuyo recorrido hacían los enemigos de la villa a campo a través por la montaña de Son Bessó y andurriales. Aunque ésta es otra historia, que no es la que nos ocupa en este artículo.
Alrededor del pequeño arenal, flanqueado por bajos acantilados cubiertos, en otro tiempo, de frondosos pinares —todavía visibles en algunos sectores—, se dispone hoy en día de todo lo que se precisa para pasar un inolvidable día junto al mar, contemplando un paisaje puramente mediterráneo.
La orilla de la playa de Sa Cala —los oriundos la nombran apeando “sa font”—, de arena blanca, tiene una superficie de unos cien metros de longitud por sesenta de anchura. Sus aguas tienen poca profundidad, son transparentes y sus fondos arenosos ofrecen espacios verdes donde la posidonia campa a sus anchas. Los tramos de roca son ideales para practicar buceo de superficie y el windsurf de Heinz Levandowsky es un clásico de la zona, donde varios “escars” (cocheras para guardar pequeñas embarcaciones de pesca) dominan las pendientes por donde se deslizan éstas para internarse y poder navegar en el mar.
Y es ahí —quizás muchos lo desconozcan— donde también existe una diminuta fuente de agua dulce (una especie de pequeña laguna) que antiguamente proveía a los vecinos “gabellins” que iban a solazarse entre la brisa de los pinos y las aguas cristalinas del mar y, sobre una explanada existente sobre los “escars”, comían su arroz marinero o “paellas” domingueras, elaboradas con las delicias del pescado fresco capturado por los pescadores propietarios de aquellos “llaüts”.
En la actualidad, todo ello ha pasado a mejor o peor vida, por mor de que la Demarcación de Costas balizó todo el litoral y aquel rincón paradisíaco de los encuentros familiares, y la propiedad de las “cocheras de barca” pasó a ser competencia de dicho organismo, que exige permiso de concesión —como en el caso del surf— para la utilización de aquel espacio.
Quizás no venga a cuento, pero queremos señalar que hace unas semanas fue desalojada entre Sa Cala y Cala Provensals la residencia que, durante veinte años, fue la de familiares del Sha de Persia, propiedad de una hermana, en donde en 1973 se alojó unas semanas la esposa del monarca, Farah Pahlavi (Fara Diba). El desalojo ocurrido hace unas semanas es debido a la venta de las propiedades de esta familia, al parecer coincidiendo con los conflictos que se están produciendo en Irán.
La fuente de Sa Font de Sa Cala, por antonomasia, es sin duda la que encontramos bajo los peñascos de los edificios que se construyeron allí mirando hacia la avenida de Cala Provensals. Suele ser una concurrida zona de baño en verano y, debido a unas corrientes submarinas que cruzan la playa (“escorrentías”), hacen brotar, entre aquellas peñas, la fuente que da nombre a la cala. Quienes nadan en este rincón encuentran el agua más fresca y menos salada.
En los años 1950-1970, de incipiente turismo en Sa Cala, a no ser por los súbditos franceses que pasaban sus vacaciones en el único establecimiento turístico que allí se asentaba —el camping o ciudad de vacaciones de la familia “gabellina” Moll-Massanet—, el agua que se filtraba de fuentes subterráneas que emanaban por entre el terreno calcáreo y las peñas de Sa Cala dio pie a que el propietario de la urbanización aneja de Els Provensals, José Quint Zaforteza, instalara una fábrica o factoría en un gran casal que descansaba sobre los peñascos citados, regentado por Miguel Llinás, su hombre de confianza, donde se elaboraban botellas de cristal de litro y medio conteniendo el líquido elemento, comercializado para su consumo a lo largo de la isla con el nombre de “Agua mineral Font de Sa Cala (Capdepera)”, añadiendo en su etiqueta que procedía de dicha fuente y con el señuelo de que era procedente de las cercanas Cuevas de Artà (propiedad de Quint), distantes de Sa Cala unos quince kilómetros, con la finalidad de producir mejor impacto ante el comprador y, a la vez, promocionar las grutas cercanas a Canyamel.
Al cerrar esta fábrica, cogió el testigo en la producción de agua potable en el sector, con las modalidades de agua mineral con gas y natural, “Aguas Na Taconera”, empresa que en sus botellas llevaba impreso el escudo heráldico de Capdepera, con sus tres torres de referencia.


