16 marzo 2026

    Sa cova de sa Font de sa Cala (XIII)  

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    Erika y Klaus comían en el amplio comedor de lo que fue en sus principios un “Camping”. Ya no había espacio para tiendas de campaña en aquel recinto que un día fuera tierra de labranza, y en el que tan sólo había, en su centro, una rústica caseta de aperos, cuyo primer amo fue don Antonio Moll, alias “ Toni Miquelet”, padre del actual propietario, y que al morir éste heredaron los hijos.  

    Antonio Moll Sureda, con una excelente visión de futuro, comenzó por alquilar sus terrenos a caravanas turísticas y dar a alquilar, por otro lado, tiendas de campaña a los veraneantes, abaratando la estancia de éstos y el coste propio, en aquel lugar muy apartado del gran núcleo turístico de Cala Rajada. De esa forma, lo que no le daba un gran margen de beneficios lo compensaba, y con creces, al conseguir que el turista no tuviera una necesidad perentoria de salir de aquel gran complejo en que llegó a convertirse el antiguo “camping”: la Ciudad de Vacaciones Font de Sa Cala. 

    Aparte de la comida, podían adquirirse tarjetas, papel de escribir, libros, objetos de tocador, bolsas y toallas para la playa, amén de bañadores, sombrillas y hasta el periódico. En el comedor, el llamado “self service” – sírvase Vd. mismo –sustituyó a la deficiente comida que se acostumbraba, en un tiempo, a servir en los establecimientos hoteleros. Ello no sólo mejoró la calidad de la misma sino que era, a su vez, mucho más práctico ya que suponía un considerable ahorro en personal de servicio.

    ___ “ Hace tiempo que no hemos visto a don Gorgue… ¿qué le debe haber pasado?”, preguntó Erika a Klaus. 

    ___ “Alguna de las suyas debe haber hecho”, respondió éste. Ya nos preguntó el sargento si lo habíamos visto y, desde que desapareció, se ven guardias merodeando por aquí. Es una mala persona…”.

    ___”Tienes razón, es muy malo, ¿ y tus clases? 

    ___ “Creo que ya no lo necesito, pues me defiendo mejor. Lo único que no comprendo es que cada vez que capturo un buen pez, éste me desaparece…”.

    ___ “¿No será que no lo aseguras bien?

    ____ “ Ya te dije el otro día que por aquellas costa ocurren cosas muy raras, aunque me parece que debe haber huido de por aquí. No sé porqué será pero a veces tengo la sospecha de si el señor Prubí tendrá que ver con esas desapariciones. Creo que estoy pescando para él.. ¿tú qué opinas? “

    Ya habían terminado de comer y Erika, mirando por la ventana, junto a la que estaba sentada, vagaba su vista por el exterior del local, cuando exclamó: 

    ___”¡Mira, Klaus, don Gorgue!”.  Klaus se levantó de su silla para mirar, el hombre que señalaba Erika estaba de espaldas y lucía un mambo salpicado de dalias. Se giró… Una poblada barba y unas oscuras gafas de sol casi cubrían la totalidad de su atezada cara.

    ___ “No, no puede ser él – dijo Klaus – Prubí no usa barba y sólo recuerdo una vez, cuando le conocimos, que usara gafas de sol…”.

    ___ “Tienes razón, querido”, repuso Erika, suspirando. “Pero, ¿no se disfrazan, también, los delincuentes?  De espaldas hubiera jurado que era él…”.

    Prubí, al entrar en la gruta, se quitó las gafas y aquel mambo salpicado de dalias, y se felicitó a sí mismo por haber pasado desapercibido. Aquel día, por fin, y después de más de veinte días de reclusión en la cueva, se había decidido a salir. Había valido la pena aquel sacrificio, aquella espera. Con su crecida y teñida barba, el floreado mambo, una máquina de fotografiar colgada en bandolera, sus gafas oscuras, no había sido reconocido por nadie. Ni los camareros de los bares que antes solía frecuentar y a quiénes habló en un fluido francés de Tarbes, que dominaba muy bien, pues tenía familia en esa ciudad del sur de Francia, donde una vez al año se dejaba caer tomándose unas vacaciones.  Se expuso hasta acercarse al “Camping” para hacer la prueba de sí Erika y Klaus le reconocerían, y parece ser que sí lo vieron, y hasta pudieron llegar a sospechar sobre su presencia. Y cuando se dirigió a su oscuro refugio, como si diera un turístico paseo, no divisó ni un solo tricornio por los alrededores, ni tampoco en lontananza. Nada, pues, tenían contra él, tan sólo rumores y sospechas, y éstas no eran de peso para achacarle la autoría de los tres sucesos, más el de haber desorejado a un despreciable can. 

    Una luna roja, muy roja, y muy grande, se asomaba casi completa tras el campanario de la Iglesia de San Bartolomé de Capdepera.  Prubí, una vez escondido su motorino en la ladera del monte llamado de “Ses Penyes”, en el Encinar, enfiló la calle del Viento, junto a la parroquia de la Villa. Había entrado en el pueblo con el motor apagado para no llamar la atención. Eran las primeras horas de la noche y la gente, o cenaba o escuchaba las noticias de la radio o de la tele, o se recluía a charlas en las “vetleries”. Algunos frecuentaban, aún, el Casino u otros bares, los de la plaza de l’Orient, o el de Ca’n Patilla, en “Sa Creu”, jugando a las cartas, al dominó , o sencillamente, para hablar y beber… Otros, los menos, en calles de poco tránsito, tomaban el fresco de la noche en el portal de sus casas, en tanto que las mujeres confeccionaban cestas de palma, o se abanicaban. Prubí, con su barba, y un sombrerete de tela, está irreconocible, más, así y todo, procuraba hacerse notar lo menos posible y evitaba las calles más concurridas.

    Bajó por la cuesta de “Ca’n Capet”, pasó por delante, casi, de “Ca’n Pelat”  y vio como éste cerraba su vacío local. Siguió hacia su casa y pudo contemplar como Nuria estaba sentada ante el televisor. Parecía serena, ella se encontraba bien. Y puesto que había hecho la prueba, en la calle, de que nadie reparó en su identidad, después de dejarle, en el buzón de Correos de su casa,  una corta misiva a su esposa donde le decía que la quería y que no se preocupara por él, que todo estaba en orden y que no era culpable de nada, regresó al lugar donde el motorino le esperaba, desapareciendo Cementerio abajo.

    Al día siguiente, miércoles, día de mercado en Capdepera, una calurosa mañana de agosto, Erika y Klaus subieron al pueblo. También a don Jorge Prubí  se le ocurrió hacer lo mismo, pasarse por ahí. La pareja de turistas, con el fin de curiosear y comprar algo, y el catalán para poner a prueba la solidez de su nueva personalidad. Quería, como siempre, y a costa de su propia seguridad, jugar con el destino, pues dicen que el criminal vuelve siempre al lugar de su crimen. Pero él no había matado a nadie, y menos en aquella plaza, ni en el pueblo… solamente un arranque de orejas a un chucho y nada más. Además, sentía una morbosa curiosidad, quizás, con un poco de suerte tuviera la ocasión de ver, eso sí, de lejos, al Sargento. Sentía unos deseos insanos de comprobar si, después de la intervención sub-nasal que le hizo, seguía manteniendo su habitual marcialidad… Desde luego, en caso de que se pusieran las cosas muy feas, él conservaba, cuidadosamente, los pelos mostachiles de don Basilio en un pequeño sobre, los cuáles no tendrían ningún inconveniente en devolverlos.

    A don Basilio le hubiera gustado poder borrar de su vida aquel triste y bochornoso episodio que le corroía las entrañas, y con sorda rabia. Aquello que le habían hecho, por sus efectos morales, era lo más parecido a una violación. Así es que, para evitar los ignominiosos detalles les expuso eso tan cacareado de que, al afeitarse,  se le fue la mano y que, al final, optó por desprenderse de su flamante bigote. Para cubrir el vacío que éste había dejado bajo sus narices se había colocado una cinta adhesiva, y de color negro, pues la ausencia de aquél le causaba una penosa extrañeza.

    En pleno mes de agosto, acostumbra la plaza de l’Orient y calles adyacentes  estar saturadas de gente, turistas especialmente, que de paso visitan el Castillo. La gente del pueblo se confunde con los visitantes y es fácil pasar desapercibido. Así le pasó a don Gorgue que aprovechó para aprovisionarse de queso y otras viandas, imitando las trazas de un turista que visitaba el mercadillo. Klaus y Erika, sentados en una mesa del bar de Ca’s Coix se deleitaban con un refresco. Erika, de pronto, se sintió indispuesta y pidió a Klaus que marcharan fuera del bullicio. Allí ella explicó que le había parecido divisar una sonsira de alguien que les estaba mirando, inclu-so que esa persona, que llevaba barba, enseñaba un diente de color dorado en su boca, y recordó que Prubí tenía uno en su dentadura… Pero al ver la pareja de la guardia civil que deambulaba por allí cerca  se asustaron y decidieron abandonar el lugar.  Erika ya veía “fantasmas” por todos lados y don Gorgue era el más temible, pues no quería complicaciones después de la comparecencia que había tenido en el Cuartel ante don Basilio…                Continuará…//

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