15 marzo 2026

    La Mansión de Ses Pedreres: pasado, presente y… ¿futuro?

    Neus Lliteras

    Relacionado

    Comparte

    Una empresa mallorquina habría adquirido la espaciosa finca para una promoción hotelera o viviendas de lujo

    Entre los años 1970 y 1980 del pasado siglo existía en Capdepera una espaciosa y bonita mansión, rodeada de cipreses, hayas, frutales y un jardín multicolor con   variedad de flores, todo ello formando un armónico conjunto de verde césped y pasadizos de piedra picada, en la que se hallaba una enorme piscina y otra más diminuta y, en el centro. Una fuente de agua cristalina que decoraba la misma entrada de acceso a lo que para muchos habitantes de Capdepera era una especie de palacio, construido en la confluencia misma de las calles Son Pocapalla, Ses Pedreres y Jaume III. Una extensión de terreno que en aquellos casi iniciales años del “boom” turístico, solamente familias con alto poder adquisitivo, potentados, podían permitirse.

    Aquel enclave se denominaba, y así se la continúa conociendo, con el nombre de  “Ses Pedreres”, una finca, en aquellos años, incomparable por su magnitud y belleza con otras propiedades existentes en Capdepera. Su propietaria, una adinerada señora británica: Patricia Richardson, quedó prendada de la belleza de esta localidad cuando, por primera vez y en calidad de turista, llegó a este litoral de Mallorca unos diez años antes de ser construido el chalet. La señora Richardson se hospedó en el hotel “El Castillo” de la playa de Son Moll y allí conoció a la propietaria del establecimiento: Aurelia Canaan, con la que llegó a unirla una gran amistad.  Patricia regresó a la isla en diversas ocasiones y siempre se alojó en el indicado hotel.

    En uno de estos viajes, conoció Patricia Richardson a quien era conserje y guía del hotel “El Castillo” en 1970, un profesor de idiomas oriundo de Capdepera, con un bagaje intelectual destacado, de nombre Marcelino López Sirer. Este señor contaba con una excelente relación en los círculos sociales del verano mallorquín y si bien, en aquellos años de dictadura franquista, había un sector, entre quienes detentaban el poder político del municipio, que sentía cierta reticencia hacia López que procedía de familia republicana aunque jamás se involucró en ninguna clase de problemas de tipo político. Marcelino — “Marce” para todos – era una buena persona dedicada a dar clases particulares de francés e inglés en su domicilio y también en una academia de bachillerato existente en la calle Frai Jesús Eduardo Massanet. La faceta pública le estuvo vedada por su tendencia izquierdista, al igual que, en la misma época, le cupo sufrir a don Antonio Flaquer Siquier. Ambos, empero, fueron acogidos en la citada academia particular de bachillerato y comercio, y además, cada uno por su lado, fueron administradores de empresas con sede en Capdepera.  

    Llegada la democracia, Marcelino López fue cabeza de lista del PSOE local y alcalde provisional, además de estar al frente de distintos cargos dentro de la política “gabellina”. Y no debemos dejar de señalar que fue uno de los fundadores y extraordinario mantenedor del Club Deportivo Escolar, de fútbol, desde sus inicios en 1947 hasta 1973.  Hombre dinámico. dicharachero y con modales diplomáticos en su tratamiento con sus convecinos.  

    Pues bien, Patricia Richardson y Marcelino López intimaron en su relación y llegaron a oficializar la misma, en 1968, a partir de la cual adquirieron los amplios solares de Ses Pedreres y allí ubicaron la mansión, objeto de este artículo.  Allí se sucedían fiestas y encuentros sociales que, a decir verdad, no encajaban con el sentir de las gentes del pueblo en aquellos años de escasez económica y despertar turístico. Así y todo, Patricia Richardson, mujer mundana, con mayor altura de miras y raigambre británica, de exquisita educación y “savoir faire” dióle la vuelta a la “tortilla” del “¿qué dirán mis vecinos?” y su marido, Marcelino,  descansó aliviado, pues era perfecto conocedor de la idiosincrasia de sus paisanos. 

    El esplendor de la finca de “Ses Pedreres” a lo largo de un cuarto de siglo únicamente podríamos saborearlo en las imágenes de cine que allí se grabaron con motivo de las filmaciones de una serie de películas de cine independiente y amateur, además de documentales,  que coparon varios festivales nacionales y que tuvieron a Cala Rajada como sede entre 1973 y 1980 – el último de carácter internacional, celebrado en el Hotel Aguait – para cuyos rodajes el matrimonio López-Richardson abrieron sus puerta de par en par. 

    Cuando, inesperadamente, falleció Patria Richardson, la mansión de Ses Pedreres se sumió paulatinamente hacia su declive. Fue un duro golpe para el siempre animoso y entusiasta profesor que optó por retirarse a otra estancia más humilde de su propiedad, renunciando a cualquier prebenda que la desaparición de su compañera podría haberle deparado.  De un anterior matrimonio, Patricia había tenido descendencia y a ésta fue a parar, a su fallecimiento, el precioso palacio, sólo que el mantenimiento del lugar se trucó, con los años, en insalvable continuidad. Entidades bancarias se hicieron cargo del inmueble y éste se puso a la venta en diversas ocasiones, sin éxito.

    Aquellos terrenos se convirtieron, poco a poco, en el estado que las fotografías que acompañamos muestran. El edificio, lentamente, fue desvencijándose y las numerosas habitaciones, salas y dependencias se degradaron al sufrir los efectos de paso del tiempo y la nula conservación; incluso la presencia de gente extraña, indigentes u okupas ha venido siendo frecuente en los últimos años.

    Sin embargo, hace unas semanas, los vecinos han podido contemplar como una empresa de jardinería ha estado realizando desbroce de árboles secos, limpieza de los patios y desbroce de zonas que se habían convertido en pequeños bosques por donde roedores campaban a sus anchas.  A preguntas de curiosos y residentes en los aledaños de la exmansión de Ses Pedreras, se ha sabido que la mencionada limpieza habría sido por encargo de una potente firma mallorquina que baraja construir allí un complejo residencial– alguien apunta a un hotel urbano ( un lugar ideal y tranquilo, sin duda) y otros hablan de viviendas de lujo.  El mutismo es total, nadie suelta prenda, solamente se sabe que, finalmente, ha sido el complejo adquirido, ¡que ya era hora!. El vecindario suspira para con un feliz destino. 

    spot_img