Hoy he venido aquí a hablarles de algunas de las cosas más importantes de mi vida. 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora. Si pienso en ese nombre y ese adjetivo juntos – mujer y trabajadora – me viene automáticamente a la cabeza la figura de mi madre. No pudo estudiar más allá de la primaria porque mis abuelos trabajaban en el campo y no podían sufragar los estudios de sus hijos. Como era costumbre entonces, el bachillerato lo estudió el varón.
Pertenece mi madre a esa generación de mujeres que cuidó de los niños y de los ancianos cuando enfermaban, porque hacerlo ella era lo que tocaba. Y, desde ahí, fue capaz de enseñarme el amor a la libertad.
A la libertad económica: me animó siempre a que estudiara cuanto más, mejor, para no tener que depender de un hombre jamás. Me sacó a la vida a luchar y a trabajar duro para conseguir lo que quiero. A merecer las cosas como resultado de mi esfuerzo, no porque haya tenido que quitárselas a otro o porque caigan del cielo. También me enseñó que no siempre todo va a salir bien. En mi generación echamos de menos algo más de educación emocional. Pero, con los años, una se da cuenta de que nadie es responsable de no haber transmitido lo que no sabe, al menos de forma consciente.
Y llega un momento en la vida en la que ya nada es culpa de los padres, o del entonces, o de lo que nos pasó. Somos nosotros los responsables de lo que hacemos con ello. Ahí está, probablemente, otra de sus mejores lecciones: toma tus propias decisiones, sé libre para defenderlas y valiente para aceptar todas sus consecuencias.
Así que les voy a decir una cosa: me enerva que, con una mayor formación, el 91 por ciento de las mujeres que trabajamos en los medios de comunicación y somos licenciadas, cobremos, de media, menos que nuestros compañeros. Porque los puestos de trabajo deberían estar remunerados según la formación y la capacitación de quienes los ocupan, independientemente de si son hombres o mujeres. Me mosquea que, siendo la mitad de la sociedad, este sea uno de los pocos días en que solo opinamos mujeres, mientras que durante años nadie se ha extrañado de que las páginas de opinión de un periódico o revista llevaran firmas únicamente masculinas.
Pero me parecía tanto o más insultante que ustedes pudieran leerme cada cierto tiempo por el mero hecho de ser una mujer. Aspiro, quiero, lucho por estar aquí porque mis artículos les resulten interesantes, aunque puedan no estar de acuerdo con mis puntos de vista. Como me sentiría menospreciada si me dijeran que, por ser mujer, no puedo ponerme una minifalda o trabajar de azafata porque me están “cosificando”, si mi decisión es libre.
Como mujer, exijo que dejen de tratarme como si fuera menor de edad. Como si no pudiera tomar mis decisiones y acarrear con sus resultados. Incluso si eso supone preferir ser yo la que deje temporalmente el trabajo para cuidar de mis hijos. Lo que sí es exigible es que, cuando regrese a mi puesto de trabajo, lo haga en las mismas condiciones y con idénticas oportunidades de prosperar. O ser modelo, o actriz…
Haríamos bien si, en lugar de intentar tutelar a las mujeres adultas, centráramos nuestros esfuerzos en ayudar a las que no tienen la suerte de decidir libremente porque son pobres, objeto de trata de blancas o viven en países donde la mutilación genital femenina es “su costumbre”.
Hoy, Día de la Mujer, soy libre de opinar lejos de lo políticamente correcto. Tal vez ahí radique el éxito del feminismo.
