¿Quién era el duende de Madrid? Fue todo un personaje muy difícil de controlar y saber algo de su vida era casi imposible, ya que actuaba por su cuenta y riesgo, sin depender de nadie, que en su tiempo trascendió los límites de la creencia popular. Con el paso de los años se convirtió en una leyenda urbana. Un personaje que, con su fama, popularidad y educación, fue pasando de generación en generación. Incluso en el barrio de Argüelles existe, o existía, una plaza, una glorieta dedicada al “Duende de Madrid”. En los años cincuenta y sesenta fue un personaje muy popular, que era en tiempos algo ya lejanos, pero hoy aún se le recuerda, a pesar de que sea parte de la historia del viejo Madrid.
Voy a explicar, a grandes rasgos, cómo tuve la ocasión de conocer a este personaje, conocido como “El Duende”. Para empezar: la que hoy es mi mujer, de soltera vivía con sus padres y una hermana en el núm. 18 de la calle Zurbarán, de cuyo edificio su padre era el conserje-administrador.
Era el Madrid de la posguerra, aún no se habían establecido las embajadas en España de algunos países. Por mencionar a alguno de estos personajes, en este edificio vivían el matrimonio formado por el actor Fernando Rey y su esposa Mabel Karr; también en otro piso vivía Alfredo Di Stéfano; algunos embajadores, como el de los EE. UU.; en el 6º piso vivía este diplomático. En él subía la hermana de mi esposa para jugar con las hijas del embajador, que serían de la misma edad, pero es otra historia algo extensa, que me llevaría hasta Alemania, que es donde vive actualmente mi cuñada. También en el mismo edificio vivía el embajador de Turquía, aparte de grandes personajes que silenciaré (no es que la memoria me falle, es que me extendería demasiado; no dispongo de tanto espacio como quisiera en Faxdepera).
En el núm. 20 de la misma calle Zurbarán (que esta vía comienza en la calle Almagro y acaba en la Castellana) vivían allí grandes marqueses que, por citar alguno, mencionaré a la “Marquesa de Montiel”, la “Marquesa de Marzales”, que daban grandes fiestas. En una palabra, que el barrio de Chamberí era muy distinguido: VIP (Very Important People), y aquí entra en escena quien era el “Duende”, de nombre Manuel.

Este madrileño, con un alto grado de personalidad y no digamos de cultura, se iba a la hemeroteca (organismo oficial donde se recibe toda la prensa nacional). El edificio está ubicado en la esquina de la calle Zurbarán con la calle Almagro. Yo, para ciertas consultas, visité la hemeroteca en varias ocasiones. Allí se podían consultar en la prensa las notas de sociedad, donde se publicaban los acontecimientos sociales de cada barriada, donde los había.
El “Duende” se había informado de estos acontecimientos sociales y aparecía más o menos sobre las 08:30 h, que era cuando empezaban a llegar los invitados a la llamémosle “fiesta”. Su función era la de un “chambelán” en la corte de un rey. Iba vestido impecable, con un esmoquin, un sombrero, una capa oscura con el típico bastón, anunciando la asistencia de los invitados a la cita.
Se sabía todos los nombres de los personajes que acudían al “sarao”; si había alguno que no conocía, el conserje del edificio se lo comunicaba. La misión del “Duende” era abrir la puerta del coche de los invitados que acudían a la fiesta, como también atender a los mismos cuando estos se retiraban de la velada.
A las 23:55 h era cuando acababa el “sarao”; por supuesto que le caían muy buenas propinas. Cuando mi suegro me lo presentó, no llegué a preguntarle si necesitaba de un permiso municipal para intervenir en la vía pública. Por supuesto que en aquellos tiempos el tráfico rodado no era tan fluido como ahora en el siglo XXI, a pesar de que la calle Zurbarán era y es de una dirección de entrada por la calle Almagro y salida al Paseo de la Castellana.
Se le conocía por el “Duende” ya que tanto aparecía en un barrio como en otro, sin molestar a nadie y en el más completo silencio, cumpliendo su misión de “speaker”. Aquí fue cuando el padre de la que es hoy mi esposa me presentó al famoso “Duende”, pero como era muy avispado, debió de conocer y pensar que detrás de mí no habría nada que “pillar” y se esfumó como un duende.
Hoy, con el paso de los años, para empezar ya no hay conserjes ni serenos como los que había antes. Estos solían ser procedentes de Galicia, con el correspondiente uniforme. La electrónica ha dado paso al “conserje automático” y, por supuesto, a la desaparición del personaje que me ocupa, que se le conocía por el “Duende”.
Nicolás Nadal
