Dejando a la derecha la carretera de asfalto reciente, ancha, a toda hora transitada por variopinta especie mecánica, que con velocidad vertiginosa huyen del pueblo, o van a otro, para habitar en él o descansar en sus reductos, caminando nosotras nos adentramos por un camino estrecho y torcido en su diseño, el cual después de mil curvas que no desdicen en absoluto de los senderos de la payesía, nos guía a la cima de una montaña bella y majestuosa, un tanto separada de otras vecinas que, detrás de ella y a respetuosa distancia se dan la mano, idéntico a un cortejo. Está la montaña cubierta de un rico manto de verdor, tejido de pinos y esmaltado con diversos bordados que forman manchas de tonos diferentes que no son otras que los redondeles de acebuches, algarrobos y encinas, refugio de los tojos y otras aves en el corazón del invierno. Las “segues”, otro nombroso pájaro que allí abunda, de la que dicen tomó el nombre la montaña: “Es Puig Seguer”, en Capdepera.
Es penosa la ascensión a este “Puig”, a causa de su verticalidad y de la espesura del pinar y de las rocas con cantos que encontramos por doquier, aunque lo que la hace más dificultosa es la hojarasca seca y resbaladiza que, como blanda alfombra se expande por todos lados aun mostrando zonas de huesos pelados, como si la montaña, a fuerza de hincharse de orgullo por su gentileza, se hubiese arañado la piel.

Debajo del delicioso y movedizo cubre cielo del pinar, se respira el rico perfume de la resina, mata y romaní, y una no puede dejar de quedar absorta y ensanchar los pulmones para respirar el nítido olor que da salud y vida y que juntamente con el ruidito del rumor de los pinos, mecidos por un alegre vientecillo, hace correr por nuestras venas un no sé qué de embriagadora poesía. Todo ello nos hace olvidar la fatiga y cansancio y sin darnos cuenta ya nos encontramos en la cima del monte.
Un grito de entusiasmo sale de nuestro corazón al contemplar la grandiosidad y magnificencia del paisaje que se nos ofrece a la vista, La diáfana luz que el sol nos manda, todavía convierte en más placentero el panorama. A nuestros pies, la mar inmensa, azulada, suavemente mecida por los embates de las olas de espuma blanca, besando amorosa las rocas que la aprisionan formando numerosas calas, puntas y ondulaciones. Allí, lejos, en el horizonte, navega una barquita de airosa vela, dejando detrás un oscuro reguero de agua, como el arado remueve la tierra, formando un bello contraste respecto al uniforme color marino.Una larga hilera de casitas alegres y blancas, como lirios de playa, respiran sorpresas y enamoradas de la quietud del mar. Lástima de las columnas de cemento de hoteles y edificios singulares que malogran la armonía del conjunto paisajístico. Ningún ruido de motor ni rumor extraño viene a turbar la grandiosa tranquilidad de la panorámica estampa, todo es calma y silencio y, ante tal maravilla, nos viene a la memoria aquellas inspiradísimas estrofas de nuestro poeta mallorquín Costa i Llobera que cuadran tan bien en estas alturas: ___ “Tot viu, tot alena i canta / canta l’himne de l’amor/ Obra de Déu bella i santa, poema del Creador/ La mar de blaves plenures, que en el cel es va perdent, / el cel de blaves altures, on es perd el pensament”. Acompañando estos versos con la pintura de Jaume Mercant, que ilustra esta narración y una antiquísima estampa donde confluye el “Puig Seguer” y el mar de Son Moll.
