1.- Escuchando a Enrique
Por deferencia del su editor acabé de leerlo en la mañana del día en que se presentaba este libro en Palma de Mallorca y dada mi amistad con Enrique, le llamé enseguida por teléfono. Yo me encontraba en Plasencia visitando “Las Edades del hombre”. Tuvimos una larga conversación en la que quedaron definidas nuestras posiciones frente a la muerte la suya, bien expresada en el libro como profesional de la medicina y valiente promotor de los “Cuidados Paliativos”, la mía, de cristiano creyente en la Resurrección de Jesús y la nuestra, con ganas de ser explicitada siempre que pueda ante alguien que me escuche. Enrique se me mostró complacido. En nuestra conversación telefónica que yo comencé pidiéndole que este libro se tradujera al castellano, se mostró de acuerdo, si la autora decidía traducirlo, añadiendo de alguna manera mi comentario.
Este libro es un canto a la vida. Me admira la libertad con la que describe su proceso de maduración como persona; se le ve con la libertad y la sabiduría de los entrados en años de su jubilación. Su proceso de crecimiento tiene el interés de quedar descrito en medio de un ambiente profesional, donde como en todo lo humano, se mezclan luces y sombras, de las que sólo salen lúcidos y victoriosos los que luchan por mantener su coherencia, su libertad y su servicio a la verdad, por encima de otros intereses personales, sociales o políticos.
Resumiendo lo que según mi opinión define la singularidad de Enrique en este libro, es demostrar que el ser humano, ante el hecho universal de la muerte, tiene recursos suficientes para afrontarlo y vivirlo serenamente, como un trance normal, sereno y en paz. Esta verdad queda bien demostrada desde su experiencia y su método con los que lleva adelante los Cuidados Paliativos. Cuenta casos en los que este hecho es una prueba evidente. No se trata de casos aislados. Lo que se demuestra en el libro es que si la persona cercana a la muerte, se integra en el proceso de los Cuidados Paliativos, puede afrontarla serenamente y en paz. Esta capacidad está en cada ser humano por graves o raras que hayan sido las circunstancias de su vida. Naturalmente tiene que colaborar con todo lo que el clima de su entorno le ofrece desde los Cuidados Paliativos; en ello el enfermo es el agente principal, pero no el único, para lo mismo le acompañan los profesionales, la familia, los amigos y los voluntarios. Aunque no todos lo consigan con el mismo grado de satisfacción, eso no impide que estos recursos estén presentes en las capacidades mentales y psicológicas de cada persona. Este libro hace pensar en otra manera de organizar la sanidad en torno a la vejez y en concreto, en torno a los últimos años de la vida.

2.- Desde mi fe en Jesucristo Resucitado
Me interesa cómo entiende Enrique la espiritualidad. Me encanta su universalidad humana, tan sincera, asentada en la verdad del ser humano y tan abierta a las coordenadas de nuestros tiempos, en la que no faltan citas de palabras de Jesús de Nazaret, al lado de otros maestros religiosos.
Desde mi fe en Jesús de Nazaret acepto agradecido poder aportar mis ideas y experiencias. Comienzo por asentar que soy creyente, o sea, que creo en Dios y en Jesucristo. Quizás quien siga leyendo, si no acepta esta mi confesión de fe, cierre el libro, a no ser que tenga curiosidad de ver cómo me explico. Quede claro que no escribo para discutir, ni tampoco intento convencer, sino aprovechar la ocasión que se me ofrece para hablar del sentido de la muerte según mi fe cristiana.
“Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. No lo digo como una rutina, sino con toda la seriedad y el respeto de que soy capaz. Nosotros como efecto colateral decimos que el ser humano es “Homo” libre, capaz de pensar, decidir, amar, crecer y saborear el profundo sentido de su vida en la tierra.
A este aspecto fundamental y fundante quiero añadirle el calificativo de divino, desde que Jesús de Nazaret vivió entre nosotros como uno más de nuestra especie. Desde esta historia el “Homo sapiens” ha recibido un grado más de sacralidad; su vida queda doblemente emparentada con Dios, primero por su origen y luego por el uso que de ella hizo Jesús de Nazaret. “No matarás” resuena todavía con más fuerza en el mundo de los creyentes. No me importa repetir que nos movemos en terrenos de fe cristiana, mi campo propio, al decir que Jesús (Yeshuah, en hebreo, (“salvación”) bajó a la tierra desde el seno de Dios.
Pasado este umbral de lo divino gracias a la fe, sigo asimilando este libro sobre los años y los pasos que Enrique Benito nos ofrece. Concretamente en su aspecto más propio y trabajado: su maduración y crecimiento espiritual y su gran obra, los Cuidados Paliativos”. Ambos aspectos son como el anverso y el reverso de una misma moneda. Tal vez le parezca exagerado este diagnóstico, puesto que es normal que los demás conozcan de nosotros lo que resulta desconocido al que lo lleva incrustado en el alma. Es más, ambos aspectos, su crecimiento interior y su compromiso en la sociedad, proceden de otra fuente superior, el Espíritu de Dios que actúa en el mundo mediante los que se dejan conducir por él.
Como los grandes artistas fundan escuela de seguidores, el Espíritu de Dios deja su marca en las obras que pone en camino. Todas dejan unas huellas parecidas y características. Su novedad produce escándalo y oposición, pero a pesar de ello, su verdad acaba superando los obstáculos y consigue la meta propuesta. El tiempo y la historia van poniendo las cosas en su sitio, aunque a veces demasiado tarde. La fe tiene un componente de profecía, una y otra son obra de Dios en manos humanas.
3.- Aterricemos ante el tema de la muerte.
A mi juicio, ocupa la parte central de este libro. En algún momento de su lectura me dio la dudosa impresión de que su centro está en los Cuidados Paliativos; cuando con ellos se consigue que el enfermo afronte serenamente la muerte, hemos llegado a la meta de lo escrito.
Sigo reflexionando desde mi fe. La fe cristiana nos enlaza de tal manera con Jesús Resucitado, que consigue transformar la realidad hasta de la misma muerte. Enrique llega a demostrar acertadamente que la muerte “no existe”, pero no se pregunta si el camino de la vida sigue. Con la fe cristiana en la mano o en el corazón seguimos avanzando con otra manera de vivir, sin cuerpo.
Los humanos somos algo más que nuestro cuerpo, aunque nos identifiquemos equivocadamente con él. Llevamos este aliento divino participado como constitutivo del yo de cada uno; una participación recibida uno a uno de forma irrepetible, no en serie. Si venimos a la existencia por obra del Creador ( hablo como creyente) y vamos teniendo una vida humana maravillosa desde y con nuestro cuerpo, poco le cuesta al Creador mantener en cada uno la participación de su vida, aunque tenga que ser sin cuerpo, desde otra manera posterior de vivir el mismo yo.
Una vez estemos en esta otra manera de estar vivos, siempre formará parte de la identidad e historia de nuestro yo, lo que anteriormente hemos vivido con él y desde él. Siempre seremos personas con una historia en la corporeidad. De la misma manera Jesús Resucitado lleva impreso en su persona su cualidad nazaretana, su historia palestinense del siglo I, la marca de los clavos en la cruz y su idioma arameo. Todo ello ensamblado ahora en una nueva dimensión por decirlo de alguna manera, donde el tiempo y el lugar se llaman cosas de Dios, no de los humanos en la tierra. Como la fe en él, mientras peregrinamos nos ha unido con él como fiel compañero de viaje, sobre todo ante la muerte, es esencial su compañía que la transforma.
4.- Su compañía la serena e ilumina.
Le mantiene en gloriosa continuidad hasta dejarle cerca de Dios y de otros que le precedieron. Como gracias a nuestro cuerpo participamos en la tierra de una sociedad humana en la que crecemos y convivimos con trabajos y alegrías, también después de la muerte vivimos en una comunidad de vida gloriosa que participa más intensamente de la cercanía de Dios.
La vida es una experiencia preciosa del amor, con sus errores, limitaciones y fallos, no menos que con sus grandes y pequeños logros. Ante la enfermedad y el dolor, lo mismo que ante la duda y el misterio, la fe en Jesús Resucitado es un bálsamo paliativo del espíritu, una compañía el amigo fiel y una esperanza que no defrauda. Los amigos de Jesús Resucitado viven y mueren no sólo en paz, sino con alegría y gratitud, con necesidad de compartir su secreto tesoro o el secreto de su tesoro.
La fe en Jesús Resucitado ayuda eficazmente a superar el miedo a la muerte porque su vida, su muerte y su resurrección son la escuela donde aprendemos a vivir y a morir con la perspectiva de la eternidad. Él nos sitúa ante Dios, nos enseña quién es Dios para nosotros los humanos y quienes somos cada uno de nosotros ante Dios. Esta doble posición o postura es una oferta de relación como la de padre a hijo, siempre que esta propuesta se acepte libremente, con la libertad del que ha sido enterado de las condiciones con las que se ofrece la propuesta.
Esta fe en Jesús Resucitado ayuda eficazmente a superar el miedo a la muerte; con Él nos vamos preparando con sereno realismo para recibirla. Por esta misma fe queda abolida la idea tan frecuente de que la muerte se pasa con la más absoluta soledad, por más acompañados que estemos de personas queridas. El Resucitado que dio sentido a la vida, nos acompaña también en el tránsito de la muerte y nos deja en los brazos de Dios Padre.
Gracias al conocimiento y a la experiencia de este Dios a lo largo de la vida, hemos saldado nuestras deudas; un trámite que con este Padre siempre fue fácil, la dificultad está en perdonarnos a nosotros mismos. Errores, debilidades y algunas maldades más o menos graves, abundan en toda vida con las que nos ponemos palos en las ruedas de nuestro crecimiento hacia la plenitud personal. En los preludios de la muerte es la hora de saldar estas deudas, si no se hizo antes.
La Resurrección de Jesús hace años que me ha interesado mucho; he leído, estudiado, pensado y orado sobre este tema fundamental de la fe cristiana. Ha sido para mí un placer, hablar y escribir sobre este tema, sobre todo cuando lo hemos hablado de tú a tú con una persona interesada. Siendo tan importante y fundamental lo echo de menos en la vida y la fe de muchas personas que se confiesan cristianas. Sin esta fe ni se entiende ni se interpreta correctamente la Iglesia Católica, tampoco su historia.
Cada vez que en mi ministerio me ha tocado acompañar a una persona en el momento de morir, después de hablar o callar como mejor he sabido, me he quedado con cierto temblor en el alma. Esta experiencia de acompañamiento cristiano tanto en el final como en su preparación durante la enfermedad, me ha dejado con la conciencia de que estuve ante la puerta del cielo, al final de una vida y muy cerca de Dios.
De todos ellos el más importante lo tuve junto a mi madre. Dejé la misa que estaba celebrando con unos amigos en el momento de rezar el Padre nuestro. Corrí a casa, mi madre había entrado en agonía, respiraba lentamente, cada vez más despacio. No recuerdo donde le puse mis manos, mientras le iba hablando lentamente al oído; sé que me oía sin parecerlo; no recuerdo todo lo qué le dije; sólo recuerdo estas palabras : “mos hem estimat molt…mun pare vos espera en el cel”…y su boca esta vez se cerró y no se abrió más. Yo rompí a llorar, las lágrimas más verdaderas que recuerdo de mi vida, pero en paz. Mi madre tenía 102 años y seis meses en plena conciencia hasta el final. Ella, uno de los mejores regalos, o el mejor que he tenido en la vida. Alabado sea Dios.
Su vejez tan prolongada me dio tiempo para prepararnos los dos, mi padre había muerto 27 años antes, soy hijo único. La muerte de mi madre me dejó de alguna manera conectado con el cielo. Puedo decir que siento que mis padres de alguna manera siguen conviviendo conmigo con normalidad. Les hablo, les comento y les pido cosas. También algunas personas queridas, importantes en mi vida, que ya fallecieron, las siento cercanas no sólo por una sintonía de amistad o cercanía sicológica, sino por la conexión de la fe con Dios Padre que nos mantiene en familia.
