En la única expendeduría
Desde el año 1972 hasta 1992, siendo el jefe de ventas de la única expendeduría de tabacos que existía en Cala Ratjada. Por mis manos pasaron cantidades “horribles” de dinero, pero se sucedieron unas historias que no voy a contar, por muy inverosímiles que sean.
Por ejemplo, diré que el dueño del establecimiento era el alcalde de Capdepera. Una noche del mes de diciembre del año 1971, regresando de ver un partido de fútbol del Real Mallorca, junto con un concejal del Ayuntamiento, tuvieron un grave accidente de tráfico, en el cual falleció su compañero que iba de copiloto, Miquel “Gaya” (epd).
El alcalde salió muy mal parado de este percance; se rompió el fémur. Estando yo en la expendeduría, venía al establecimiento el propietario; a una hora fijada venía un masajista para dar masajes al alcalde.
En este tiempo, la expendeduría se convirtió en el punto de encuentro de los demás concejales. Se efectuaban ciertas consultas del Ayuntamiento; acudía igualmente el secretario del Ayuntamiento. En estas reuniones se dijeron cosas que, por su alto contenido social, me comprometí a que nunca salieran de mi boca, así que ni una palabra de lo que se debatió voy a decir absolutamente nada.
En veinte años me sucedieron situaciones un tanto agradables y otras no tanto, pero dignas de mención. Por ser la única expendeduría, era un continuo reguero de gente que acudía tanto para proveerse de labores de tabaco como de efectos timbrados, sellos y otros artículos propios del establecimiento.
Mi situación nunca fue loable. Si la venta había sido elevada, pongamos por ejemplo una venta de dos millones de pesetas (esto se produjo en raras ocasiones en el mes de agosto; tenía que ser un lunes y con tiempo nublado), con la venta de la cantidad mencionada la bronca era asegurada por haber vendido demasiado:
—¡Ya podemos cerrar unos días!
Si la venta no llegaba al millón, otra bronca, por no haber vendido lo normal. ¿Qué era lo normal?
En la expendeduría de tabacos se sucedieron cosas un tanto raras y extrañas, como por ejemplo: un día del mes de mayo viene un paisano de Cala Ratjada para que le vendiera una cierta cantidad de letras de cambio. Muy gustosamente se las vendí, pero el cliente me dice:
—Nicolás, este total no te lo abonaré ahora.
Yo le dije que no había problema, con que en diciembre el total estuviera liquidado para que la caja me cuadrara. Él me contestó que no me preocupara.
Ejerciendo yo de corresponsal del Diario Baleares, el director del centro escolar “s’Alzinar” de Capdepera nos convocó a los corresponsales a una rueda de prensa para observar cómo funcionaba el centro, entre los cuales estaba el cliente de las letras de cambio, que era corresponsal de un diario de Palma.
Yo iba muy bien documentado para saber qué preguntar al director del centro escolar. Como cerraba el estanco a las 13 horas, llegué el último a esta rueda de prensa. El director del centro, al verme, me dice:
—¡Nadal, pregunta algo sobre tu parecer en el funcionamiento!
Yo le advertí al director, don Miquel “Talaya”, que iba muy documentado sobre ciertos temas. Llegado mi turno de preguntas, le formulo la siguiente:
—¿Cómo se entiende que Vd., como director del centro, consienta que uno de sus profesores suspenda a sus propios alumnos para luego impartirles clases particulares en los meses de verano?
El director, don Miquel “Talaya”, hace una pequeña observación y es que preguntas como la que yo le hice nadie se atrevió a formularlas por no estar debidamente documentados, pero al final nos pidió a los corresponsales que, por favor, silenciáramos este episodio, ya que el delegado de Educación y Ciencia, don Andrés Crispi, le tiraría de las “orejas”. Acordamos silenciar este asunto.
Mientras tanto, se publicó en la sección de “Carta al director” una carta dirigida contra el ciudadano al que yo le había vendido unas letras de cambio. Esta carta estaba firmada por no se supo quién, pero con mi nombre invertido: SALONICO. La esposa del que yo le había vendido los efectos timbrados llamó al estanco, diciéndome de todo “menos guapo”, creyendo que yo era el autor de la carta.
Fui en busca de esta señora para hacerle saber que una carta al director la puede escribir cualquiera y que me había confundido con quien la había escrito, y le digo:
—¡Ya que te has puesto en un plan algo “tonto”, dile a tu marido que me haga el favor de pasar por el estanco!
Ella me contesta:
—¿O te debe algo?
Yo le respondo que no es asunto de su incumbencia.
Por lo que yo deduje, debió llamar a su marido explicándole la situación y la “verborrea” que tuvo con mi persona.
No habían pasado horas cuando viene el marido y, en plan chulesco, me dice:
—¡Vengo a liquidar la cuenta, no sea cosa que lo publiques en la prensa de que yo te debo dinero!
Yo le digo:
—Mira, muchacho, ya que vienes en plan bolchevique, abona lo que quieras abonar y sal fuera del estanco, que me pones nervioso y saldremos los dos perdiendo.
Al mismo momento llamé al dueño del estanco, por yo haber obrado de una forma improcedente al haber echado fuera a un cliente, cosa que no podía hacer por ser un establecimiento público, pero me dice:
—¡Enhorabuena, Nicolás! Nos hemos quitado de encima a un paisano de pocas simpatías.
Pasaron en estos veinte años muchas más cosas, que con lo detallado ya es más que suficiente.
