Paula Valls (Albacea de Archivos)
Margalida Bover i Vadell, felanitxera nacida en 1953, es una activista feminista y ecologista, especialmente conocida por haber sido la última pareja de Salvador Puig Antich, alias “el Metge”, anarquista y antifascista catalán, luchador por la liberación de la clase obrera activa durante los años 60 y principios de los 70, y última víctima del régimen franquista. Margalida vive desde hace veinte años en Capdepera.
En 1976, el cantautor Joan Isaac le dedicó su canción A Margalida. Segunda de una familia numerosa con ocho hermanas y cuatro hermanos, antes de cumplir los 17 años decidió marcharse de casa para ir a vivir a una comuna en Eivissa. Poco después se trasladó a Mataró. Rechazaba profundamente las injusticias: no aceptaba que sus padres le obligaran a servir a sus hermanos varones, ni a hacer sus camas o recoger la mesa si ellos no lo hacían también. Fue castigada un año entero sin salir de casa; sus amigos le pasaban libros a escondidas, por la ventana. No toleraba la obediencia ciega ni las imposiciones. Vivía impulsada por un instinto de libertad que, más que una ideología, era su forma natural de estar en el mundo. Cuando fue madre, llamó a su hija Llibertat.
Puig Antich y Margalida se conocieron a principios de 1973. Él fue ejecutado en marzo de 1974, tras seis meses de confinamiento en la prisión Modelo de Barcelona. Tras su muerte, Margalida se trasladó a Canarias, luego volvió a Barcelona y, finalmente, regresó a Mallorca. No reapareció públicamente hasta 30 años después, cuando las periodistas Constança Amengual y Francesca Mas estrenaron el 27 de julio de 2022 un documental en el marco del Mallorca Atlàntida Film Fest. La pieza repasa su historia de forma sincera, mostrando su carácter impulsivo, sus contradicciones y sus temores.
Margalida cuenta que la primera vez que le dijeron que era una anarquista tenía solo nueve años. Se enamoró de Salvador meses antes de su ejecución. La angustia la invadió ante su tumba, en el cementerio de Montjuïc. No ha pasado un solo día sin pensar en él. Cuando murió, Margalida tenía 20 años. Dice que aquel día se le rompió la vida y la esperanza. Aquella mallorquina espontánea, extrovertida y pasional recordaba al activista anticapitalista en lugares libres, como el barrio de Gràcia, parte del paisaje emocional que compartieron. Siempre lamentó que ningún partido emergente de izquierdas hiciera campaña para pedir el indulto de Puig Antich.
—Siempre vale la pena luchar —cree firmemente—, sobre todo en una dictadura, donde juegan fuerte. Hacer algo para que el mundo sea mejor, esa era la fuerza que tenía.
Cuando el Gobierno entregó a las hermanas de Puig Antich —ajusticiado con garrote vil tras un proceso plagado de irregularidades— un documento con la declaración de reconocimiento y reparación, Inmaculada Puig, hermana de Salvador, declaró entre lágrimas que llevaban 50 años luchando por la dignidad de su hermano. El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, expresó que el gesto “coloca las cosas en su sitio”, aunque haya tardado medio siglo.
Margalida, al igual que la familia, se siente liberada. —Los asesinaron por su ideología y, en el caso de Salvador, también por venganza. Acababan de volar a Carrero Blanco y le tocó a él. Si no, no sé qué habría pasado. Siento una mezcla de pena, angustia y liberación. La sensación es que se rectifica algo muy mal hecho. Y ya va bien, aunque sea 50 años después y ya no tenga remedio, reflexiona.
La presencia del amigo y cantautor Joan Isaac en la presentación de su poemario en Capdepera es, para Bover, siempre un bálsamo. Le ayuda, al menos en parte, a liberarse del peso de unas vivencias marcadas por la pérdida, la represión y la dignidad.

