14 marzo 2026

    Del periodista barcelonés Pere Antoni de la Serra, versus Joan Alzina, gabellí de nacimiento

    por Conxa Garau

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    Hemos rescatado unos artículos de los años 20 del pasado siglo firmados por un periodista catalán, de Barcelona, Pere Antoni de la Serra, referidos a Capdepera.

    Por nuestras indagaciones, “a posteriori”, hemos podido conocer la identidad real del citado periodista. Se trata, ni más ni menos, de un pseudónimo: esa firma de Pere Antoni de la Serra no corresponde a un “barcelonés”, sino a un “gabellí” de pura cepa. Residente, eso sí, en la ciudad condal durante más de ocho lustros. Su nombre, Joan Alzina, oriundo de Capdepera. He ahí, a continuación, sus escritos fechados en 1920:

    Contrabandistas.– En Cala Rajada, en invierno, solamente quedan una docena de familias de pescadores, gente excelente que alterna este expuesto oficio con otro más arriesgado todavía: el de contrabandista. Los contrabandistas mallorquines son muy arriesgados, valientes y honrados, pero los de Capdepera poseen tales cualidades en grado eminente. Con pequeños llaüts de pesca van hacia Argel a cargar tabaco. Al volver, atracan en unos peñascos terribles y descargan la mercancía en lugares donde ni las cabras subirían. Y estos hombres tan decididos tienen su corazón tierno y compasivo como el de una niña, hasta con el carabinero más enemigo. Su ideal, su sueño dorado, es poder llegar a ser los amos de una barca. Alguno, sin embargo, no se conforma con algo tan modesto y coge el transatlántico y parte hacia América para hacer fortuna, regresando al cabo de años, siempre con un buen botín y con grandes capitales. Es de observar que tanto unos como otros no suelen dedicarse, después, a la vida de nuevo rico, sino que continúan trabajando y aumentando su riqueza.

    DESCARGANDO CONTRABANDO
    ENTRE CALA RAJADA Y CIUDADELA (Diseño C. Lapedra)

    La línea más recta.– Los “gabellins” van a Menorca en tiempos de siega, muchos de ellos para obtener dinero con que pagar la renta de sus casas y poder regresar con un poco de tabaco (y no de estraperlo) para poder fumar a lo largo del año. Aunque algunos hay que, tan pronto como han cobrado el jornal de la siega, se juegan lo que con tanto sudor han ganado y, otros, llegados a nuestras costas, encuentran la pareja de carabineros que les confisca el tabaco, quedándose así compuestos y con más preocupación que antes para poder satisfacer el alquiler de la casa que habitan, porque sin dinero no pueden atender los gastos de harina para pan que aquí, mientras, sus mujeres han dejado en débito para poder comer en su ausencia.

    La línea más recta es la que conduce a Ciudadela. Sería muy conveniente que, con el fin de aumentar las relaciones entre los pueblos de levante de Mallorca y Migjorn y Poniente de Menorca, pudiera llegarse a un acuerdo entre ayuntamientos y fuerzas políticas de una y otra parte, con el fin de establecer oficialmente una línea semanal o quincenal de vapor que uniese el puerto de Capdepera con el de Ciudadela, al estar ambos tan cerca uno de otro. Esto reportaría muchos beneficios para las dos comarcas. Se dirá, en su contra, tal vez, que no produciría ningún beneficio y que el Gobierno, subvencionando este trayecto, malbarataría el dinero. ¡Se malbaratan tantos en España!…

    La distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Mallorca, hoy, en este verano de 1920, cuenta con dos servicios de barco que la unen con Menorca: desde Palma a Mahón y desde Alcúdia a Ciudadela y a Mahón. La primera travesía dura poco menos de dos horas y la segunda unas cuatro a Ciudadela y seis hasta Mahón. De Capdepera a Ciudadela, a lo sumo, se tardaría hora y media o dos y, como el tiempo es oro y el viaje más económico, es evidente que, además de mirar por el negocio desde el punto de vista económico, produciría mayor beneficio entre las dos islas y facilitaría asimismo la seguridad militar y su defensa. Cuando llegue el tren a Cala Rajada, el establecimiento de comunicaciones entre islas mediante vapor será sin duda una realidad.

    Una langosta especial.– El encanto de Capdepera proviene de los montículos dulces, de sus plantaciones de almendros, de los huertos y, sobre todo, del mar. La costa entre el Puig de Son Jaumell o Es Telègraf y el Cap Vermell se despliega en curvas graciosas. Los sembrados, las viñas y los pinos llegan hasta la arena de las playas. La estancia, en los meses calurosos, es placentera. Cala Rajada, la más concurrida. Una bandada de casas esparcidas con agradable irregularidad le otorgan, a lo largo de la canícula, una extraordinaria animación, congregándose numerosas familias de Manacor, Petra, Artà, Sineu, Palma o desde otras villas mallorquinas.

    Una buena fonda, limpia y acogedora, brinda al foráneo su cocina fina y sabrosa de Mallorca, sus platos de langosta, muy especial y famosa en toda la isla. Delicioso es un baño o una excursión en barco, mientras en dicho restaurante (ubicado en lo que se considera el primer hotel de la zona) se prepara la rosada carne del gustoso crustáceo, elaborada como un celoso secreto transmitido a lo largo de generaciones.

    Este enclave se inició con una barraca, cubierta con enramada de pino, en un terreno cercano al mar. Los marineros que llegaban a la costa para pescar o trasladar mercancías se acercaban allí para comer. De barraca pasó a ser hostal, tienda, estanco, horno y hasta una pequeña estación de servicio. Por el comedor de aquella casa desfiló mucha gente importante y todos salieron satisfechos, lo cual se incrementó con el auge del turismo. Una adinerada familia prócer, en sus largas estancias en Cala Rajada, mandaba al personal de servicio a este establecimiento a por langosta o habas cocinadas por las manos expertas de su propietaria.

    Continuaremos indagando en aras de localizar algunos otros posibles documentos redactados por Pere Antoni de la Serra, versus Joan Alzina.

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