14 marzo 2026

    Sa cova de sa Font de sa Cala (7)

    Lewis Th. Gardens

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     Siguiendo el hilo del anterior capítulo, la noticia del desmán producido a las orejas del perro del boticario, por lo insólita – ya que en la localidad de Capdepera no dejaba de ser un acontecimiento – se extendió por toda la Villa, y por toda la comarca, como un reguero de pólvora… 

    Durante todo el día, fue la comidilla del pueblo. Unos se lo tomaron a chirigota, por lo que de jocoso les resultaba aquel hecho; otros, incluso, hasta se alegraron.  Siempre hay quién se alegra de los males ajenos, mientras que muchos, también poseedores de perros, desaprobaron aquella broma que les pareció de muy mal gusto. 

    La cosa comenzó por la mañana cuando el boticario llevó en brazos al desangrado perro, el cual sin orejas parecía una nutria, hasta el consultorio del nuevo veterinario. Éste, ya lavadas las heridas, desinfectadas, y  vendada la cabeza del pobre animal, dijo:

    ___ “Ha sido un corte muy límpio…”

    ___ “¿Un corte muy límpio…? ¿cómo se atreve? Yo diría que ha sido una faena, y muy sucia..”

    Pero, al llegar la tarde, fue la apoteosis: Nimios sucesos que atañían al pueblo, a sus vecinos, o a su convivencia, solían adquirir, por lo general, unas desmesuradas dimensiones que distaban, muy mucho, en interés y magnitud, con otros acontecimientos que ocurrían fuera de la Villa, de ámbito estatal, o internacional,  y bastante más importantes que el haber dejado a un can, de dudoso pedigrí, sin sus órganos auditivos. Incluso, cosas que ocurrían entre los veraneantes de la Colonia veraniega del cercano puerto, tenían para los del pueblo mucho menos valor y trascendencia que esto último por lo inusitado del hecho y, sobre todo, por tratarse de una noticia local. Se trataba, nada menos, del perro del boticario. Dejar sin orejas a “Napoleón” – así se llamaba la pobre víctima – trajo miga y en el Bar Orient se tuvieron que habilitar sillas ya que, esta vez, la habitual tertulia fue de lo más completa… hasta incrementada, pues vino gente que en el estío no solía abandonar sus casas veraniegas en el puerto, para asistir a la misma. Los camareros no daban abasto.

    Un contínuo murmullo se elevaba  en la plaza, que salía de aquellos curiosos tertulianos que, entre las preguntas y comentarios, dejaban saber, con pelos y señales, todo lo que en  realidad había pasado. Mucha otra gente del pueblo, con la excusa de ir a comprar, dar un paseo, o ir al bar de l’Orient, o al de “La Palmera”, se acercaban curioseando por allí.  Los que no tenían ganas de beber, o de gastar, se sentaban en poyos, o en el alargado banco de piedra que divide la plaza de la calle Col.legi, o en las escalinatas que llevaban a los antiguos abrevaderos, y al brocal del pozo público, ya desaparecidos… Parecía un día de mercado o feria, más sin tenderetes, y sin extranjeros. Aquellas gentes, menos Prubí que por allí se hallaba contemplando su obra, satisfecho y divertido, eran del pueblo.

    Todos los miembros del Círculo estaban seguros que aquella vil mutilación perruna era debida a una venganza personal y sospechaban del catalán, por lo de la noche anterior. Pensaban que, aunque éste no era de allí, ni hijo adoptivo de la Villa, ni Hijo Ilustre de ésta, sí que podría considerársele un hijo de la gran p…, si es que fue él el autor de aquella felonía. 

    Y, por fin, llegó el boticario. Su cara reflejaba una gran consternación.  Los asiduos de la tertulia se levantaron al unísono, y los demás, como en misa, por pura inercia. Tan sólo faltaba que hubieran desfilado, uno a uno, para darle el pésame. ¡Hubiera sido demasiado!

    EN SA CALA.-   En una de las múltiples caletas que conforman toda la costa llamada “Es Provençals”, Klaus Litmann, que progresaba muy lentamente, hacía las prácticas de pesca submarina procurando seguir las sabias instrucciones de Jorge Prubí. Éste le dejó con sus ejercicios e invitó a su joven esposa a que le acompañara ya que tenía que hablar con ella de un asunto de vital importancia. Erika no se hizo rogar y subió al coche. Momentos después, Erika y Prubí se hallaban sentados en la terraza del bar “Sa Sínia (La Noria)” frente a la bonita playa de la Font de Sa Cala. Estaban los dos solos, pues aún era temprano, a esas horas los extranjeros solían estar en la playa soleándose en las doradas arenas, o bañándose en las diáfanas aguas.

    Bajo las escaleras que comunicaban a la terraza, y a través de la balaustrada, podía verse un pequeño jardín, o huerto, con media docena de higueras y otros árboles frutales, unas cuantas mesas vacías a esas horas, y una arcaica noria sobre un pozo sin agua cuya misión era, ahora, servir de adorno, dar nombre al local, y cierto ambiente rústico al lugar. También había una barbacoa en la que se asaban carnes y embutidos, aunque esto era por las noches, a la luz de las múltiples bombillas de colores cuando la gente ocupaba las mesas para cenar al aire libre. En aquella soleada mañana, frente a ellos, se veía la playa animada por la multitud de turistas con el vistoso colorido de sus bañadores, toallas, parasoles, casetas y sombrillas.  Prubí había visto merodeando, por allí cerca, a don Mario, el maestro.

    Estaba convencido que a aquel elemento discordante, al tener más tiempo libre en verano, se le había asignado, por los de su Círculo, la muy fea misión de espiarle…¡Nada menos que el maldito entrometido del maestro, el más odiado de todos ellos!, se decía en su fuero interno.  ¡Y maldita la gracia que aquello le producía al catalán! Pero, don Jorge, que era bastante listo y de mente rápida, enseguida vio la ocasión de aprovechar esa, la que consideró una providencial circunstancia que redundaría a favor de sus planes.

    Ya, sentados en el bar, dijo:  __”Escucha, guapa, yo no os voy a cobrar nada por enseñar a Klaus a pescar meros grandes y “very much pescaditos”, como dices tú.  Sólo cuento con que seas “very  good” conmigo como me prometiste. Pero, además, deseo pedirte un favor muy especial, preciosa. Quiero que pesques para mí un “magister” de más de setenta kilos…”

    __”Y“ser magíster a good fish?  ¿Tú enseñar cómo pescar y yo manejar arpón, cómo tuyo?. 

    __ “Tú, encanto, no necesitar arpón, tú tienes armas mucho más sutiles y más poderosas para pescar un “magíster”. Ya tendrás tiempo de sobra para manejar un arpón como el mío”, lanzando Prubí una lasciva mirada a las curvas de la chica. 

    La buena de Erika, alzándose el ajustado polo, le mostró su par de buenas razones para pescar un maestro que, según Prubí, presumía de puritano dándole a él lecciones de moral, ¡el muy hipócrita!, tratando de ridiculizarle poniéndole en evidencia ante los demás. El catalán, alarmado por el descaro de la joven y por el qué dirán, miró hacia los lados y hacia atrás; desearía que nadie hubiera captado aquella formidable exhibición de poder de la hermosa nibelunga.  Ella se mostraba comprensiva con los deseos de don Jorge respecto al maestro, era lista…

    Fue al día siguiente cuando observó al maestro, don Mario Gayá, sentado en el interior de la pizzería del complejo del Camping, al lado de la pista de baile ¡qué bailes aquellos…! Estaba ante una humeante taza de café con leche, acababa de desplegar el periódico y tenía por costumbre leérselo de cabo a rabo. Pensó Prubí que aún dispondría de una hora de tiempo como mínimo. A instancias de Erika el sitio preferido para ella para que Klaus tomara las clases de pesca que les daba el catalán, era por lo general frente al varadero  “d’en Creus”.  Allí le era más cómodo tomar sus baños de sol ya que podía alternar la exposición a sus rayos con la acogedora sombra que unos grandes pinos proyectaban sobre el liso techo del varadero. Era un lugar tranquilo y a Prubí no le iba mal. Estaba cerca de su “cueva” a la que iba a inspeccionar de vez en cuando y que, en esos días, al terminar de dar sus clases de pesca, aprovechaba para ello. Asimismo, y debido a la paz que en aquel lugar reinaba, hasta allí no solía ir casi nadie, le daba opción a la muchacha para broncearse a placer. Erika recibía el sol como una caricia, cuando notó que la fuerte luz, que casi atravesaba sus párpados, languidecía. ¿Una nube de verano? Al intentar abrir los ojos, entrevió una confusa figura a contraluz, y frente a ella. Instintivamente cruzó sus soberbios muslos y trató de cubrirse con las manos. Cuando le pasó el deslumbramiento, pudo comprobar quién era el que se había interpolado entre el sol y ella…

    Continuarà //.

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