Secreto para unos, misterio para otros: el arte o magia del Zahorí

TIEMPOS PRETÉRITOS

Desde siempre —por lo menos así nos lo cuentan los abuelos—, ha sido una especie de secreto para unos y un misterio para otros lo que popularmente se conoce como «cercadors d’aigua subterrània».

A pesar de las técnicas modernas, con péndulos y sondas, hubo un tiempo en que eran eficaces los procedimientos de la vara o «brullim d’ullastre» que, colocada entre los dedos pulgar y meñique de cada mano, fuertemente sujetada, se doblaba como por arte de magia, una y otra vez, cuando se cruzaba la vena con el manantial escondido en las entrañas del subsuelo de la tierra.

Algunas personas tenían ese don del contacto y ofrecían garantías; la historia les dio la razón. El método zahorí contaba en Capdepera —nos dicen, sentados en los bancos de la plaça Orient, dos ancianos con edad suficiente en sus espaldas— con unas seis personas: cuatro hombres y dos mujeres, los cuales, en otra época, eran trabajadores constantes, sin percibir estipendio alguno, y que se hubieran podido convertir en gente rica buscando agua surgida, casi por arte de birlibirloque, de las profundidades.

Los radiestesistas o zahoríes ubicaban pozos de agua subterránea para explotar su uso. También elementos sencillos, como los apuntados más arriba, varillas metálicas o péndulos, podían detectar la existencia de flujos magnéticos, corrientes de agua, vetas de minerales, lagos subterráneos, etc., a cualquier profundidad, sustentando la eficacia de la técnica en razones psicológicas y en los movimientos de aquellos instrumentos: estirando los brazos hacia adelante y con la vara o el «brullim» en posición horizontal, esta se movía en diferentes puntos del terreno, tal parecía que de forma espontánea.

Estos zahoríes eran el brazo derecho de las empresas de perforaciones. Un profesional como lo fue Lorenzo Siquier Crespí (E. P. D.) mantenía siempre a su lado a estas personas capaces de encontrar el líquido acuoso bajo las piedras. Nos hablaron de un tal Clemente Alzina que, desde joven, notó una especie de corriente en su cuerpo y, al ver que otros vecinos lo hacían, intentó coger aquella dinámica y, a fuerza de experiencia, pudo llegar a competir en esta labor de zahorí, por pura afición y gratuitamente. No creía —decía aquel señor— que nacer el día de Sant Pau, patrón de quienes tenían dolencias varias, fuera el motivo de ser radiestesista.

Antiguamente, este trabajo se calculaba a palmos cuando se calibraba la profundidad de la vena de agua subterránea; más tarde se calculó en metros aproximados, contando a partir de la vara cuando se levantaba, una vez detectado el manantial bajo el terreno. A partir de ahí, el «cercador» debía seguir la correntía que él sentía en su ser, pues en sentido contrario no iba bien. Con imaginación y concentrados, se llega a adivinar dónde está el nivel del agua y hasta dónde sube, lo cual conduce hacia donde nace la fuente. Para este procedimiento, se buscan primero los linderos de la finca, investigando una y otra vez hasta adquirir la certeza de la existencia de agua gracias a una especie de zigzag vertical, de modo que, en una misma parcela, puede estar a veinte o a sesenta metros de profundidad.

Desde el punto elegido, la persona caminaba en línea recta y, en un momento del recorrido, la herramienta realizaba la señal de nuevo. En ese lugar, colocaba una marca en el suelo. Luego, en una posición cercana, la vara daba otra señal, que se situaba con otro signo distinto al anterior. Avanzando, aproximadamente, un metro, se giraba unos 180 grados y, con el «brullim» en posición, andaba en sentido inverso, sin detectarse señal alguna. Un proceso análogo se seguía a lo largo de la finca donde se efectuaban estas operaciones. Y era entonces cuando, al finalizarlas, se consideraban en condiciones de afirmar si existía o no corriente subterránea en el lugar.

El zahorí, después de concentrarse, si el manantial es abundante, una vez terminado el trabajo siente depresión en su cuerpo, nacida del estado psicológico que hace que la corriente domine su físico profundamente.

Hay que citar las horquillas de madera hechas con la rama de un árbol, generalmente en forma de «Y», para su mejor eficacia. Decían que los objetos perdidos, e incluso tesoros, podían encontrarse gracias a este instrumento. Las varillas se usan para detectar en terrenos, casas y edificios, o definir la ubicación de radiaciones nocivas en domicilios o negocios; asimismo, los bloqueos energéticos en humanos.

El método zahorí es una pseudociencia; no hay ninguna evidencia científica que demuestre que sea más efectivo que una adivinación al azar. El o la zahorí tenían en cuenta unas señales que, en el pasado, favorecieron, por sus aciertos, la posibilidad de facilitar agua a establecimientos hoteleros o casas en los inicios del «boom» turístico. Y, al revés, en aras de descubrir estos manantiales, hubo empresas y arriesgados promotores que optaron por construir urbanizaciones fiándose de la sapiencia de estas gentes, que les aseguraban la presencia de agua en el subsuelo; algunos de ellos debieron sucumbir a la evidencia de la inexistencia de caudal alguno, debiendo abandonar sus ilusiones.

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