Exalumnas de “Ses Madones de la Llata” de Capdepera ejercen de profesoras en la Escuela Artesana de Inca

Araceli Iranzo y Antonella Farris fueron sus fundadoras

“En un mundo donde todo es cada vez más etéreo, inmaterial, donde asustan las noticias que nos llegan sobre el futuro con la IA, ¿qué nos queda como seres humanos? Pues, volver a lo que somos, a nuestra materialidad, a hacer las cosas con las manos, la cabeza y el corazón”.

Así se ha expresado la cofundadora de la “Escuela Artesana”, de Inca, Araceli Iranzo.

Un espacio que abrió hace años en Llubí, junto con Antonella Farris, en un recorrido que comenzó con las clases de trenzado de hojas secas de palmito, que realizaron con las especialistas conocidas como “Ses Madones de sa Llata”, originarias de Capdepera. Durante un lustro, ha ofrecido el dúo Farris-Iranzo decenas de talleres y cursos artesanales de todo tipo a alrededor de 1700 alumnos, trasladando posteriormente la sede de la escuela al edificio de la “Fàbrica Ramis” de Inca, un cambio de ubicación que ha supuesto un punto de inflexión y la expansión de la oferta formativa.

Así nos lo cuenta Raquel Galán dando importancia a lo que realmente nos hace humanos frente a la tecnología, argumentando sobre la revalorización de estos conocimientos. Su puesta en práctica —indica— reduce el ritmo acelerado al que estamos habituados y nos retrotrae al ritmo humano, más pausado, el necesario para crear cosas que son limitadas. Las ganas de alejarse del “estrés” actual han contribuido al auge de estas técnicas.

La “Escuela Artesana” también cuenta con aprendices que acuden simplemente porque quieren jugar —como es el caso de la alumna Cristina Menzel—, que lleva cinco años yendo a todo tipo de cursos y lo hace porque le encanta aprender con esa sensación de juego con los materiales, debido a que cada uno propone una modalidad distinta.

EL TALLER CON ALUMNAS
EL TALLER CON ALUMNAS

“La artesanía de la obra de palmito potencia ese niño que llevamos dentro y siente curiosidad por descubrir cosas nuevas. A veces tenemos la vida tan cerrada que explorar, de vez en cuando, algo diferente nos motiva un montón”, según sus palabras.

“Por eso, muchos alumnos que se inscriben a un taller de iniciación de elaboración de “llata”, de cuatro horas, los más reducidos, luego quieren más y son quienes nos piden que los prolonguemos hacia un nivel más avanzado —indica Iranzo—, nos vamos retroalimentando unos a otros y sentimos que al final se ha creado una comunidad”, se congratula.

Los cursos más completos pueden llegar a durar nueve meses, pero con una periodicidad semanal o mensual, y tienen gran variedad de formatos porque los alumnos suelen ser gente que trabaja y hay que intentar adecuarse a ellos y a sus horarios.

En la Escuela se realizan varios talleres: el de la transformación y creación con vellón de oveja negra mallorquina, un microtelar con acabado de murales naturales y la artesanía pionera del arte de la “llata” que les legaron aquellas mujeres, y algunos hombres, de Capdepera bajo la firma de “Madones de la Llata”, premiadas en varios certámenes y reconocidas por el Govern y el Consell, a las que el Ayuntamiento “gabellí” distinguió con una calle a su nombre.

Cierto es que, de aquellas pioneras, solamente quedan tres mujeres; si bien han heredado su saber las “Maries de Son Pocapalla”, en la calle Col·legi de Capdepera, afincadas recientemente en la asociación “Art en pauma” del Parc de Llevant y la tienda “Yolitas” de Cala Rajada.

Araceli Iranzo y Antonella Farris perpetúan aquel ancestral quehacer casero que aprendieron de las laboriosas mujeres “gabellinas” en su local de la capital del Raiguer, sin abandonar el frecuente contacto y la estimada relación con aquellas hacendosas artesanas.

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