Veinte años ejerciendo como jefe de ventas de la única expendeduría de tabacos de Cala Rajada dieron para toda clase de historias, que nunca he tratado con la profundidad que merecen, siendo algunas de ellas merecedoras de un capítulo. Sin menospreciar a nadie, intentaré describir los hechos en los que me vi envuelto de una forma tanto directa como indirecta (sin mencionar a nadie).
No puedo precisar con exactitud la fecha de lo que voy a relatar, pero esto poco importa, ya que lo que más interesa son los hechos. Yo había recibido una circular de Tabacalera, S. A., en la que se me indicaba que, a partir de tal fecha, quedaba prohibida la venta de tabaco a los menores de 16 años.
Todo esto era normal hasta cierto punto. Frente a la expendeduría existió un restaurante de gran renombre. Sucedía que, por comodidad de algún padre que estaba cenando en el local, mandaba a su hijo de corta edad para comprar algún paquete de tabaco. Yo le hacía comprender que no le podía vender tabaco alguno, y aquí venía su padre para que le explicara el porqué no podía vender a su hijo. Situaciones así las tuve a barullo.
Pero una tarde vino una pandillita de mozalbetes, menores de edad, y, con buenas palabras, les di a entender que su presencia en la expendeduría me comprometía en cierta manera. Entre estos jóvenes hubo uno que se marchó con sus compañeros, pero se fijó en mi fisonomía.
Pasó no mucho tiempo y el muchacho al que yo le había hecho saber que en la expendeduría tenía pocas cosas que hacer vino para comprarme una hoja de sellos de Correos para las postales que vendían en un hotel, del cual era el «botones». El tipo vino con una bicicleta y se puso la hoja de sellos en el bolsillo trasero del pantalón.
Al rato, muy poco tiempo después, vino de nuevo a la expendeduría diciéndome que se había olvidado la hoja de sellos. Le expliqué y le di a entender que se los había llevado, que se los había puesto en el bolsillo trasero del pantalón y que, pedaleando en la bicicleta, se le habían salido.
Pasaron los años. En 1992, al ser yo expulsado de la expendeduría, entré a formar parte de un prestigioso hotel de la comarca. Aquel muchacho al que le había hecho saber que en la expendeduría tenía pocas cosas que hacer por ser menor de edad, y con el que había ocurrido lo de los sellos, fue mi jefe en la recepción del hotel, donde yo ejercía las funciones de «Nacht Portier».
Con el tiempo vi que no le había caído por el «ojo derecho» y me ordenaba ciertos trabajos que no me pertenecían, como escribir las direcciones de los sobres de todos los clientes que habían estado alojados en el hotel. Calculo que eran más de mil quinientas direcciones, hasta que le dije al entonces mi jefe:
—¡¡Hasta aquí hemos llegado, muchacho!!
Me contestó con un vocabulario no muy adecuado, pero, para zanjar la discusión, le hice saber con pocas palabras:
—No es malo el que tiene que obedecer, si quien manda sabe mandar.
Y se acabó la historia.
Nicolás Nadal